El desafío: ser veraces

A propósito de la memoria de San Gregorio Magno, Papa entre los años 590 al 604 y que es celebrada cada 3 de septiembre, me resulta ineludible la pregunta acerca de si estamos a la altura de la misión que hoy tenemos en la Iglesia. Y no solo hacia dentro  de la comunidad cristiana, sino también hacia la sociedad, hacia el país. En efecto, San Gregorio, en su famosa homilía sobre el libro del profeta Ezequiel, escribió: “Todo aquel que es puesto como torre de vigilancia del pueblo de Dios debe, por su conducta, estar siempre en alto, a fin de preverlo todo y ayudar así a los que tiene bajo su custodia. Estas palabras que les dirijo resultan muy duras para mí, ya que con ellas me ataco a mí mismo, puesto que ni mis palabras ni mi conducta están a la altura de mi misión. […] ¿Qué soy yo, por tanto, o qué clase de torre de vigilancia soy, que no estoy situado, por mis obras, en lo alto de la montaña, sino que estoy postrado aún en la llanura de mi debilidad? Pero el Creador y Redentor del género humano es bastante poderoso para darme a mí, indigno, la necesaria altura de vida y eficacia de palabra, ya que por su amor, cuando hablo de él, ni a mí mismo me perdono” (la cita completa está extraída del Oficio de Lecturas de la memoria de San Gregorio Magno).

Como leemos en estas palabras para realizar la misión que Dios le ha encomendado, San Gregorio no elude su propia situación de debilidad. En estos tiempos, mencionar las propias debilidades y pecados sería la introducción habitual de cualquier persona que está preparando sus excusas para no asumir su responsabilidad; lo contrario, que también vemos a diario, es no reconocer ninguna debilidad, menos un pecado, como respaldo de nuestra conducta pública. Quizá alguien pueda pensar que en tiempos del santo, no había situaciones de crisis como las que hoy nos toca vivir. Pero la verdad es otra; con un imperio romano ya destruido militar, económica y políticamente hablando, la situación de su tiempo tuvo muchos estallidos en la sociedad y en la misma Iglesia. Tomando en cuenta las palabras San Gregorio y el contexto de su vida, debemos asumir nuestra parte en la tarea redentora de Cristo, sin desconocer nuestros errores ni buscar excusas para eludir la misión de evangelizar.

En el mismo pasaje citado, Gregorio Magno dice que esta incongruencia entre la misión que recibimos de Dios y nuestra indignidad tiene una sola forma de enfrentarse: siendo veraz (“cuando hablo de él, ni a mí mismo me perdono”). ¿Estamos dispuestos a hablar de Cristo, del Evangelio, aunque queden en evidencia nuestros propios pecados? Todos tenemos tejado de vidrio (aunque para ser honestos, algunos tenemos un vidrio más delgado que otros) para hablar de paz, justicia, respeto y honestidad en medio de un país en que hemos aceptado consciente e inconscientemente algunas o muchas violencias, injusticias, prepotencias y turbiedades. Probablemente también en la Iglesia tenemos el mismo problema y toleramos algunos de estos males, dependiendo de quién los cometa. Algunos resuelven este asunto disparando desde la trinchera para acusar a otros de los males que tuertamente observan, pero esto no es compatible con las enseñanzas del Señor Jesús: “¿Cómo es que te fijas en la pelusa del ojo de hermano y no ves la viga que hay en el tuyo?” (Mt 7, 3). Por lo mismo, San Gregorio presenta el verdadero camino: no acusar a los demás, sino presentar el Evangelio tal cual, aunque eso implique acusarse a uno mismo. Esta veracidad es la que nos hace falta.

 

P. Mauricio Aguayo Quezada
Párroco Nuestra Señora de la Candelaria
Vicario Pastoral
Iglesia de Concepción

Publicado el: 3 septiembre, 2020