Una reflexión en el “Año de la Misericordia”

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Publicado el: 10 diciembre, 2015

El Año de la Misericordia es un jubileo que se celebrará durante el Año Santo Extraordinario que comenzará el 8 de diciembre de 2015 y concluirá el 20 de noviembre de 2016, para celebrar el quincuagésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, profundizar en su implantación y situar en un lugar central la Divina Misericordia, con el fortalecimiento de la confesión.

El Papa Francisco señaló al respecto “Queridos hermanos y hermanas he pensado a menudo en cómo la Iglesia puede poner más en evidencia su misión de ser testimonio de la misericordia. Es un camino que inicia con una conversión espiritual. Por esto he decidido convocar un Jubileo extraordinario que coloque en el centro la misericordia de Dios. Será un año santo de la Misericordia, lo queremos vivir a la luz de la palabra del Señor: Seamos misericordiosos como el Padre. (…) Estoy convencido de que toda la Iglesia podrá encontrar en este Jubileo la alegría de redescubrir y hacer fecunda la misericordia de Dios, con la cual todos somos llamados a dar consuelo a cada hombre y cada mujer de nuestro tiempo. Lo confiamos a partir de ahora a la Madre de la Misericordia para que dirija a nosotros su mirada y vele en nuestro camino”.

El padre José Durán, Vicario de la parroquia San Pablo de Chiguayante, nos comparte una reflexión en torno a lo que celebraremos en este Año de la Misericordia:

Hace un tiempo atrás un amigo, después de Misa, me alabó diciéndome que tenía “alma de poeta y cantor” Fue agradable escuchar tal halago, no puedo negarlo. De vuelta a la parroquia comencé a analizar las palabras de mi amigo.

De poeta quizás no tenga mucho, creo que un buen poeta como Neruda, Gabriela Mistral o cualquier otro es un testigo de lo vivido, debe ser fuerza de cambio, desahogo, victoria… Un poeta enaltece, un poeta es valiente, disciplinado, tenaz… es un amante de la creación y que exalta la naturaleza, es un docto que transmite y enseñanza en cada prosa o verso. Un poeta es juguetón con las palabras que las va enlazando hasta formar un sentimiento que la mayoría de las veces llega al corazón, porque las siente, las vive, las hace suya.

Luego llego a la conclusión que no soy poeta, ni menos cantor… pero si “un buen intérprete”. Porque en cada “predica” le pongo todo mi corazón, todo mi empeño, todo lo que soy, hago mía cada una de las palabras que van emergiendo de un corazón enamorado de Dios.

Por ejemplo, cuando les hablo a los niños sobre el amor misericordioso de Dios lo hago con cariño, con mucha paciencia, de manera muy sencilla, porque los niños están abiertos a Dios, porque su corazón está aún muy dispuesto a entender y amar. El ejemplo y el amor es la mejor herramienta que tenemos los “grandes” para enseñar a los niños a amar a Jesús. Me doy tiempo para escucharlos con atención lo que me preguntan. Sé también que tengo poco tiempo, su concentración no es de mucha duración, pero no debo subestimar sus capacidades de comprensión. Como decía más arriba no tengo buena voz, pero canto a todo pulmón  “El amor de Dios es maravilloso”

Con los, que son un poco más grande, a los jóvenes, mi actitud cambia, trato de ser más histriónico, porque los jóvenes tienen la necesidad de Dios y trato de convencerlos mucho, mucho con el ejemplo: Les hablo de un Dios que es:

•         Amigo, que está con ellos siempre, en las buenas y en las malas, en las duras y en las maduras; que los acepta así como son y como están, que los soporta en todo momento y situación y que nunca se cansa de ellos.

•         Un Dios que es presente, que vive en el mundo de ellos, preocupado por lo que viven, le alegra por el ramo que salvaron y padece por el que dejaron atrás,. Que no se escandaliza por las reacciones o actitudes o acciones que tienen.

