«No ayunes por ayunar». Encuentra un verdadero propósito para hacerlo y ofrécelo con amor

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Publicado el: 23 febrero, 2021

¿De verdad es necesario ayunar?, ¿tengo que hacer todo este sacrificio en Cuaresma? Qué creyente no se ha hecho alguna vez estas preguntas. Algunos de nosotros crecimos haciendo ayunos, los que mamá o papá proponían.

Recuerdo que mi mamá nos dejaba solo ver películas de santos en Cuaresma y si se te juntaba enfermarte era doble sacrificio. Entonces pasan los años, crecemos y sentimos que basta de sufrir por sufrir, que la vida ya te da razones de sobra para hacerlo.

Por otro lado sentimos que ayunar es más un «probar» o demostrar que podemos soportar cosas (más por orgullo que por cualquier otra cosa). «Probarle» a Dios, a los demás, a la Iglesia, a nuestros conocidos católicos y a nosotros mismos: «Yo sí que tengo fuerza de voluntad».

Hay algo mucho más profundo detrás del ayuno

Cada año, por 40 días volvemos a pensar ¿qué voy a ofrecer?, ¿qué tipo de ayuno haré?, ¿qué hobbie dejaré? Porque obviamente tenemos que probar de nuevo que podemos, que tenemos fuerza de voluntad.

¿Qué diferencia habría con un ninja que logra quedarse sobre un solo pie durante varios segundos?, ¿o con una mujer que debe soportar dolores durante nueve meses y uno mayor para dar a luz?

Reducir el ayuno a una «fuerza de voluntad», a «quedar bien con Dios» nos empieza a parecer hasta mundano. ¿Qué hay de espiritual en eso? Sin embargo hay situaciones donde nos damos cuenta cuánto bien nos hace, como la historia que les comparto a continuación:

La historia de Rosario y el padre Armando

Rosario era una abogada muy reconocida, tenía un puesto alto. Era buena cristiana, honrada, responsable. Tenía un hábito: desayunaba, almorzaba y cenaba en restaurantes.

Una Cuaresma, en unos Ejercicios Espirituales, conoció al Padre Armando. Desde entonces lo adoptó como su padre espiritual y le ayudaba siempre que podía, pasar tiempo con él era su pedacito de cielo.

Un día él le pidió que lo llevara al aeropuerto muy temprano:

— «Si aceptas, ¡yo te invito a desayunar!». Rosario no sabía qué esperar, hacía mucho tiempo no comía en una casa.
— «Vale», dijo Rosario. Entonces el padre cogió sus cosas y dijo ¡pues vamos!
— «¿Cómo, no vamos a desayunar?»
— «Sí, yo traigo algo aquí», dijo él.

El padre sacó unas papas hervidas, un salero y unas botellas de agua: «¿Comemos?». Me contaba Rosario que fue la comida que más disfrutó en toda su vida.

«Yo lloraba mientras comíamos. Ese día me cambió todo. Me volví más sencilla, me sentí más ligera».

Un buen plato de sencillez 

«Él, saboreaba una papa hervida profundamente agradecido con Dios, y yo viviendo de lujo en lujo sin ser feliz. Dejé mi trabajo (al que también era adicta por tantos reconocimientos) y me vine a trabajar para el padre, cambié mi carro por uno más sencillo. Me liberó».

¿No es esta una historia sencilla pero con un profundo impacto?, ¿has vivido una experiencia así?, ¿una situación que te llenó de sentido y te liberó de algo que creías nunca podrías dejar?

El ayuno nos despoja de nuestras falsas seguridades

De esas que se disfrazan de estabilidad pero en el fondo están llenas de miedo. Los ayunos nos dejan realmente vulnerables, reales, nos quitan las máscaras con que vamos cubriendo lo que de verdad importa y necesitamos: sabernos amados más allá de lo que tenemos y damos.

No se trata ahora de ir a hacer un ayuno que nos haga llorar o de hacerlo quejándonos y diciéndoselo a todo el mundo. Se trata de ayunar de esas cosas que realmente nos gustan para recordar su valor y entender si aportan o no a nuestro crecimiento personal y espiritual.

Se trata de desenmascarar aquello que no es de Dios. Ya Jesús decía «¿No vale más el hombre que el sábado?». Es decir, no se trata de cumplir por cumplir, lo que Dios busca al proponernos el ayuno es liberarnos, hacernos más felices, más plenos, más uno con Él y con los que queremos.

¿Qué ayuno te haría más libre esta Cuaresma? ¡Pídele a Dios que te inspire!

Fuente: Catholic-link.com

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