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Hna. Inés Quijada sirvió a los pobres y a las comunicaciones

Publicado el 2017-07-03

Conocedora de la realidad de los más pobres, la Hna. Inés Quijada, laica consagrada, superiora del Instituto Secular “María Inmaculada”, de la comunidad existente en Concepción, rememora su vivencia en sectores poblacionales y su servicio en Comunicaciones del Arzobispado de Concepción.


Hna. Inés Quijada sirvió a los pobres y a las comunicaciones

En su sencilla residencia, a un costado de la parroquia san Juan de Mata, compartió una reconfortante taza de café, en una fría mañana, para recordar aquellos momentos más importantes de su vida.

¿Cómo surge su compromiso con la Iglesia?

“Yo vengo de una familia muy cristiana.  Crecí como todos, viviendo mis etapas de niña y joven. Cuando mi familia se vino a vivir a Concepción, me acerqué a la parroquia san Ramón, que en ese instante estaba a cargo del padre Hugo Márquez, quien recién regresaba de  un curso en Lovaina. Y llegó  con todas las ideas nuevas del Concilio Vaticano II, lo que me fue fascinando y me llamaba la atención todo lo que el Papa pedía a los cristianos de esa época. Me gustó mucho aquello de abrir las ventanas de la  iglesia para que entrara aire puro”, señala.

Agrega que “me  metí en los grupos, en que trabajábamos bastante y de repente nació este “bichito” de que me gustaría ser monjita, pero cuando veía a algunas religiosas no me entusiasmaba mucho. Empecé un recorrido visitando algunas congregaciones y seguí madurando, en tanto, terminé mis estudios y me puse a trabajar. Me acuerdo que llegó a la parroquia un grupo de extranjeras, las hermanas de María Inmaculada que provenían desde Bélgica y estaban aportando su servicio en las parroquias con una nueva catequesis. Entre ellas estaba la Hna. Panchita Bultiaw, que fue solicitada por el arzobispo de Concepción, monseñor Manuel Sánchez”.

Explica que “cuando las vi tan alegres y simpáticas, Empecé a conversar con ellas y conocí su carisma y su servicio silencioso. Conocí las hermanas que estaban en Talcahuano, Chiguayante y  Concepción y cada una con distintas profesiones trabajaban en hospitales, en el Arzobispado y en la Ciudad del Niño”. 

La familia

Esperó conversar con su familia. “Hablé primero con mi padre, pensando que a lo mejor no le gustaría mi propuesta, pero con sorpresa me dijo que daba gracias a Dios, porque siempre le pidió al Señor tener una hija consagrada. Lo noté feliz, contento, así como cuando uno hace un regalo. Si es para Dios, no lo dudes. Igual, si te hubieses casado, pero si tú eliges esto, harás mucho bien y estoy feliz con la decisión que has tomado, me dijo”, recuerda.

Tomada la decisión y pidió ser incorporada. En mayo de este año cumplió 40 años de votos perpetuos. “Entré hace 49 años a la comunidad e hice un proceso de formación viviendo en la parcela María Goretti, en Chiguayante, sirviendo a niñas en situación irregular. Con tres años podía hacerse el compromiso, pero se puede prolongar para estar segura. Yo lo prolongué por cinco años, para un camino con mayor firmeza”, afirma.

¿Qué vino después?

Después de Chiguayante me fui a Talcahuano a trabajar en la población Leonor Mascayano, donde las Hermanas de Boroa, quienes tenían un colegio y me desempeñé como profesora de religión. Era una comunidad con dos hermanas, una era coordinadora diocesana de la Pastoral Obrera y otra que trabajaba con los centros de madres. Me dediqué mas a trabajar con las jóvenes de Jupach;  estuve hasta 1973, y por las dificultades que se vivían me tuve que venir a Concepción. Nosotras somos como levadura en la masa;  hacemos votos de pobreza, castidad, y obediencia, pero nuestro servicio lo vivimos escuchando, compartiendo, vivir amando. En base a este consejo evangélico, nosotras nos dedicamos mucho a estar con la gente y lo hicimos pensando que el Señor, en ese momento, nos pedía, porque veíamos la situación difícil de muchas personas, sobre todo de los jóvenes. Hubo muchos jóvenes que ayudamos y salvamos y por eso, una de las hermanas tuvo que irse a su país. Para no quedar sola en Talcahuano me vine a esta casa en Concepción donde vivo hasta ahora. Desde 1974 estoy en este lugar.

Comunicaciones

Hizo clases en el Liceo Experimental y en el Colegio Sagrado Corazón y después se fue al Arzobispado para ayudar en la pastoral de los jóvenes. “Ahí, estuve un tiempo corto, porque un sacerdote que estuvo en el Instituto de Catequesis me invitó a formar parte del equipo y me dio la responsabilidad de preparar material para la confirmación de los jóvenes, era un equipo con religiosas y sacerdotes, para cambiar un poco la catequesis, eran jóvenes de 15 y 16 años, para que se comprometieran mejor. Cuando estaba en Catequesis, fue a conversar conmigo Monseñor Sánchez y me pidió que tomara el Departamento de Comunicación Social, porque las hermanas de San Pablo se iban”. 

Después varios años y de un trabajo intenso, tuvo que alejarse de estas funciones  por problemas de salud, ya que su convalecencia fue muy larga. “Posteriormente, trabajé en las comunidades de base. Me encantó trabajar en medio del pueblo, nos alegrábamos cuando conseguían algo y sufríamos cuando perdían el trabajo. Me sentía como el Cristo pobre, valiente, pero que anima, aunque el corazón esté apretado, para que sigan luchando y no pierdan la fe; creer en ellos, primero, para que pudieran seguir. Siempre ha sido así mi trabajo, sobre todo con las mujeres, poder sacarlas de la rutina, hacerlas más persona con dignidad”. 

Hoy, realiza en un trabajo más descansado. “Aporto en la preparación para el sacramento del Bautismo, en la parroquia san Juan de Mata. Encantada con este trabajo, porque ahí ayudo realmente a conocer a este Dios vivo, no al Señor que está lejano de uno. Trato de mostrar que somos un pueblo que vamos caminando, que esta es la Iglesia y que todos tenemos que participar en este pueblo y colaborar  con quien lo necesite, a ser mejores personas. Yo sueño con un mundo mejor y ayudar a construirlo. Nuestro lema es “Para que todos vivan”, no viva sólo yo. 

La comunidad 

Hay 50 hermanas, la mayoría en Bélgica. “En Concepción quedamos dos. Las más cercanas están en Paraguay. El fundador fue un sacerdote Oblato, el Padre Rouse, por eso llevamos el nombre de María Inmaculada, porque ellos son oblatos de María Inmaculada y se fue reuniendo con mujeres jóvenes, porque necesitamos subsistir. No somos comunidad con bienes, nosotros vivimos de lo que hemos ganado con nuestro trabajo, en la profesión que tengamos, eso se deja en la casa y se comparte, es la comunidad ideal. Pero uno está feliz, porque no falta, es un sistema comunitario”., concluye.


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