Año Santo de la Misericordia: Dios rico en misericordia

Más Iglesia Arquidiocesana

Publicado el: 16 diciembre, 2015

En el marco de la conmemoración del segundo año de su elección, el Papa Francisco, ha convocado a la celebración de un Año Santo extraordinario, el cual será inaugurado con la apertura de la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro durante la solemnidad de la Inmaculada Concepción y concluirá el 20 de noviembre de 2016 con la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. El tema de este año ha sido tomado de la carta de San Pablo a los Efesios: “Dios rico en misericordia” (Ef 2,4).

 

Francisco, al respecto ha señalado: “Estamos viviendo el tiempo de la misericordia. Hay tanta necesidad hoy de misericordia, y es importante que los fieles laicos la vivan y la lleven a los diversos ambientes sociales. ¡Adelante!”

Este jubileo adquiere un relieve especial ya que tendrá lugar en el quincuagésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, en 1965. Por ello, puede ser comprendido como un impulso para que la Iglesia continúe la obra iniciada con el Vaticano II.

Este Año Santo será acompañado, en las celebraciones litúrgicas, de la lectura del evangelio según San Lucas, conocido como “el evangelista de la misericordia”, donde destacan, entre otras, las parábolas de la oveja perdida o el padre misericordioso.

ALGO DE HISTORIA

Para el pueblo hebreo el jubileo era un año declarado santo, que se repetía cada 50 años. Durante este tiempo, se obligaba restituir el sentido y la práctica de la igualdad a todos los hijos de Israel, ofreciendo, así, nuevas posibilidades a quienes habían perdido sus propiedades y, por sobre todo, la libertad personal. A los ricos, el año jubilar les recordaba que llegaría el tiempo en el que los esclavos israelitas, llegados a ser nuevamente iguales a ellos, podrían reivindicar sus derechos.

La Iglesia católica inició la tradición del Año Santo con el Papa Bonifacio VIII, en 1300, quien previó la realización de un jubileo cada siglo. Sin embrago, desde el año 1475 – para permitir a cada generación vivir al menos un Año Santo – el jubileo ordinario comenzó a espaciarse al ritmo de cada 25 años. Un jubileo extraordinario, en cambio, se proclama con ocasión de un acontecimiento de particular importancia.

Los Años Santos ordinarios celebrados hasta hoy han sido 26. El último fue el Jubileo del año 2000, convocado por el Papa Juan Pablo II, hoy reconocido por la Iglesia como San Juan Pablo II.

La costumbre de proclamar años santos extraordinarios se remonta al siglo XVI. Los últimos de ellos, celebrados el siglo pasado, fueron el de 1933, proclamado por Pío XI con motivo del XIX centenario de la Redención, y el de 1983, proclamado por Juan Pablo II por los 1950 años de la Redención.

La Iglesia Católica ha dado al jubileo hebreo un significado más espiritual. Consiste en un perdón general, una indulgencia abierta a todos, y en la posibilidad de renovar la relación con Dios y con el otro, a quien se le reconoce como prójimo. De este modo, el Año Santo es una oportunidad para crecer y profundizar la fe y vivir con un compromiso renovado el testimonio cristiano.

Hoy, con el Jubileo de la Misericordia, el Papa Francisco pone al centro de la atención el reconocimiento de un Dios misericordioso que invita a todos a volver hacia Él. El encuentro con un Dios que inspira la virtud de la misericordia.

La misericordia es un tema muy sentido por el Papa Francisco. Recordemos que como obispo había escogido como lema “miserando atque eligendo”, cita escogida de una de  las homilías de san Beda el Venerable, el cual, comentando el episodio evangélico de la vocación de San Mateo, escribe: “Vidit ergo lesus publicanum et quia miserando atque eligendo vidit, ait illi Sequere me” (Vio Jesús a un publicano, y como le miró con sentimiento de amor y le eligió, le dijo: Sígueme). Una traducción del lema podría ser: “Con ojos de misericordia”.

En el primer Ángelus después de su elección, el Papa Francisco decía: “Al escuchar misericordia, esta palabra cambia todo. Es lo mejor que podemos escuchar: cambia el mundo. Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo. Necesitamos comprender bienesta misericordia de Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia”

EL SENTIDO DE LA MISERICORDIA HOY

El termino misericordia, más aun, su sentido y concepto, en nuestros días, no es una realidad a la que estemos muy acostumbrados y dispuestos. La misericordia conlleva el perdón, es decir, la capacidad de perdonar la falta cometida. Sin embargo, vivimos una época donde el reconociendo de las faltas cometidas está muy alejado de la práctica cotidiana.

