Preparándonos para Pentecostés: es hora de dejar que el Espíritu nos lleve donde quiera llevarnos.

Al comenzar el tercer milenio probablemente ninguno imaginó un escenario como el actual, donde muchos cristianos, muchos católicos, ya no podemos hacer lo que habitualmente hacíamos para vivir la fe y proponerla al mundo. Estamos sufriendo no poder participar presencialmente de la misa o celebrar otros sacramentos que han debido ser suspendidos a causa de las restricciones sanitarias para frenar la pandemia que nos afecta. Y no solo eso, también estamos sufriendo porque no podemos reunirnos para compartir la vida, no podemos realizar peregrinaciones y procesiones, no podemos encontrarnos a compartir la Palabra en la catequesis o simplemente ya no podemos saludar y abrazar a los hermanos de comunidad.

¿Qué pasa? ¿Qué podemos hacer? Algunos podrán culpar a la pandemia y su escenario sanitario restrictivo; otros verán la falta de criterio de autoridades civiles que permiten comprar para comer, pero no dan la oportunidad de alimentar el alma; otros también pueden sentirse confundidos con los pastores de la Iglesia que no se rebelan frente a estas normas civiles, argumentando que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres; incluso, es probable que alguno haya responsabilizado al mismo Dios pensando que, si Dios es quien manda esta pandemia, es para ponernos a prueba (si Dios sabe de antemano cuál será nuestra buena o mala respuesta, ¿para qué nos prueba?). No faltarán los antirreligiosos que dirán que Dios rechaza nuestras instituciones que son meras estructuras humanas y que solo vale la fe vivida libremente, sin ritos ni reglas. A mi entender, estos y otros razonamientos parecidos hablan desde nosotros, desde lo que estamos acostumbrados a hacer o queremos que otros hagan; es decir, desde una mirada no «inspirada» por Dios, donde el Espíritu no es protagonista sino simple observador de nuestros planes y acciones.

Pero no era así en el comienzo de la Iglesia. El Espíritu Santo es el gran protagonista de la historia de la Iglesia naciente; lo escuchamos insistentemente en este tiempo pascual a través de los Hechos de los Apóstoles. Es el Espíritu el que impulsa a los Apóstoles a llevar el Evangelio a todos, con entusiasmo y valentía, sorteando dificultades y abriendo caminos. Pero no son los apóstoles los que deciden qué y cómo hacerlo, sino el mismo Espíritu de Dios. Los discípulos tuvieron que sacudirse sus antiguas prácticas y costumbres judías para responder a lo que Dios les pedía. De hecho, muchas cosas inéditas, insólitas, comenzaron a suceder por orden de Dios y de su Espíritu. Así le pasó a Felipe cuando tuvo que catequizar y bautizar a un eunuco, alto funcionario público de la reina  de Etiopía (cf. Hch 8, 27). A veinte siglos de distancia de estos hechos nos parece lógico lo que hizo Felipe, pero para la primera generación cristiana fue romper los moldes; yo creo que meditado correctamente lo es también hoy: no es común estar disponible para catequizar a un político, de un bando opuesto al mío y de dudosa condición sexual. O la situación de Pedro, que es mandado por el Espíritu para entrar en casa de un pagano. Para nosotros otra vez resulta lógico, pero no para estos primeros misioneros. Solo piensen que el Libro de los Hechos de los Apóstoles dedica la mitad del capítulo 10 a preparar el motivo de por qué Pedro entrará en casa de Cornelio y, luego, dedicará la mitad del capítulo 11 para justificar por qué lo hizo ante los hermanos de la comunidad de Jerusalén. Se estaban rompiendo los esquemas por orden del Espíritu Santo y no todos lo entendían.

También le pasó a Pablo, el gran misionero de la primera hora cristiana, a quien el Espíritu Santo le “impidió” predicar en Asia (cf. Hch 16, 6) y no “consintió” tampoco que lo hiciera en Bitinia (cf. Hch 16, 7). Es extraño lo que dice el libro sagrado. ¿No que el mandato de Jesús era predicar a todas las naciones? Pero a continuación el Apóstol tuvo un sueño donde vio a un macedonio que le pedía ayuda y creyó ver en ese momento la respuesta divina: ir a evangelizar a los hombres de Macedonia. Sin embargo, cuando llegó a Filipos el primero en aceptar a Jesucristo no fue un varón (como en su sueño), sino a una mujer de nombre Lidia, por medio de la cual el Evangelio logró penetrar en la Europa del este. En resumen, lo que el Espíritu Santo quería de Pablo, el Apóstol no pudo ni soñarlo, literalmente.

El Espíritu Santo se niega a seguir nuestros planes, incluso el de los misioneros más audaces, porque el Espíritu es quien guía a la Iglesia según los designios de Dios y no según las proyecciones humanas, por más «rezadas» que estas sean. Así parece suceder nuevamente en su Iglesia en estos tiempos adversos. El Espíritu Santo nos lleva por caminos nunca antes recorridos, inciertos y confusos a nuestros ojos, pero llenos de vida a los ojos de Dios. ¿Cuáles son esos caminos? No lo sabremos si no pedimos el don de la docilidad al Espíritu, ya que “nadie conoce lo íntimo de Dios sino El Espíritu de Dios” (1 Co 2, 11b). O sea, para saber lo que Dios nos pide en esta hora hay que tener el Santo Espíritu que Dios da a los que lo obedecen (cf. Hechos 5, 32).

P. Mauricio Aguayo Quezada
Vicario Episcopal para la Pastoral

Publicado el: 18 mayo, 2020