“Estar siempre atento a lo que el Señor va mostrando”

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Publicado el: 6 abril, 2016

Al cumplir 25 años de sacerdocio y prontamente cinco años como Arzobispo en la Iglesia de la Ssma. Concepción, Mons. Chomali nos comparte su experiencia vocacional, cómo surgió, cuánto influyó su familia, cómo fueron esos años de seminario, si vale hoy la pena aceptar este llamado vocacional del Señor en esta época.

¿Durante su niñez, adolescencia y juventud alguna vez se planteó la opción de ser sacerdote?

En mi  niñez y adolescencia nunca pensé en ser sacerdote. La verdad es que en esa época me dediqué a estudiar y a fortalecer mi consciencia social y de observar mucho. Digamos que fui un niño y un joven con gran espíritu crítico frente a la realidad. En la universidad tuve profundos cuestionamientos de orden existencial y muy vinculado a las injusticias que veía en el país y el mundo. Ello me llevó a buscar respuestas que con creces las encontré en la Iglesia. Conocí sacerdotes extraordinarios por su sencillez y entrega a los demás. La verdad es que me cautivaron y quise ser como ellos.

¿Cómo surge este interés por la vida consagrada?

Un compañero de curso de la universidad desapareció el segundo año. Le pregunté a su hermano dónde estaba y me dijo que había ingresado al Seminario. Era un alumno brillante y muy servicial. Yo quise hacer lo mismo, pero el capellán de la escuela de esa época, Mons. Cristián Caro, me dijo que tenía que madurar más, y mi familia que terminara la carrera. Cuando salí de la universidad me dije o entro al Seminario o me caso, como mis hermanos que estaban todos casados o en vías de casarse, y después de harto discernimiento, oración, y también algo de drama, entré al Seminario.

¿Qué hacía antes de entrar al seminario?

Antes del Seminario trabaja como ingeniero civil en una empresa constructora. Estaba a cargo de obras civiles. Pero la verdad es que nunca estuve muy contento en lo que hacía. Quería hacer algo más tangiblemente social. De joven quise ser artista, estudié guitarra clásica en la Escuela Moderna de música varios años, pero en mi casa nos inculcaron carreras prácticas para, como decía mi padre “ganarse la vida”. Cuando veo la dificultad que tienen los artistas me conmuevo y siempre trato de ayudarlos.

¿Considera que su familia fue un factor a la hora de responder a este llamado vocacional? ¿De qué forma fue determinante? 

Mi familia es católica, aunque la practicante era mi mamá. Ellos no me inculcaron la posibilidad de ser sacerdote, dado que en el horizonte de las primeras generaciones de inmigrantes está el surgir, el trabajar, el formar una familia. Sin embargo, me inculcaron valores importantes como el amor por la verdad, por la belleza, la honestidad, del trabajo bien hecho y el sentido de lo público. De eso me siento muy orgulloso. Creo que sin esa base no me habría planteado años después la vocación.

¿Cómo fue y qué recuerdos conserva de ese tiempo vivido en su época de seminario?

Tengo los mejores recuerdos del Seminario. Siempre he dicho que han sido los años más felices de mi vida. Decían que yo tenía vocación de seminarista. Me cautivó un grupo de personas tan heterogéneas  y que compartían ideales tan nobles como es servir a Dios y al prójimo. Viví experiencias en lo espiritual, pastoral, intelectual y comunitario que me enriquecieron mucho como persona. Además de la vida espiritual, el estudio me llenó el alma. Venía del mundo de las matemáticas y del arte y sin duda que la filosofía y la teología enriquecieron mi vida y fortaleció mi vocación. Recuerdo con cariño al rector el p. Juan de Castro que siempre nos inculcó vivir la vocación insertos en el mundo y no a espaldas de él, estar siempre atento a lo que el Señor va mostrando y a vivir plenamente el carisma que Dios le regala a cada uno para servir a la Iglesia.

¿Por qué cree usted que vale la pena ser sacerdote?

Lo que en la vida vale realmente la pena es preguntarse seriamente qué es lo que Dios quiere de uno. Esa pregunta debe ser respondida con toda honestidad de cara a Dios y la comunidad. Esa es la base de toda vocación. En mi caso llegué al convencimiento de que Dios me llama para ser sacerdote y vale la pena seguir. Jamás he idealizado nada en la vida. Eso me ayuda a comprender que en virtud de nuestra condición humana tendremos cientos de dificultades y lo importante es no perder el horizonte fundamental: Dios me llamó al sacerdocio y aquí estoy. Ofrezco lo que soy y el resto se lo entrego a Él. Dios me llamó y Él sabrá mejor que yo lo que puedo o no puedo hacer. Sólo le pido que no me quite la alegría incluso en momentos duros que a veces se viven.

Toda persona busca ser feliz ¿De qué forma se puede encontrar la felicidad en el sacerdocio?

Mi experiencia me dice que el ser humano es feliz cuándo es capaz de salir de sí mismo, es feliz cuando es capaz de descubrir alegría con la alegría de los demás y es capaz de sentirse portador de vida abundante, de amor, de fe, de esperanza, en definitiva de Jesucristo. Esto se vive en la vida sacramental, la oración, la vida comunitaria y el servicio a los demás.  Seré feliz en la medida que no me sienta el centro de nada y sólo un servidor con el carisma y los dones que Dios me ha regalado y que se los agradezco mucho.

Finalmente ¿Qué busca usted viviendo esta vocación?

Yo busco ser testimonio de Jesucristo que pasó haciendo el bien. Que estuvo con el necesitado, que derrochó misericordia y que fue muy duro con aquellos que usando a Dios se servían a ellos mismos. Si logro mostrar, aunque sea mínimamente, la inagotable riqueza de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y pueda reflejar su rostro, creo que estaría muy contento.

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