Madre, ¿qué sería del mundo sin ustedes?

Me llega al corazón el día de la madre. Tal vez porque pienso que mi mamá murió muy joven, a los 64 años. Ya han pasado 30 años. Yo ya tengo 63 años. Digamos que soy huérfano de madre desde hace tres décadas. Todos y siempre, hasta el último día de nuestras vidas, queremos ser hijos. Forma parte de nuestra naturaleza. La mamá es, sin duda, la respuesta a nuestro anhelo de ser queridos, de ser abrazados fuertemente, de sentirnos seguros. Cada día la figura de la madre – la mamá – se engrandece más. Ella siempre está, en las buenas y en las malas, junto a sus hijos. La mamá se saca el pan de la boca para que su hijo estudie; hace largas filas para llevarle “alguna cosita” a su hijo preso. Jamás una madre abandona a su hijo. Al revés, sí acontece, lastimosamente. Lo hemos visto en estos días con la radiografía de los lugares donde viven muchos adultos mayores en medio de la pandemia. La mamá no necesita termómetro para saber si su hijo, tiene fiebre –le basta con tocarle la frente con su cálida mano-. Y cuando tiene algún problema, es la primera en darse cuenta. La mamá descubre en los ojos el primer amor de sus hijos, sus sufrimientos, sus dolores, sus éxitos y sus fracasos. No es casualidad que la mamá, para los creyentes,  está como nadie en el plan de Dios. En efecto, Jesucristo, el Hijo de Dios, llegó al mundo gracias al Sí de una mujer, María, la Madre de Dios. Ese mismo sí que, día a día, da la mujer sola, la mujer abandonada, la mujer trabajadora, para sacar adelante a su familia. Las madres son las que, en Chile y el mundo, se llevan la tarea de obtener el pan de cada día para la familia; su número como jefas de hogar aumenta cada vez más. La madre ha sido fuertemente discriminada por ser mujer. Ello duele mucho porque representa una injusticia. Esta injusticia está instalada en la sociedad marcadamente machista que tiene patrones culturales no fáciles de remover. Son sistemáticamente agredidas y su salario, por el mismo trabajo, suele ser inferior al de los hombres.

La mamá es una mujer de fe. En Chile son las que en gran medida llevan adelante la vida eclesial. Los sacerdotes sabemos muy bien que sin ellas es poco lo que podemos hacer. Son un regalo de Dios para la sociedad y para la Iglesia. Creo que hoy urge profundizar sobre el ser mujer y el ser madre. Aún falta mucho para que por una parte se le reconozca su dignidad en todas las esferas de la vida familiar, social, económica, cultural, y, por otro lado, conserve esa maravilla que Dios le ha regalado de ser la portadora de la vida, la fuente de la nutrición biológica, sicológica y espiritual de sus hijos. Creo que los hombres debiésemos mirar con mayor atención todo cuanto nuestras propias madres han hecho por nosotros, las alegrías que nos han regalado, y desde ese espejo, vivir la enseñanza de Jesús de no hacerle a los demás lo que no queremos que hagan con nosotros, y hacer a los demás lo que quisiéramos que nos hagan. Ellas, las madres, son una hermosa síntesis de lo que significa ser un ser humano.

No puedo dejar de recordar a aquellas mujeres que han renunciado libremente a la maternidad biológica y se han convertido, por amor a Dios, en esposas de Jesús y madre de muchas personas que se han visto beneficiadas de su ternura y de su servicio. Bien lo saben los más pobres de la sociedad.

A todas las madres de Chile y de la región del Bío Bío, gracias, muchas veces muchas gracias, por su presencia, su abnegación, su amor concreto a personas concretas. ¿Qué sería del mundo sin ustedes? Nada. Que tengan un feliz día, que Dios las bendiga, las cuide y les regale larga vida junto a sus seres queridos.

+Fernando Chomali G.

Arzobispo de Concepción, Chile

Publicado el: 8 mayo, 2020