Vivimos tiempos de muchas preguntas

Este tiempo ha sido complejo desde el punto vista sanitario, económico, social y mental. Esto ha generado muchas preguntas filosóficas y de orden espiritual. Preguntas complejas que van desde por qué existe el mal hasta qué sentido tiene la vida. Algunos hasta se han preguntado si la pandemia y todo lo que ha significado es un castigo de Dios.

Otros tienen una actitud más propositiva y no se preguntan tanto el por qué está pasando esto, sino que para qué acontece esta situación y de qué manera podemos ayudar a mitigar sus consecuencias. Habrá que investigar las causas que llevaron a la generación y propagación del virus. Ese es un tema de expertos que requiere el análisis de diversos factores. Sin embargo está claro que este sistema de vida frenético, donde el tener prevalece sobre el ser y la lógica de la vida humana está en el consumo, no puede continuar.

Volviendo al para qué y a la pregunta ¿qué puedo hacer yo para aliviar el dolor y el sufrimiento de tantas personas?, creo que hay varias claves que nos pueden ayudar. La primera es respetar absolutamente las normas emanadas por la autoridad. Ello es imprescindible. Esta pandemia está muy vinculada a los actos nuestros. Más movimientos personales implican mayor movimiento del virus y ello, lleva a más contagios. Lo segundo es pensar que el aislamiento ha de ser físico, pero no social. Siempre podemos hacer algo por los demás, siempre podemos ayudar al necesitado. Y ello, desde el punto de vista económico, por cierto, pero también desde el punto de vista emocional. Una llamada, un encuentro a través de las oportunidades que nos permite la tecnología, levantan el ánimo y nos ayudan a comprender que no estamos solos en medio de este viento huracanado que  nos azota. También es importante ayudarse para no caer en el desánimo y desesperanza. Para ello la búsqueda de un sentido que nos trasciende a nosotros mismos es fundamental. Ayuda de sobre manera mirar la cruz de Cristo y acompañarlo en sus padecimientos que fueron por cada uno de nosotros. El amor de Dios está presente de manera real, aunque, a veces difícil de reconocer. Acrecentar la vida de oración puede ser el camino para descubrir el paso de Dios en esta tormenta que a nadie ha dejado indiferente. En lo personal. Las palabras del Señor que repite en tantos pasajes de los Evangelios son claves, inspiradoras y llenas de consuelo. No teman, yo soy. ¿Por qué teméis? Tal vez con una confianza ilimitada en Dios y un anhelo profundo de servir al prójimo, la pandemia puede detenerse y nosotros comenzar una vida nueva. La que sólo Él puede ofrecernos. Que este tiempo de dolor nos abra nuestro corazón y nos llene de gracia para poder asumir todo el mal presente y sacar de él bien. Para Dios no hay nada imposible.

+Fernando Chomali
Arzobispo de Concepción – Chile

 

Publicado el: 12 julio, 2020