¿Quién pide perdón hoy?

La verdad es que no muchos, al contrario, el pedir perdón es un ejercicio que practican pocos. Así es. Lo común es desentenderse del daño provocado. La cultura pragmática que sólo busca lo útil y nunca la verdad y el bien -y en la cual vivimos y existimos-  nos lleva a “no darnos cuenta” del mal que hacemos. Sin embargo, el mal se hace y muchos son víctimas de ello.

Pedir perdón es un acto puramente humano. No existe otro ser vivo, que no sea la persona humana, que tenga la capacidad de pedir perdón. El perdón implica, necesaria e irrenunciablemente, reconocer la falta cometida; conlleva el arrepentirse ante lo hecho mal. El arrepentirse, por otro lado, exige examinar el actuar cotidiano, pero,  ¿quién tiene tiempo para ello? Es más fácil y productivo seguir adelante, sin mirar al que ha caído por nuestras faltas o por las faltas colectivas de una sociedad indolente y egoísta. Los proyectos personales o colectivos exigen seguir hacia adelante…en el tiempo -se piensa- las cosas se arreglan, pero, ciertamente la vida, finalmente, no lo tolera. De este modo, el arrepentimiento, el perdón y la misericordia siguen en deuda.

PERDÓN Y MISERICORDIA EN CHILE

Este Año Santo de la Misericordia, convocado por el Papa Francisco, nos debe llevar a los chilenos y chilenas a pensar -y a preguntarnos- cómo está el ejercicio de pedir perdón y la experiencia de la misericordia en nuestra patria. 

Chile no está reconciliado.

Sí, aunque nos duela, es necesario reconocer que en nuestra patria aun existen heridas abiertas. En nuestra tierra hay dolor, frustración, desesperanza y, porque no decirlo, resentimiento. Las heridas provocadas, a partir de la década de los setenta, aun no han cerrado. Las llagas fruto de la intolerancia y la soberbia, aun respiran. No habrá museo de la memoria, ni memorial construido que aplaque el sufrimiento de tantos. ¿Cómo cerrar los ojos ante los familiares de los detenidos desaparecidos que aun buscan a sus seres amados o la justa reparación de aquellos que fueron dañados y que, hasta el día de hoy, sus hijos y nietos no tienen reparación?

Por otro lado, están aquellos que, en el cumplimiento de su labor y respondiendo a un orden jerárquico, hoy están juzgados y condenados. Nos referimos a aquellos miembros de las FFAA que están cumpliendo una condena luego de haber sido juzgados. Muchos de ellos en el ocaso de sus vidas; algunos con enfermedades terminales y, no pocos, por la edad que tienen, imposibilitados de morir en libertad. Es cierto que la justicia ha dicho su palabra, pero no es menos cierto y, por lo tanto, imposible de soslayar, condenados porque quienes de verdad tuvieron una responsabilidad culposa no han respondido debidamente.

Pero, la misericordia convoca y exige una mirada distinta. Ella no es sinónimo de justicia y menos de una buena voluntad; exige una contemplación trascendente, es decir, una luz que va más allá de lo inmediato y que tiene como meta un fin superior.

La reconciliación en Chile será posible cuando las preguntas por los ausentes sean respondidas; cuando los que han sido, injustamente golpeados, reciban una reparación justa.

La reconciliación en Chile será también posible cuando aquellos que están condenados por la justicia tengan la posibilidad -justa y humana- de recibir el perdón ante lo vivido; cuando no prime lo políticamente correcto o el revanchismo; cuando aquellos que fueron, injustamente dañados, comprendan que el perdón es posible, que está en sus manos y en su corazóny que es irrenunciablemente necesario para vivir en paz; cuando se comprenda que la misericordia es de Dios, pero también de los hombres; cuando los que caminamos por esta tierra comprendamos que el hombre es siempre una posibilidad abierta y renovadora, capaz de superar lo adverso y siempre abierta a lo nuevo y a la esperanza. 

El alma de Chile aún sigue enferma, aún no sana. Pero, la esperanza de muchos logrará –y en esto no tenemos duda- vencer todo aquello que corroe el libre despliegue del espíritu humano.

En este año, donde el Papa Francisco nos convoca a vivir en la misericordia, pidamos a Dios, nuestro Padre, que nos regale el don del perdón, de la misericordia y de la paz.

Pbro. Dr. Hernán Enríquez Rosas

Académico de la UCSC

 

 

 

 

 

 

 

Más Iglesia Arquidiocesana