Misión en tierras indígenas

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Publicado el: 14 julio, 2011

Si se mencionara a los Mártires de Elicura, muy pocos sabrían quiénes fueron ellos, pero si se dijera que son parte de una historia que ha marcado la relación entre Iglesia y pueblo mapuche, más personas podrían formarse una idea, sobre todo en este último tiempo, donde la Iglesia católica a través de sus pastores acompañó a los cuatro comuneros que estuvieron en huelga de hambre durante 87 días y a sus familiares.

Sin embargo, no ha sido sólo en este momento en que la Iglesia ha estado vinculada a la realidad de este pueblo. En octubre de 1999 Monseñor Antonio Moreno, entonces Arzobispo de Concepción presidió la Eucaristía en que se inauguró un monumento en honor de los Mártires de Elicura, una cruz de roble ubicada a un kilómetro de Contulmo que recuerda el lugar donde tres jesuitas y cinco mapuches entregaron sus vidas por la justicia y la paz, y donde también se hizo una rogativa de agradecimiento a estos mártires.

En ese mismo tiempo los jesuitas estaban viendo la posibilidad de volver a hacer misión en este territorio, es así como Dios confirmó su anhelo a través de una conversación con el Obispo Auxiliar, Monseñor Tomislav Koljatic, quien les habló del interés de la Arquidiócesis por contar con la presencia de los jesuitas en Tirúa.  La idea era retomar el contacto con el mundo mapuche que había vivido el padre Mariano Campos, más conocido como “Campitos”, quien comenzó a misionar en un comienzo sólo durante los veranos desde 1955, y en 1970 gracias a la autorización de sus superiores pudo vivir en forma permanente en medio de los mapuches que habitaban en la zona de Sara de Lebu en la comuna de Los Álamos, pero su salud empeoró muriendo en Santiago en 1980.

El año pasado la misión en Tirúa cumplió 10 años, el sacerdote jesuita Pablo Castro Fones, quien llegó el 2000 junto a otro compañero a este lugar señala las razones de su arribo “nos vinimos porque aquí podíamos tomar verdadero contacto con las comunidades mapuches que estaban organizadas y porque había un vacío de presencia eclesial permanente. Desde los mapuches nos hemos puesto al servicio de todos los que viven en esta zona por tratarse de un territorio intercultural y diverso”.

El padre Pablo de acuerdo a su experiencia vivida estos años en Tirúa, se refiere a la necesidad del diálogo interreligioso, en donde prime el respeto, el poder conocerse mutuamente, descubriendo que efectivamente existen diversas religiones que son válidas y tienen el pleno derecho a ser vividas, pero “como Iglesia no estamos bien preparados para realizar un diálogo interreligioso con los pueblo originarios, porque cuando se habla del mundo mapuche pensamos en que hay que ir a evangelizarlos, pero nadie dice esto con el mundo judío o musulmán, nos olvidamos que los mapuches también tienen su propia religión”.

He descubierto que para mí evangelizar es hacer el bien y con aquéllos que se sienten interpelados por Jesucristo ayudarlos a tener ese encuentro personal con Él  y con los que no se sienten interpelados por Cristo respetar absolutamente su camino de vida”, señala el sacerdote recordando lo que nos dice Aparecida N°530 que “la Iglesia se compromete en la defensa de los derechos y la vida plena de los pueblos originarios en sus costumbres y tradiciones, o sea que la voz de nuestros pastores nos indica que debemos velar por aquellos mapuches que quieran vivir plenamente su religión tradicional sin adherir a Jesucristo explícitamente”.

La pastoral mapuche desea enfocarse en crear un espacio intraeclesial donde los mapuches que son católicos experimenten que dentro de la Iglesia también son protagonistas y pueden expresar su experiencia religiosa al modo de ellos. “Cuando nos juntamos en la pastoral los mapuches más sabios nos guían en el ‘ngillanmawun’, hacemos oración al estilo mapuche y nos unimos a las tradiciones de nuestros hermanos que ven más cercanos a los sacerdotes y religiosas que comparten junto a ellos”, señala el sacerdote jesuita.

