Papa Francisco: La familia es y será siempre la “carta magna” de la Iglesia

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Publicado el: 7 octubre, 2015

La familia puede ser y debe ser la familia de Dios por lo que “se podría decir que el ‘espíritu familiar’ es la carta magna de la Iglesia”. Además, el mundo necesita una “robusta inyección” de este espíritu puesto que en la sociedad no se le da el debido “peso, reconocimiento y apoyo”.

Es lo que afirmó el Papa Francisco en la Audiencia General de este miércoles en la Plaza de San Pedro, cuando en el Vaticano se realiza hasta el 25 de octubre el Sínodo de los Obispos sobre la Familia. 

En su catequesis, el Santo Padre recordó que “la familia que camina en la vía del Señor es fundamental en el testimonio del amor de Dios y merece por ello toda la dedicación de la que la Iglesia es capaz”. 

Por eso, “el Sínodo está llamado a interpretar, para el hoy, esta solicitud y este cuidado de la Iglesia”. 

Francisco afirmó que “un vistazo atento a la vida diaria de los hombres y mujeres de hoy muestra inmediatamente la necesidad que hay en todas partes de una robusta inyección de espíritu familiar”. 

El Santo Padre señaló que “el estilo de las relaciones parece muy racional, formal, organizado, pero también muy ‘deshidratado’, árido, anónimo”.  “Se convierte a veces en insoportable” y “en la realidad abandona a la soledad y al descarte a un número cada vez más grande de personas”.

El Pontífice manifestó la razón de por qué la familia abre a toda la sociedad una perspectiva más humana: “abre los ojos de los hijos a la vida –y no solo la vista, sino también todos los otros sentidos– representando una visión de la relación humana edificada sobre la libre alienación del amor”.

“La familia introduce la necesidad de lazos de fidelidad, sinceridad, confianza, cooperación, respeto; anima a proyectar un mundo habitable y a creer en relaciones de confianza, también en condiciones difíciles”. 

Pero además, “enseña a honrar la palabra dada, el respeto de las personas, el compartir los límites personales y los de los demás”.

“Todos somos conscientes de lo insustituible de la atención familiar de los miembros más pequeños, más vulnerables, más heridos, e incluso más desastrosos en las conductas de su vida”.

“En la sociedad –agregó el Papa– quien practica estas actitudes, las ha asimilado del espíritu familiar, no de la competición y del deseo de autorrealización.

El Pontífice aseguró también que a pesar de todo esto “no se le da a la familia el debido peso, reconocimiento y apoyo”.

“La familia no solo no tiene el reconocimiento adecuado, sino que no genera aprendizaje”, dijo Francisco. 

“A veces diría que, con toda su ciencia y su técnica, la sociedad moderna no está todavía en grado de traducir estos conocimientos en mejores formas de convivencia civil”.

Francisco también subrayó que “no solo la organización de la vida común se encalla en una burocracia del todo extraña en los lazos humanos fundamentales, sino que además la costumbre social y política muestra a menudo señales de degradación –agresividad, vulgaridad, desprecio– que están muy por debajo del umbral de una educación familiar mínima”. 

Por ello, “los extremos opuestos de esta ‘brutalización’ de las relaciones se conjugan y se alimentan el uno al otro”, lo que resulta “una paradoja”.

“La Iglesia individualiza hoy, en este punto exacto, el sentido histórico de su misión respecto a la familia y del auténtico espíritu familiar: comenzando por una atenta revisión de vida que mira a sí misma”.

El Papa manifestó que “se podría decir que el ‘espíritu familiar’ es la carta magna de la Iglesia: así el cristianismo debe aparecer y así debe ser”.

“Jesús, cuando llamó a Pedro a seguirlo le dijo que lo haría convertirse en ‘pescador de hombres’ y por eso nos quiere un nuevo tipo de redes”.

“Podemos decir que hoy las familias son una de las redes más importantes para la misión de Pedro y de la Iglesia”, y “no es una red que haga prisioneros”. Al contrario, “libera de las aguas maliciosas del abandono y de la indiferencia, que ahogan a muchos seres humanos en el mar de la soledad y de la indiferencia”. 

Las familias saben bien qué es la dignidad de sentirse hijos y no esclavos, o extranjeros, o solo un número del carné de identidad”. 

“De aquí, de la familia, Jesús retoma su paso entre los seres humanos para persuadirlos de que Dios no los ha olvidado”. 

Francisco añadió que también “de aquí Pedro toma vigor para su ministerio” y “de aquí la Iglesia, obedeciendo a la Palabra del Maestro, sale a pescar al lago, con la certeza de que, si esto sucede, la pesca será milagrosa”.

Al terminar, el Pontífice pidió oraciones por los Padres Sinodales para que “animados por el Espíritu Santo fomenten el impulso de una Iglesia que abandona las viejas redes y se pone a pescar confiando en la Palabra de su Señor”. 

Al término de la catequesis, el Santo Padre saludó a enfermos, jóvenes, y recién casados en especial por la memoria de la Virgen María del Rosario.

