Con inmensa alegría se vivió la ordenación diaconal de los hermanos Cristián Camposano Cormatches, Pedro Fernández Gallegos, Nicolás Gatica Olivares, Juan Carlos Rothkegel Sanhueza y Felipe Sanhueza Herrera, en el templo catedral de Concepción.
Presidió la Eucaristía el Arzobispo de Concepción, Monseñor Sergio Pérez de Arce SSCC, quien destacó lo que Jesús nos dice en el Evangelio, “el que quiere ser grande, que se haga servidor de los demás, porque el Hijo del Hombre no vino a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por todos”. Y explicó que “servir tiene que ver con diácono, y diácono tiene que ver con servir, una palabra que usa el Nuevo Testamento para el servicio. Y el primer y gran servidor es nuestro Señor Jesucristo que dio su vida en rescate por todos”.
Asimismo, insistió que “toda la Iglesia está llamada a vivir la diaconía y gracias a Dios, a pesar de muchas limitaciones y de nuestros pecados, son muchas las comunidades y los fieles cristianos que se esfuerzan por hacer del servicio un rasgo esencial de su misión: asistiendo a los más pobres, visitando a los enfermos, apoyando familias necesitadas, consolando en las cárceles, acogiendo migrantes y promoviendo de muchas maneras la edificación de una sociedad más justa y fraterna”.
En su homilía, el Arzobispo de Concepción definió muy bien quién es el Diácono Permanente: “no es un sacerdote en miniatura o un sacerdote a medio camino. Tampoco es un laico con más poder o con más responsabilidades. Es un ministro con una vocación y una identidad propia en la vida de la Iglesia. Su misión no se agota en cubrir la falta de sacerdotes, sino que es un consagrado que busca configurarse con Cristo servidor para servir al pueblo de Dios”.
Luego, el celebrante pidió a los recién ordenados vivir tres actitudes en su ministerio: “primero, que se mantengan muy unidos a sus familias, especialmente a sus esposas, dando testimonio del amor del Señor, que no se olviden de su doble sacramentalidad, matrimonio y ahora diaconado. La Iglesia doméstica, la familia, siempre es el primer lugar de la Iglesia que tenemos que vivir y edificar. Segundo, que no pierdan su inserción en el mundo, en su trabajo, en el barrio, en las diversas realidades donde desarrollan su vida, que no agoten su ministerio en la liturgia por muy importante que sea pues el Señor los tomó del mundo para enviarlos al mundo. Y, en tercer lugar, que vivan y nos ayuden a vivir una Iglesia misionera y sinodal, como lo proponen nuestras prioridades pastorales”.
Ante este gran paso en su vida, preguntamos a los hermanos ordenados lo que significa para ellos este acontecimiento. Felipe Sanhueza Herrera, de la Parroquia San Juan de Mata y Colegio Salesiano de Concepción, señaló “es un camino muy esperado, una gran bendición. Uno siente que es algo inmerecido, pero con mucha confianza en servir. Al final, en mi caso quiero ser otro Cristo, pero un Cristo servidor con la medida de la santidad que nos propone Dios. Como dice el Papa Benedicto XIV, Dios sabe hacer muchas cosas con instrumentos insuficientes como uno. Espero ser motivo de alegría y bendición para todos”.
Por su parte, Nicolás Gatica Olivares, de la Parroquia El Buen Pastor de San Pedro de la Paz, dijo “es tan difícil describirlo con palabras porque la verdad que es un regalo de Dios infinito. Yo he estado pensando mucho en estos días y es totalmente inmerecido, yo lo siento así, es puro amor y un regalo de Dios”.
Pedro Fernández Gallegos, de la Parroquia Cristo Rey de Bellavista, Tomé, destacó a todos los que apoyan en este camino. “Es una alegría que uno a veces no dimensiona. Cuando llega el momento se da cuenta de todas las personas que están a su alrededor que dan su afecto, los sacerdotes, la comunidad, mucha gente que a uno le tiene cariño y que oraron porque uno está en un proceso importante dentro de la Iglesia. Es maravilloso”.
Para Juan Carlos Rothkegel, de la Parroquia San Agustín de Concepción, “ser ordenado diácono es una alegría enorme, un agradecimiento a Dios por todo lo que me ha dado en esta vida. Una forma de retribuirle y de poder servir a Dios y seguir su camino es siendo diácono, ayudando al prójimo, a la comunidad, a los más desvalidos y a todo el que necesite la compañía de Dios”.
Finalmente, Cristian Camposano Cormatches, de la Parroquia Nuestra Señora de la Candelaria de San Pedro de la Paz, afirmó “es una misión, una tarea, que he ido aprendiendo en este caminar. Por un lado, me siento indigno, Dios escoge a los más pecadores de repente y otra cosa que podría decir es que siento el cariño de la gente, la necesidad que tienen de que alguien los escuche, los acompañe y les cuente que el Señor nos ama. Eso es lo más importante, lo que he recibido en este tiempo y la misión que quiero hacer”.
En la celebración se agradeció a Dios por el llamado hecho a estos hermanos diáconos y por su respuesta generosa. También a sus comunidades parroquiales, eclesiales y educativas en las que han vivido y están viviendo su fe y muy especialmente a sus familias, cuyo lazo siempre es fundamental en el camino de la vida y porque son precisamente las familias quienes comparten y entregan a estos hermanos para el servicio ministerial de la Iglesia.