Salario justo no es “buenismo” clerical ni demagogia política

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Publicado el: 6 abril, 2016

Opinión de CLARISA HARDY en EL MOSTRADOR

Siendo una atea convencida y militante secular, aplaudo que surja una propuesta como la de Goic, aun si proviene de una institución religiosa, porque al menos reabre un debate necesario y rompe la modorra frente a la desigual retribución del trabajo en Chile y que es de las más desiguales en el continente más desigual del planeta. Obviamente, mucho más desigual que en buena parte de los países capitalistas del mundo y en donde, al igual que en el nuestro, el trabajo es una mercancía.

El militante laicismo anticlerical de Carlos Peña, prestigiado columnista de El Mercurio, le ha jugado una mala pasada en su reciente columna dominical. Ha preferido polemizar con la propuesta del salario ético de Alejandro Goic como parte de sus críticas a la Iglesia, que hacerse cargo del fondo de dicha propuesta.

Peña aduce que el salario ético de Goic entra en el terreno del buenismo, al que caracteriza, textualmente, como “una falsificación de la bondad: consiste en decir o afirmar, frente a cualquier problema acuciante, una solución que parece obvia y fácil”. Y lo ejemplifica de esta manera: “¿Hay personas que no alcanzan a satisfacer sus necesidades básicas?, entonces hay que establecer un sueldo mínimo que les permita cubrirlas”.

Agrega más adelante en dicha columna que, a diferencia de Marx, que abordó el mismo problema acuciante con una crítica radical del capitalismo y que, por lo mismo, desarrolló respuestas mucho más arduas de alcanzar, en el caso de Goic no hay críticas al origen de los salarios indignos y, por lo tanto, su facilismo en la solución no pasa de un épico saludo a la bandera. En suma, que la vigencia de salarios que no permiten ni siquiera satisfacer las necesidades básicas de un ser humano son el fruto del imperio del mercado, en que el trabajo ha pasado a ser una mercancía más.

Afirmaciones, las anteriores, que mezclan conceptos de índole diversa y que soslayan el fondo de la discusión, eludiendo Carlos Peña un pronunciamiento propio. Salvo decir que es una materia muy compleja y de arduo esfuerzo, podría desprenderse de sus afirmaciones una suerte de fatalismo cuando nos ilustra que esta situación es consecuencia de ser el trabajo una mercancía regida por el sistema de precios.

Siendo una atea convencida y militante secular, aplaudo que surja una propuesta como la de Goic, aun si proviene de una institución religiosa, porque al menos reabre un debate necesario y rompe la modorra frente a la desigual retribución del trabajo en Chile y que es de las más desiguales en el continente más desigual del planeta. Obviamente, mucho más desigual que en buena parte de los países capitalistas del mundo y en donde, al igual que en el nuestro, el trabajo es una mercancía.

 

De modo que, obviando la forma del debate instalado por Alejandro Goic al hablar de salario ético, y asumiendo el fondo del mismo, que vendría a ser la necesidad de abrir una discusión sobre salario digno y retribución justa del trabajo, evidenciemos en qué realidad se inserta esta polémica. Sin duda, no en el terreno maximalista que nos propone Carlos Peña, sino al interior del propio capitalismo, como lo develan experiencias y reflexiones que se dan internacionalmente.

Pero antes, una aclaración respecto de una afirmación errónea del columnista y que amerita una precisión. El debate que se abre a partir de la proposición de Goic no se refiere a cuál debiera ser un salario que se haga cargo de satisfacer necesidades básicas, sino cuál es el salario justo que retribuye el trabajo, pregunta que por cierto se produce en el Chile de hoy, un país de renta media que esconde brechas salariales desproporcionadas.

Los países más desarrollados han levantado, respecto de la satisfacción de necesidades básicas, sistemas de garantía de derechos para asegurar que dichas necesidades no queden insatisfechas. Y esto se despliega a todos los ciudadanos, al margen de los ingresos de las personas. Por cierto, dichos sistemas de protección social incluyen subsidios monetarios (bajo la forma de ingreso ciudadano, ingreso solidario, u otras denominaciones) para aquellos hogares que, estén o no trabajando sus integrantes, no pueden satisfacer necesidades esenciales en el mercado. Esos son, en definitiva, los estados de bienestar.

