En esta semana que termina, se ha desarrollado en Nueva York una nueva Asamblea General de la ONU. Muchas palabras, numerosos discursos, que no hay que despreciar en sí mismos, pues las naciones – así como las personas – también necesitan encontrarse, dialogar, compartir sus realidades y buscar puntos de mutua colaboración. Sin embargo, siempre hay que ser crítico de la palabra mentirosa, de las verdades a medias, de los discursos agresivos que buscan invalidar a los demás. Es un escándalo cuando líderes que han promovido o sostenido crueles guerras, se presentan ante el mundo como artífices de la paz.
Hoy en día se usa mucho en política el discurso corto que busca “crear” realidades, vender una idea, levantar un relato, sin que lo que se transmite sea siempre verificable. Se le llama “comunicación simple” y repite eslóganes como: “Make America great again” (Hacer a América grande otra vez), “todo va a estar bien”, “Chile es hoy un país más competitivo”, etc. Cuando estas frases no se apoyan en experiencias y datos reales, al menos verificables para la mayoría, el problema es evidente: el discurso se agota y la credibilidad se resiente, porque la palabra no basta si detrás no hay hechos. Por eso es sano someter a un juicio crítico los discursos políticos, no para renegar de la política en sí misma, sino para evaluar sobre qué fundamento se sostiene.
Jesús nos habla de los límites de la palabra en el evangelio de este domingo, en la Parábola de los dos Hijos (Mt 21, 28-32). Un padre envía a sus dos hijos a trabajar a su viña. El primero responde: “No quiero”, pero después se arrepiente y va a trabajar. El segundo responde: “Voy, señor”, pero luego no va. Y Jesús pregunta: “¿Quién de los dos hizo la voluntad de su padre?”.
Es evidente que en nuestra vida y en nuestras relaciones importan más los hechos que las palabras. No podemos renunciar a las palabras, las necesitamos para comunicar y comunicarnos, pero fácilmente se agotan, quedan desmentidas por la realidad, se desploman o se descubren como engañosas. Los hechos, en cambio, quedan, no mienten y dicen más que muchas palabras. Esto vale para la política, el trabajo, la familia y todo ámbito donde tenemos responsabilidades con los demás, y de modo especial vale en la vivencia religiosa, en nuestra respuesta a Dios: “No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mt 7, 21).
En el texto que comentamos, Jesús expresa todavía otra cosa más sorprendente a los sumos sacerdotes y los jefes del pueblo: “los publicanos y prostitutas entrarán antes que ustedes en el reino de Dios”. Es decir, aquellos que son tenidos por pecadores públicos, por indeseables, maleantes y despreciables, parecen estar más cerca de la voluntad de Dios que aquellos que se tienen por justos y religiosos.
Quizás en el mundo hay más sabiduría, generosidad, justicia y verdad en aquellos que menos esperamos, y quizás la actitud fundamental en cada uno de nosotros sea reconocer lo mucho que nos falta para ser coherentes. “Danos, Señor, el don de la coherencia; que hablen nuestros hechos, más que nuestras palabras”.
Sergio Pérez de Arce A.
Arzobispo de Concepción