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Iglesia celebra Semana del Enfermo

Publicado el 2017-08-08

Entre el 8 y 15 de septiembre, la Iglesia celebra la Semana de la Familia, bajo el lema “El Poderoso ha hecho obras grandes por mí…” (Lc 1,49) y en la arquidiócesis se desarrollarán acciones de oración y servicio.


Iglesia celebra Semana del Enfermo

Para planificar las actividades, se reunieron los representantes de los siete decanatos, en tanto, se recordó el Mensaje emitido por la Comisión Nacional de la Pastoral de la Salud, que dirige el padre Pietro Magliozzi mi.

Dicho mensaje señala que la “obra grande” y gran novedad de este año 2017 es la trasformación del Pontificio Consejo de los agentes de la salud, junto con otros Pontificios Consejos, en un nuevo Dicasterio llamada de Desarrollo Humano Integral. 

El Papa nos invita a ampliar nuestro horizonte de la “salud” a la “persona” en toda su dignidad y todo su desarrollo humano integral, es decir, natural y sobrenatural. Como Pastoral de la Salud, nosotros llamamos a este desarrollo: sanación integral de la persona, liberación del mal y de sus consecuencias. 

En el mensaje de la XXV Jornada del Enfermo, el Papa Francisco pide a Santísima Virgen, la Inmaculada Concepción, “la gracia de saber siempre ver al enfermo como a una persona que, ciertamente, necesita ayuda, pero que también lleva consigo un don que compartir con los demás”. Pasar del objeto al sujeto, es decir, del problema de salud a la persona que está enferma, permite ver muchas más dimensiones de la realidad para transformar el mal en bien, y esto es un “don”, esta es la esencia de la gran reforma que el Papa está inspirando en la Iglesia, mirar al sujeto, al ser humano sin filtros ideológicos ni prejuicios. 

En esta V Semana del Enfermo, como Comisión Nacional y junto al Papa, agradecemos a los que trabajan en salud por su “competencia, responsabilidad y dedicación” e invitamos a los enfermos y a sus familiares a ver en María, salud de los enfermos, la ternura del amor de Dios, el abandono a la voluntad y la fuerza para seguir amando, incluso en el flagelo de la enfermedad. 

Última novedad de esta XXV Jornada, y para nosotros en Chile “V Semana del enfermo”, es la naturaleza cultural de la acción; que celebrar esta jornada no sea solo para recordar la importancia de los enfermos para la construcción del Reino de Dios, sino también actuar sobre la Evangelización de la cultura de hoy, transformándola en una cultura respetuosa de la vida, la salud y el medio ambiente, dice siempre el Papa, respetuosa de las personas ricas y pobres, protectora de los más débiles, de sus derechos y su dignidad, sobre todo cuando son frágiles, heridos, humillados, marginados, sufrientes, derechos y su dignidad, sobre todo cuando son frágiles, heridos, humillados, marginados, sufrientes. 

La Pastoral de la Salud es la evangelización que sana y ofrece esperanza cuando el mundo con su cultura de muerte y de mal quiere quitarla. Alimentamos esta pastoral y Dios nos amará: “Dios ama al que da con alegría” (2Cor 9,7).

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Texto del Mensaje del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas:
El próximo 11 de febrero se celebrará en toda la Iglesia y, especialmente, en Lourdes, la XXV Jornada Mundial del Enfermo, con el tema: El asombro ante las obras que Dios realiza: «El Poderoso ha hecho obras grandes por mí…» (Lc 1,49). Esta Jornada, instituida por mi predecesor san Juan Pablo II, en 1992, y celebrada por primera vez precisamente en Lourdes el 11 de febrero de 1993, constituye una ocasión para prestar especial atención a la situación de los enfermos y de todos los que sufren en general; y, al mismo tiempo, es una llamada dirigida a los que se entregan en su favor, comenzando por sus familiares, los agentes sanitarios y voluntarios, para que den gracias por la vocación que el Señor les ha dado de acompañar a los hermanos enfermos.

 Además, esta celebración renueva en la Iglesia la fuerza espiritual para realizar de la mejor manera posible esa parte esencial de su misión que incluye el servicio a los últimos, a los enfermos, a los que sufren, a los excluidos y marginados (cf. Juan Pablo II, Motu proprio Dolentium hominum, 11 febrero 1985, 1). Los encuentros de oración, las liturgias eucarísticas y la unción de los enfermos, la convivencia con los enfermos y las reflexiones sobre temas de bioética y teológico-pastorales que se celebrarán en aquellos días en Lourdes, darán una aportación nueva e importante a ese servicio.

Situándome ya desde ahora espiritualmente junto a la Gruta de Massabielle, ante la imagen de la Virgen Inmaculada, en la que el Poderoso ha hecho obras grandes para la redención de la humanidad, deseo expresar mi cercanía a todos vosotros, hermanos y hermanas, que vivís la experiencia del sufrimiento, y a vuestras familias; así como mi agradecimiento a todos los que, según sus distintas ocupaciones y en todos los centros de salud repartidos por todo el mundo, trabajan con competencia, responsabilidad y dedicación para vuestro alivio, vuestra salud y vuestro bienestar diario. Me gustaría animar a todos los enfermos, a las personas que sufren, a los médicos, enfermeras, familiares y a los voluntarios a que vean en María, Salud de los enfermos, a aquella que es para todos los seres humanos garante de la ternura del amor de Dios
y modelo de abandono a su voluntad; y a que siempre encuentren en la fe,  alimentada por la Palabra y los Sacramentos, la fuerza para amar a Dios y a los hermanos en la experiencia también de la enfermedad.

