Reflexión: ‘Un poco mejor’

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Publicado el: 3 junio, 2021

En mayo de 2020 el controversial escritor francés Michel Houellebecq, escribió una carta que tituló Un poco peor, en la que asegura que, de esta pandemia, no solo no saldremos mejor –como nos animábamos al comienzo de todo esto–, sino que, saldremos un “poco peor”. En efecto, su crítica apunta a que lo que hemos experimentado en esta pandemia, como: el teletrabajo; la vida sin contacto físico –incluso en las relaciones afectivas–; la ausencia de las personas desde los 65 años en adelante, de la esfera social; la muerte en soledad; etc., ya era un problema acuciante desde antes de la pandemia. Por lo mismo, este último acontecimiento solo ha empeorado una situación que, a todas luces, apunta a un drama social y humano del que aún no somos lo suficientemente conscientes. 

Si bien, es una crítica un tanto desesperanzadora, debemos tomarla en serio. Y más que ver a un agorero de malas noticias, quizá nuestra tarea ha de ser: estar alertas a estos llamados de atención. No es menor el número de pensadores en la actualidad que ha denunciado la importancia de volver a preguntarnos por el sentido de lo humano, en un mundo que parece desplazar al ser humano, –consciente e inconscientemente– de su lugar en el mundo.

¿Cómo entonces hacer frente a una situación que una pandemia parece agravar, no sólo en términos socio-económicos, sino, sobre todo, en una de las dimensiones esenciales del ser humano, a saber, su dimensión espiritual?

El mismo Houellebecq, escribe en su último libro Serotonina, sobre la incapacidad del ser humano para leer los registros culturales y códigos humanos-divinos que el mismo creador ha desplegado en la realidad, para percibir los signos que nos conducen a una vida más plena. Y al mismo tiempo, se pregunta, si es necesario que un Cristo tenga que pasar por tanto dolor, para enseñarles a los seres humanos, lo que, por sentido común, debiésemos poder comprender y captar de la misma realidad. 

En efecto, Jesús le pregunta en reiteradas ocasiones a sus discípulos, cómo es que no ven teniendo ojos, o cómo es que no escuchan teniendo oídos (Cf. Mac 8, 18). ¿Qué les faltaba a los discípulos para comprender las palabras y los signos de Jesús? Les faltaba atención, la apertura completa al otro que acontece, de tal manera que lo que se ve y se escucha es al otro, más allá de todas las ideas preconcebidas que obnubilan la razón e impiden atender la densidad significativa del otro y sus acciones. Lo que les faltó a los discípulos de Jesús, es lo mismo que en nuestro tiempo nos ha dejado una ausencia primordial: la ausencia del otro manifestado en la falta de atención plena, al otro que hemos abandonado.

En concordancia, pensadores de otra ladera, como Houellebecq, han visto que una de las ausencias más dolorosas de estos tiempos es la ausencia de lo humano. Ausencia que se expresa en la falta de compromiso con el otro, el exceso de individualismo que nos afecta a todos por igual, la negación ante muerte y el dolor. En concreto, de lo que nos hace verdaderamente humanos, es decir, la capacidad de poder encontrarnos en y con los otros. Criterio primordial, para configurarnos verdaderamente como sociedad y, sobre todo, para dejarle espacio al Dios de la vida que acontezca (Cf.1 Jn 4, 20). 

En este sentido, el Papa Francisco en Fratelli Tutti, nos habla de la importancia de la apertura, de la entrega generosa porque “nadie madura ni alcanza su plenitud aislándose, pues por su propia dinámica, el amor reclama una creciente apertura, mayor capacidad de acoger a otros” (FT 95). Humanarnos es una tarea en permanente desarrollo, por eso Francisco apunta a la práctica de hábitos solidarios, así como la capacidad de pensar la vida humana más integralmente, con hondura y profundidad espiritual a la que apunta el pensamiento cristiano. Hondura espiritual que exige de la capacidad del espíritu humano de abrirse en profundidad al misterio trascendente, en la dinámica del eterno que nos acompaña, pero a la que debemos prestar oídos y ojos atentos, es decir, disponernos con total apertura para dejarnos acompañar por toda la otredad posible. 

El cristianismo por siglos ha impulsado la oración como el nexo insoslayable que nos permite entrar en esa hondura espiritual, de disponer-nos para encontrar-nos. Así, la oración, como piensa San Juan de la Cruz, puede ser el instante en el que Padre se muestra, saliendo al encuentro de quienes lo desean. San Pablo también nos dijo que: “nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8, 26). Es decir, en la oración nos dejamos conducir por el espíritu que nos anima en ese instante de profunda hondura espiritual, desde la que dejamos acontecer todo el otro. Esta ha sido la herramienta vital, por la que los cristianos históricamente se han hechos hijos y hermanos.  

Entonces, que las ausencias de nuestro tiempo se hagan presencia en nosotros, dejándonos sorprender por la realidad en la que el mismo Dios nos llama y nos atrae, para que esta pandemia, no solo la superemos, sino que, salgamos un “poco mejor”. 

Soledad Aravena
Académica Departamento de Teología
Facultad de Estudios Teológicos y Filosofía 

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