Los laicos que viven en esta zona también participan en la pastoral mapuche, lo cual ha sido una vivencia enriquecedora para muchos de ellos como lo detalla la señora María Dartwig Reyes, quien participa en la Iglesia católica desde pequeña, pero más activamente desde que llegaron los jesuitas, visitando a las familias de la localidad de Huallapén una vez al mes junto al padre Pablo. “Esto ha significado una enseñanza de vida, porque antes de quedar viuda vivía entre cuatro paredes, pero hoy soy inmensamente feliz compartiendo con los hermanos mapuches”.

Misión que trasciende a otras esferas

La misión trasciende lo pastoral a la hora de hablar de la Relmu Witral (Telar del Arco Iris) que nació el año 2002 por la solicitud de algunas mujeres tejedoras que trabajaban el telar, pero sin poder comercializar sus trabajos. Hoy gracias al apoyo y asesoría de los jesuitas han sido capacitadas más de 200 mujeres, encontrándose esta Asociación bien posicionada en la zona y en el país debido a la belleza y calidad de sus trabajos. “la llegada de los jesuitas ha sido muy importante para nosotros, porque ellos nos demostraron con hechos de que nuestros trabajos valían, nos enseñaron a valorar nuestros telares, a rescatar parte de nuestra cultura que ya se estaba perdiendo y que con nuestros trabajo podíamos mejorar la calidad de vida de nuestras familias. Esto ha servido para que el pueblo mapuche se levante y aumente nuestra autoestima. Sabemos que todo lo que se ha conseguido es gracias a Dios”, manifiesta muy contenta Angélica Pérez Pilquiman, presidenta de Relmu Witral.

Donde también el padre Pablo ha prestado apoyo es en un comité de damnificados por el maremoto, compuesto por 40 familias de Tirúa que vieron arrasadas sus casas por el mar y que hoy no tienen un sitio donde construir. “Todavía hay mucho camino que recorrer, hay familias que no pueden quedar solas, además de perder sus viviendas, fruto del esfuerzo de toda una vida, muchos aún están emocionalmente afectados por lo que pasó. El Señor nos urge a acompañarlos

Los jesuitas a través de la misión en Tirúa hoy pueden testimoniar que si es posible vivir en una cultura diferente como lo es la mapuche, respetando sus derechos y su religión, don Francisco Pichun Quintupil señala al respecto “los padres jesuitas están trabajando bien en su relación con la comunidad, viven el día a día como vivimos nosotros los mapuches, cuando nosotros sufrimos ellos también sufren. Podemos decir lo que pensamos cuando nos reunimos”.

Sin embargo, don Francisco manifiesta de igual forma la necesidad de que la Iglesia exprese su apoyo explícito al respeto por los derechos del pueblo mapuche “Jesucristo caminaba junto a su pueblo sin dejar que éste quedara botado. Si se diera esto, nosotros los mapuches daríamos gracias, porque sentiríamos que ahora sí la Iglesia ha puesto su mano en el corazón”.

Este grito de auxilio ya se está materializando en la responsabilidad asumida por nuestros obispos y la pastoral mapuche que logró el fin de la huelga de hambre con el compromiso de trabajar en una Comisión por los Derechos del Pueblo Mapuche, lo cual está en directa sintonía con la última declaración emitida por la pastoral mapuche que lleva por título: “Por una justicia al servicio de la vida”, y que influyó en la confianza que los huelguistas y sus familiares manifestaron en el rol de la Iglesia ante este tema.

Algunos puntos de esta declaración que fue emitida días antes de que se pusiera fin a la huelga de hambre y se formara esta Comisión son:

7.- Como Iglesia defensora de la vida y la justicia, atendemos el llamado de los familiares de los presos mapuche en huelga de hambre manifestando públicamente que no se han cumplido a cabalidad los acuerdos que pusieron fin a la huelga de hambre del año 2010, y nos preocupa gravemente que en nuestro país se permita la persecución de las demandas sociales mediante herramientas jurídicas atentatorias contra los derechos humanos.

8.- Acogiendo lo expresado por nuestros pastores, reafirmamos nuestro compromiso al servicio de la vida plena acompañando el caminar de los pueblos indígenas, en la defensa de sus derechos y la construcción de un país que sea verdaderamente una casa para todos.

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