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Tierra para los campesinos: mirada de esperanza 50 años después

Publicado el 2017-07-31

Una mirada "agradecida, crítica y esperanzadora" presentó el Comité Permanente de la Conferencia Episcopal de Chile en una declaración a propósito de los 50 años de la promulgación de la Ley de Reforma Agraria en Chile.


Tierra para los campesinos: mirada de esperanza 50 años después

El texto, dado a conocer este lunes 31 de julio, afirma que el proceso de la reforma agraria "quiso avanzar hacia una más justa retribución y el mejor aprovechamiento de las tierras agrícolas, creando una serie de entidades que, a través de la asistencia técnica y crediticia a los campesinos, buscaban promover una mayor justicia social en el mundo rural", a la luz de la enseñanza social de la Iglesia.

Añade que la reforma de la propiedad de la tierra fue considerada por la Iglesia como una necesidad política y una obligación moral. Un proceso que fue apoyado y acompañado, entre otros, por grandes pastores como Monseñor Manuel Larraín Errázuriz y el Cardenal Raúl Silva Henríquez, y suscitó el compromiso de consagrados y laicos que veían en esas reformas sociales un camino necesario para lograr una mayor justicia social. 

Una mirada agradecida, crítica y esperanzadora

1. Recientemente se han cumplido cincuenta años de la promulgación de la Ley de Reforma Agraria en nuestra Patria. Este proceso quiso avanzar hacia una más justa retribución y el mejor aprovechamiento de las tierras agrícolas, creando una serie de entidades que, a través de la asistencia técnica y crediticia a los campesinos, buscaban promover una mayor justicia social en el mundo rural. El Papa Pablo VI, en su Carta Encíclica Populorum Progressio, había enseñado que en algunos países resultaba «indispensable una redistribución de la tierra, en el marco de políticas eficaces de reforma agraria, con el fin de eliminar el impedimento que supone el latifundio improductivo, condenado por la doctrina social de la Iglesia, para alcanzar un auténtico desarrollo económico» (Compendio Doctrina Social de la Iglesia, nº 300).

2. La gestación del proceso de reforma agraria en nuestra Patria fue contemporánea con la celebración del Concilio Vaticano II, que trajo enormes luces y bendiciones para la vida y la misión de la Iglesia y de los cristianos en un tiempo de profundas transformaciones de la sociedad. Así definieron los padres conciliares la vocación de la Iglesia, atenta a los acontecimientos del mundo y servidora de la humanidad, en especial de los pobres y excluidos: «El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de toda la clase de afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo, y nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (Gaudium et Spes, nº 1).

3. La reforma de la propiedad de la tierra fue considerada por la Iglesia como una necesidad política y una obligación moral. En Chile, este proceso fue apoyado y acompañado, entre otros, por grandes pastores como Monseñor Manuel Larraín Errázuriz y el Cardenal Raúl Silva Henríquez, y suscitó el compromiso de consagrados y laicos que veían en esas reformas sociales un camino necesario para lograr una mayor justicia social. Con profética claridad, expresaba su esperanza el cardenal Raúl Silva Henríquez: «Si hoy muchas familias deben aceptar su dolor, su esfuerzo de años, sin haber tenido nunca la posibilidad de establecerse en ellas como en lo propio, sin poder esperar el futuro con tranquilidad, porque no era su tierra. Hoy, el sacrificio aceptado de muchos antiguos propietarios hace posible el acceso de cientos de familias a la tierra que han trabajado siempre como ajena. Esto debieran comprenderlo mejor que nadie los cristianos» (Discurso en entrega de títulos de dominio a campesinos, 16 de julio de 1970).

4. La profunda trascendencia del acontecimiento que recordamos, nos exige un momento sereno de reflexión y renovación. La mirada de la Iglesia sobre este proceso es al mismo tiempo agradecida, crítica y esperanzadora. Agradecida porque, tras una larga espera marcada por la marginalidad y la inseguridad, muchas familias campesinas accedieron a la propiedad de la tierra y con ella a una vida más digna y libre. Es también crítica porque se avanzó hacia una redistribución más justa de la propiedad, pero no faltaron improvisaciones y aprovechamientos que generaron situaciones de confrontación y de violencia. Sin embargo, el horizonte de nuestra mirada debe ser fundamentalmente esperanzador, porque muchos miles de pequeños y medianos propietarios conservan la tierra que recibieron, viven con dignidad y aportan a la vida, la cultura, el desarrollo social y económico de Chile.


A la luz de la Palabra de Dios y de la enseñanza de la Iglesia

5. La Doctrina Social de la Iglesia ha enseñado siempre que en el centro del querer divino se encuentra el destino universal de los bienes y la inclusión de los pobres y marginados: «Cuando recojas la cosecha no segarás todo tu campo hasta el borde ni volverás a buscar las espigas caídas; se lo dejarás al pobre y al migrante. Yo Soy el Señor su Dios» ( Lv 23,22; ver 19, 9-10; Dt 28,8-13).

6. Como afirmábamos hace diez años en nuestra carta a los hombres y mujeres del campo, «las situaciones nuevas exigen respuestas nuevas que tengan en cuenta la historia del mundo rural, su cultura y sus valores» (Carta Pastoral Discípulos misioneros de Jesucristo para un tiempo nuevo, 2007). A la luz de los signos de los tiempos, de la situación actual de la propiedad de la tierra en el mundo rural y del llamado del Papa Francisco a cuidar la Casa Común, es urgente llevar adelante nuevos programas y políticas que ayuden a las familias y a las nuevas generaciones de jóvenes a «amar su tierra y a quedarse» en el mundo rural y progresar dignamente.

7. Hoy nos parece especialmente importante renovar y fortalecer el acompañamiento pastoral de quienes desarrollan su vida cultivando la tierra. Su protagonismo y fortalecimiento puede ser un seguro contra la excesiva concentración de la propiedad de la tierra, el monocultivo y la tecnocracia que están agrediendo gravemente la biodiversidad. Los pequeños y medianos propietarios tienen también un aporte insustituible en temas tan centrales como la seguridad alimentaria, la solidaridad entre las generaciones, el cuidado de la familia y de la Creación de Dios (cfr. Papa Francisco, Laudato Si´, nº 159).
8. Todos hemos de ser apóstoles «y apóstoles fervientes del bienestar espiritual, intelectual, moral y material de los campesinos; todos hemos de sentir en nuestras entrañas la angustiosa necesidad de laborar sin descanso a favor de esa clase agrícola, la más extensa de la humanidad, la más sana todavía y la más abnegada, sobre la cual se ciernen peligros de consecuencias incalculables para toda la colectividad humana» (Mons. Manuel Larraín, Congreso latinoamericano de vida rural, 1953).

9. La Virgen del Carmen, que tiene un lugar entrañable en el alma de los hombres y mujeres del mundo rural, nos ayude a seguir sembrando la fecunda semilla del Evangelio de Jesucristo para cosechar esperanzas ciertas.


EL COMITÉ PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE CHILE


  + Santiago Silva Retamales      + Cristián Contreras Villarroel
             Obispo Castrense                                                                    Obispo de Melipilla
                   Presidente Vicepresidente


+ Ricardo Card. Ezzati Andrello             + Juan Ignacio González Errázuriz
          Arzobispo de Santiago                                                            Obispo de San Bernardo



+ Fernando Ramos Pérez
Obispo Auxiliar de Santiago
Secretario General



Santiago, 31 de julio de 2017.

Arzobispado de la Ssma. Concepción
Caupolican #491 Concepción
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