El Sagrado Corazón de Jesús: de la devoción al testimonio y la acción hoy

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Publicado el: 14 junio, 2012

La imagen del Sagrado Corazón es una imagen muy difundida en el mundo cristiano católico. Más allá de la imagen, lo más importante es Contemplar al Señor Jesús. “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). Entrar en una relación de amistad con Él.

Cuando hablamos de “corazón” nos referimos al centro de la persona humana, al lugar de la interioridad, de la intimidad, a la sede de nuestros sentimientos. De igual modo, lo entendemos pensando en el Corazón de Jesús. El Resucitado en el camino de Emaús impactó a los discípulos que caminaban con  Él. “¿No sentíamos arder nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba la Escritura?” (Lc 24, 32). El Señor Resucitado, victorioso, triunfante es el mismo a quien crucificaron colgándolo de un madero. En la cruz Jesús, el Siervo Sufriente, entregó su vida por amor al género humano. Cuando el soldado romano, dice el Evangelio: “le abrió el costado con una lanza. Enseguida brotó sangre y agua” (Jn 19, 34). Su corazón es fuente de vida, principio de vida nueva.

La Devoción al Sagrado Corazón surge en Francia en el siglo XVII. Sus principales exponentes son: San Juan Eudes y Santa Margarita María Alacoque. El Corazón de Cristo, el mundo interior del Señor, expresa: la bondad de Dios, el Amor de Dios por los pecadores, su Misericordia.  Esta “devoción” podría parecer algo añejo y ajeno a nuestra cultura actual, pero puede tener una tremenda vigencia, si la entendemos como una manera, o estilo de seguir a Jesucristo en nuestros días. Desde este fuego abrasador de la centralidad de Jesús en nuestras vidas, somos enviados por Él mismo a testimoniar el Evangelio y saber transformar el mundo.

Testimoniar un verdadero culto a Dios, anclado en la vida, en la realidad de cada día. No un culto externo, frío, sin la presencia del Amor. Aprender a obrar bien, buscar el derecho, socorrer al oprimido, defender al huérfano, proteger a la viuda (Cf Is 1, 17). Testimoniar con nuestras actitudes personales y comunitarias, que estamos ligados al Corazón de Jesús. “Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2, 5). Testimoniar una Iglesia que se reconoce frágil, necesitada de una conversión del corazón. “¡Conviértanse y vivirán!” (Ez 18, 32). Al Corazón de Jesús le duele el dolor de las víctimas de los abusos cometidos por algunos de sus “ministros”. Abusos que son consecuencia de la conjugación de las idolatrías del poder, del dinero y de la búsqueda desenfrenada del placer, descentrando a las personas del único Dios vivo y verdadero revelado en Jesús.

Renuevo mi compromiso de discípulo de Jesús, citando las hermosas palabras de una oración del Padre Esteban ss.cc.

 “Sigo a un tal Jesús de Nazaret que no ha escrito libros ni ha mandado ejércitos.

Todo lo que Él ha dicho es mi palabra y mi alimento. Todo lo que Él ha hecho es lo que más quiero.

Y su camino es mi camino. Y su Padre es mi Padre; y su causa es la mía.

Mi Madre, por Él, se llama también María. De Él voy aprendiendo paso a paso la lección

“Mansedumbre”,

la tarea “Libertad”. Su ejemplo es la “Justicia” transida de humildad.”

P. Erwin Harnisch Lagos ss.cc.

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