•         Un Dios de su intimidad, con quien pueden tener un diálogo que nadie más que ellos y El conocen. El Dios del corazón, que vive dentro de ellos. (Ver Misericordiae Viltus 6)

•         Dios del encuentro, lo descubren en el encuentro con los otros, con el grupo. Es un Dios grupal, en el que todos y todas también creen. (Ver Misericordiae Vultus 12)

Ya con los solteros, los casados, los viudos, es otra cosa, a ellos les hablo desde la vida, desde sus propias experiencias de vida, a ellos los acompaño en largas conversaciones. Con ellos me tomo mi tiempo, no me canso, me gusta. A ellos les hablo del amor tierno y misericordioso de Dios.

Les hablo como en el libro del Éxodo, que "Dios es misericordioso y clemente, tardo a la cólera, rico en amor y fidelidad" (Ex. 34, 6). O, como el Apóstol Pablo, puedo exclamar que ese amor supera todas las dimensiones, y que nada nos puede separar de él. Ese amor que Dios nos tiene es gratuito, pues Dios nos ama antes de que nosotros le amemos a Él. Como dice San Juan, "Dios nos amó primero" (1 Jn. 4,10) y nos hizo sus hijos. El deber elemental de un hijo es amar al Padre que le da la vida, oír sus palabras y hablarle expresándole sus necesidades y diciéndole su amor, su alabanza y su gratitud.

Una vez leí por ahí, no recuerdo dónde: “La misericordia de Jesús no es sólo un sentimiento: es una fuerza que da vida”. Como dice el Evangelio de Lucas, habla de la compasión de Cristo por la viuda de Naín, que estaba a punto de enterrar a su único hijo cuando pasa Jesús. “Al verla, Jesús se conmovió”. Esta “compasión” es el amor de Dios por el hombre, es la misericordia, o sea la actitud de Dios en contacto con la miseria humana, con nuestra indigencia, nuestro sufrimiento, nuestra angustia. El término bíblico “compasión” recuerda las entrañas maternas: la madre, efectivamente, siente de una forma que es sólo suya el dolor de los hijos. Así nos ama Dios, dice la Escritura”. (Ver Lc. 7, 11-17)

Y llego a los abuelos, los que han vivido intensamente la vida… y que viven para contarlo. Aquellos abuelos que aman la misericordia y el perdón, porque saben lo que es luchar, sufrir y amar… a ellos les hablo de la “ternura de Dios”, porque ellos son “viejos tiernos”.

Les hablo de un Dios que es bondad, ellos son los testigos de los afectos, del gozo, como dijo el Papa Francisco: «Quiero ser testigo de esta alegría del Evangelio y llevarles la ternura y la caricia de Dios, nuestro Padre, especialmente a sus hijos más necesitados, a los ancianos, a los enfermos, a los encarcelados, a los pobres, a los que son víctimas de esta cultura del descarte. El amor del Padre tan misericordioso nos permite sin medida descubrir el rostro de su Hijo Jesús en cada hermano, en cada hermana nuestra, en el prójimo». (El Papa Francisco visita Ecuador, Bolivia y Paraguay entre el 5 y el 13 de julio)

Como conclusión durante este año, estamos llamados a asistir a la “Escuela de la Ternura de Dios” para  enriquecernos mutuamente con sus dones y comprometernos a construir juntos, en un diálogo positivo y profundo, una auténtica “civilización de la ternura”.

Durante este años meditaremos y dialogaremos con los niños, los jóvenes, los adultos y ancianos; sobre el amor de Dios, el Padre de la misericordia, ya que Él nos permite verlo especialmente cercano al hombre, sobre todo cuando sufre, cuándo está amenazado en su existencia y dignidad.

La experiencia “nos ha enseñado que Jesús con su estilo de vida y con sus acciones nos demuestra cómo en el mundo en que vivimos está presente el amor, el amor eficaz, el amor que se dirige al hombre y abraza todo lo que forma su humanidad. Este amor se hace notar particularmente en el contacto con el sufrimiento, la injusticia, la pobreza; en contacto con toda la «condición humana» histórica, que de distintos modos manifiesta la limitación y la fragilidad del hombre, bien sea física, bien sea moral. Cabalmente el modo y el ámbito en que se manifiesta el amor es llamado «misericordia» en el lenguaje bíblico. (Cf. Dives in misericordia)

Para terminar, pienso que la misericordia y la ternura nos hacen verdaderamente participar en la vida misma de Dios. De todo esto “soy un buen intérprete o al menos trato de serlo, porque como dije antes de poeta y cantor no tengo mucho…” .

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