Con un ambiente festivo, de cuecas, comidas típicas y fraternidad, este miércoles 10 de septiembre concluyó una nueva edición del Espacio Misericordia, iniciativa que durante los meses de invierno abrió sus puertas en el Comedor San José de calle Lincoyán, entregando diariamente alimento, compañía y cariño a personas en situación de calle.
La jornada final se vivió con un marcado sello dieciochero, con decoración, sopaipillas, mote con huesillos y presentaciones de las agrupaciones Tobas Alma Andina y Ecos de Nuestra Tierra, que animaron con música y danzas folclóricas a los asistentes.
El Vicario de Pastoral Social, Mons. Oscar García, entregó la bendición y un mensaje de gratitud: “Desde el 2 de junio hemos caminado junto a tantos hermanos en situación de calle y personas muy pobres, ofreciendo un plato de comida, un café, un té, gracias a la generosidad de tantos voluntarios. Hoy cerramos con cierto dolor, pero también con agradecimiento por todos los gestos de providencia que se han manifestado. Ojalá siempre tengamos el corazón y la mano extendida para colaborar con ellos, que son los rostros vivos de Jesucristo”.
Entre quienes colaboraron en esta edición, estuvo Sofía Belmar, de la comunidad de jóvenes Emanuel: “Me voy con el corazón llenito de alegría de compartir con ellos, de las historias que cada uno nos comparte. La invitación es a los jóvenes y a todas las comunidades a sumarse a esto tan bonito, que ellos lo necesitan y agradecen muchísimo”.
También participaron Susan Wells y Leonardo Sanhueza, del Movimiento de Schoenstatt y de la Parroquia Ascensión del Señor, quienes compartieron su experiencia como matrimonio: “Ha sido muy hermoso poder estar con el Cristo que sufre. Como familia sentimos que cada uno sale más regalado que lo que entrega. El corazón se llena de alegría, de gozo, porque uno se siente instrumento de Dios. Invitamos a todos a vivir esta experiencia, porque llena el corazón con la felicidad verdadera que solo Dios puede regalarnos”.
El Espacio Misericordia funciona cada año, durante los meses más fríos, gracias a la colaboración de voluntarios y comunidades de la Arquidiócesis, permitiendo ofrecer alimentos y un espacio de acogida a decenas de personas que viven en vulnerabilidad. Aunque su ciclo se cierra, la invitación sigue abierta a mantener un corazón solidario y a tender la mano a quienes más lo necesitan