“Que la esperanza que habita en el corazón de María les infunda coraje frente a las grandes elecciones de la vida; queridos enfermos, que la fortaleza de la Madre a los pies de la cruz les sostenga en los momentos más difíciles; queridos esposos recién casados, que la ternura materna de Aquella que acogió en el seno a Jesús les acompañe la nueva vida familiar que acaban de iniciar”, concluyó.

TEXTO COMPLETO

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

Hace pocos días ha iniciado el Sínodo de los Obispos con el tema “La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo”. La familia que camina en la vía del Señor es fundamental en el testimonio de amor de Dios y merece toda la dedicación de la cual la Iglesia es capaz. El Sínodo está llamado a interpretar, para hoy, este celo y este cuidado de la Iglesia. Acompañamos todo el recorrido sinodal sobre todo con nuestra oración y nuestra atención. Y en este período las catequesis serán reflexiones inspiradas por algunos aspectos de la relación -que podemos decir bien indisoluble- entre la Iglesia y la familia, con el horizonte abierto al bien de la entera comunidad cristiana.

Una mirada atenta a la vida cotidiana de los hombres y de las mujeres de hoy muestra inmediatamente la necesidad que hay en todas partes de una sólida inyección de espíritu familiar. De hecho, el estilo de las relaciones -civiles, económicas, jurídicas, profesionales, de ciudadanía- aparece muy racional, formal, organizado, pero también muy “deshidratado”, árido, anónimo. Se transforma en ocasiones en insoportable. Aunque quiere ser inclusivo en sus formas, en la realidad abandona a la soledad y al descarte un número siempre mayor de personas.

He aquí porqué la familia abre para la entera sociedad una perspectiva más humana: abre los ojos de los hijos sobre la vida –y no solo la mirada, sino también los otros sentidos- representando una visión de la relación humana edificada sobre la libre alianza de amor. La familia introduce a la necesidad de vínculos de fidelidad, sinceridad, confianza, cooperación, respeto; anima a proyectar un mundo habitable y a creer en las relaciones de confianza, también en condiciones difíciles; enseña a honrar la palabra dada, el respeto de las singulares personas, el compartir de los límites personales y de los otros. Y todos somos conscientes de lo insustituible de la atención familiar por los miembros más pequeños, más vulnerables, más heridos y aún los más devastados por las conductas de su vida. En la sociedad que practica estas actitudes, las ha asimilado por el espíritu familiar y no de la competición y del deseo de autorealización.

Y bien, aún sabiendo todo esto, no se da a la familia el peso debido -y reconocimiento y apoyo- en la organización política y económica de la sociedad contemporánea. Quisiera decir más: la familia no solo no tiene reconocimiento adecuado, pero ¡no genera más aprendizaje! A veces se diría que, con toda la ciencia y la técnica, la sociedad moderna todavía no es capaz de traducir estos conocimientos en formas mejores de convivencia civil. No solo la organización de la vida común se encalla más, en la burocracia del todo extraña a los vínculos humanos fundamentales, pero incluso la costumbre social y política muestra a menudo signos de degrado –agresividad, vulgaridad, desprecio…-, que están muy por debajo del umbral de una educación familiar mínima. En tal coyuntura, los extremos opuestos de este embrutecimiento de las relaciones -es decir,  la torpeza tecnocrática y el familismo amoral- se conjugan y se alimentan mutuamente. Es en verdad una paradoja.

La Iglesia distingue hoy, en este punto exacto, el sentido histórico de su misión acerca de la familia y del auténtico espíritu familiar: comenzando por una atenta revisión de vida, que se refiere a sí misma. Se podría decir que el “espíritu familiar” es una carta constitucional para la Iglesia: así el cristianismo debe aparecer, y así debe ser. Está escrito en letras claras:  «Ustedes que en un tiempo eran lejanos -dice san Pablo- […] ustedes ya no son extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios» (Ef 2,19). La Iglesia es y debe ser la familia de Dios.

Jesús, cuando llamó a Pedro a seguirlo, le dijo que lo habría hecho “pescador de hombres”; y para esto se necesita un nuevo tipo de redes. Podemos decir que hoy las familias son una de las redes más importantes para la misión de Pedro y de la Iglesia. ¡No es una red que hace prisioneros! Al contrario, libera de las aguas malas del abandono y de la indiferencia, que ahogan muchos seres humanos en el mar de la soledad y de la indiferencia. Las familias saben bien qué es la dignidad de sentirse hijos y no esclavos, o extraños, o sólo un número del documento de identidad.

 

Desde aquí, de la familia, Jesús recomienza su pasaje entre los seres humanos para persuadirlos que Dios no los ha olvidado. Desde aquí Pedro toma vigor para su ministerio. Desde aquí la Iglesia, obedeciendo a la palabra del Maestro, sale a pescar, seguro que, si esto pasa, la pesca será milagrosa. Que el entusiasmo de los Padres sinodales, animados por el Espíritu Santo, fomenten el impulso de una Iglesia que abandona las redes viejas y se pone a pescar confiando en la palabra de su Señor. ¡Rezamos intensamente por esto! Cristo, del resto, ha prometido y nos alienta: aunque los malos padres no rechazan el pan a los hijos hambrientos, figurémonos si Dios no dará el Espíritu a quienes -aun siendo imperfectos- ¡lo piden con apasionada insistencia! (cfr Lc 11,9-13). Gracias.

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