Como santa Bernadette estamos bajo la mirada de María. La humilde muchacha de Lourdes cuenta que la Virgen, a la que llamaba «la hermosa Señora», la miraba como se mira a una persona. Estas sencillas palabras describen la plenitud de una relación. Bernadette, pobre, analfabeta y enferma, se siente mirada por María como persona. La hermosa Señora le habla con gran respeto, sin lástima. Esto nos recuerda que cada paciente es y será siempre un ser humano,
y debe ser tratado en consecuencia. Los enfermos, como las personas que tienen una discapacidad incluso muy grave, tienen una dignidad inalienable y una misión en la vida y nunca se convierten en simples objetos, aunque a veces puedan parecer meramente pasivos, pero en realidad nunca es así.

Bernadette, después de haber estado en la Gruta y gracias a la oración, transforma su fragilidad en apoyo para los demás, gracias al amor se hace capaz de enriquecer a su prójimo y, sobre todo, de ofrecer su vida por la salvación de la humanidad. El hecho de que la hermosa Señora le pida que rece por los pecadores, nos recuerda que los enfermos, los que sufren, no sólo llevan
consigo el deseo de curarse, sino también el de vivir la propia vida de modo cristiano, llegando a darla como verdaderos discípulos misioneros de Cristo. A Bernadette, María le dio la vocación de servir a los enfermos y la llamó para que se hiciera Hermana de la Caridad, una misión que ella cumplió de una manera tan alta que se convirtió en un modelo para todos los agentes sanitarios.

Pidamos pues a la Inmaculada Concepción la gracia de saber siempre ver al enfermo como a una persona que, ciertamente, necesita ayuda, a veces incluso para las cosas más básicas, pero que también lleva consigo un don que compartir con los demás.

La mirada de María, Consoladora de los afligidos, ilumina el rostro de la Iglesia en su compromiso diario en favor de los necesitados y los que sufren. Los frutos maravillosos de esta solicitud de la Iglesia hacia el mundo del sufrimiento y la enfermedad son motivo de agradecimiento al Señor Jesús, que se hizo solidario con nosotros, en obediencia a la voluntad del Padre y hasta la muerte en la cruz, para que la humanidad fuera redimida. La solidaridad de Cristo, Hijo de Dios nacido de María, es la expresión de la omnipotencia misericordiosa de Dios que se manifiesta en nuestras vidas ―especialmente cuando es frágil, herida, humillada, marginada, sufriente―, infundiendo en ella la fuerza de la esperanza que nos ayuda a levantarnos y nos sostiene.

Tanta riqueza de humanidad y de fe no debe perderse, sino que nos ha de ayudar a hacer frente a nuestras debilidades humanas y, al mismo tiempo, a los retos actuales en el ámbito sanitario y tecnológico. En la Jornada Mundial del Enfermo podemos encontrar una nueva motivación para colaborar en la difusión de una cultura respetuosa de la vida, la salud y el medio ambiente; un nuevo impulso para luchar en favor del respeto de la integridad y dignidad de las personas, incluso a través de un enfoque correcto de las cuestiones de bioética, la protección de los más débiles y el cuidado del medio ambiente.

Con motivo de la XXV Jornada Mundial del Enfermo, renuevo, con mi oración y mi aliento, mi cercanía a los médicos, a los enfermeros, a los voluntarios y a todos los consagrados y consagradas que se dedican a servir a los enfermos y necesitados; a las instituciones eclesiales y civiles que trabajan en este ámbito; y a las familias que cuidan con amor a sus familiares enfermos. Deseo que todos sean siempre signos gozosos de la presencia y el amor de Dios, imitando el testimonio resplandeciente de tantos amigos y amigas de Dios, entre los que menciono a san Juan de Dios y a san Camilo de Lelis, patronos de los hospitales y de los agentes
sanitarios, y a la santa Madre Teresa de Calcuta, misionera de la ternura de Dios.

Hermanos y hermanas, enfermos, agentes sanitarios y voluntarios, elevemos juntos nuestra oración a María, para que su materna intercesión sostenga y acompañe nuestra fe y nos obtenga de Cristo su Hijo la esperanza en el camino de la curación y de la salud, el sentido de la fraternidad y de la responsabilidad, el compromiso con el desarrollo humano integral y la alegría de la gratitud cada vez que nos sorprenda con su fidelidad y su misericordia.

María, Madre nuestra, que en Cristo nos acoges como hijos, fortalece en nuestros corazones la espera confiada, auxílianos en nuestras enfermedades y sufrimientos, guíanos hasta Cristo, hijo tuyo y hermano nuestro, y ayúdanos a encomendarnos al Padre que realiza obras grandes.

Os aseguro mi constante recuerdo en la oración y os imparto de corazón la Bendición Apostólica.
Francisco
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ORACIÓN
 “El poderoso ha hecho obras grandes por mi” (Lc 1,49)

Padre misericordioso y providente,
¡Te adoro, te amo, te alabo por tu omnipotencia de Amor!
¡Te agradezco por el proyecto de salvación que me has entregado en toda mi vida!
Pongo la impotencia de mis problemas en tus manos providentes
Me entrego con esperanza a tu gloriosa Pasión y Resurrección
Libérame del mal y la enfermedad que me atormenta
Dame la Bienaventuranza en aquellas cruces que cargo con dolor, en los malestares y las enfermedades, las limitaciones y la aridez del corazón.
Tómame Padre con todo lo que soy, lo que tengo, lo que hago, lo que pienso, lo que siento y lo que vivo.

Infúndeme tu Espíritu para que haga obras grandes por Ti.

Todo por Cristo, con Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo, con los ojos de María
Santísima
Amén.

Arzobispado de la Ssma. Concepción
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