Distinto es, entonces, un debate sobre la remuneración del trabajo y lo que debiera ser una retribución justa de los trabajadores.

Para que ambos prosperen –sistemas de bienestar y remuneraciones justas del trabajo–, debe darse una combinación de impuestos progresivos a la renta, mínimos salariales asegurados, pero también límites a las ganancias e ingresos excesivos. Lo cual requiere una amplia discusión de la ciudadanía conducente a un pacto político y social. Para ello, no hay que clausurar los debates y descalificar las propuestas, por poco realistas o facilistas que parezcan sino, al contrario, promoverlas, argumentarlas en su mérito, haciendo explícitos sus fundamentos éticos como punto de partida.

En el año 2011, Warren Buffett –un multimillonario norteamericano con un patrimonio superior a los 65 mil millones de dólares– le escribió una carta al presidente Obama, diciéndole: “Mientras las clases medias y bajas luchan en Afganistán, mientras los norteamericanos luchan por ganarse la vida, nosotros, los megarricos continuamos teniendo exenciones fiscales extraordinarias”. En la misma carta, Buffett ejemplifica que, mientras él había pagado en 2010 impuestos equivalentes al 17% de su renta, sus empleados tributaron entre 33% y 41%.

Siguiendo su ejemplo, un grupo de multimillonarios ha hecho presente hace muy poco en el Congreso de los EE.UU. la necesidad de aumentar los impuestos de ellos mismos, de todos aquellos que ganen sobre un millón de dólares anuales o que tengan un patrimonio superior a los cinco millones de dólares. Y su petición la fundamentan en salvar al capitalismo de sus excesos.

Esos son los excesos que el neoliberalismo está provocando en las desigualdades que se aprecian, no solo en la distribución de los ingresos de los hogares, sino en la desigual retribución de su trabajo que experimentan los trabajadores.

Recientemente el estado de Nueva York acaba de aprobar elevar gradualmente el salario mínimo por hora de US$9 a US$15, siguiendo el ejemplo de lo que se aprobó en el estado de California. En Chile, el actual salario mínimo por hora sería equivalente a US$1,5.

Es más, si analizamos la distribución de los salarios según el estrato socioeconómico de los trabajadores en Chile, advertimos que en promedio el salario por hora de los trabajadores de los estratos pobres es de US$3, pasando a US$7 en los trabajadores de estratos medios y dando un salto a US$29 en los estratos altos (Clarisa Hardy, Estratificación Social en América Latina. Restos de Cohesión Social, LOM Ediciones, 2014).

Según la información más actualizada del Fondo Monetario Internacional, el producto interno bruto per cápita de los Estados Unidos de Norteamérica en el año 2015 es de US$56.421 y en Chile es de US$23.556. Es decir, con algo más del doble del PIB, en Nueva York y en California han aprobado un salario mínimo que es 10 veces superior al chileno.

Es factible y razonable, aunque arduo y complejo, elevar sustancialmente los salarios deprimidos. Por cierto, ello implica, tal como lo ejemplifican muchos países (y más allá de la evidente necesidad de la educación, capacitación y formación permanente de los trabajadores), de alguna manera limitar también la ganancia excesiva, sea por la vía de impuestos progresivos que gravan con mayor rigor a los más ricos, pero también con prácticas salariales más exigentes al interior de las empresas, en que se establezcan criterios que regulen las distancias salariales entre los trabajadores de menores y mayores ingresos.

Hay experiencias silenciosas en nuestro país, en el ámbito de algunas fundaciones y hasta empresas medianas, que se han impuesto no exceder sus brechas salariales de 4 o 5 veces entre los que más y los que menos ganan. Ello es posible, no solo porque se elevan considerablemente los salarios más bajos, sino porque además se ponen límites a los salarios más altos.

Haciéndonos eco de la voz de los multimillonarios que quieren salvar al capitalismo gringo de sus excesos, salvemos el desarrollo de Chile de sus depredadores y para ello que se sumen las voces de aquellos empresarios que entienden que su propio futuro está en riesgo, de los trabajadores, de centros de estudio y de los expertos, de los partidos políticos y, por qué no, también de las iglesias y columnistas.

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