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Viernes Santo y los crucificados de hoy


Se ha hablado harto últimamente del Viernes Santo: si los mall van a abrir, si será día irrenunciable, si hay o no un derecho adquirido de no trabajar, si el feriado afecta o no al crecimiento económico, etc. Desde otra perspectiva, se ha destacado el lugar de la espiritualidad en las personas y la importancia de respetar ciertas tradiciones o convicciones religiosas que son parte de nuestra cultura. Es una discusión importante, porque ayuda a examinar los valores esenciales sobre los que edificamos nuestra sociedad. Sin embargo, me ha llamado la atención la casi nula presencia en estos debates, incluso los planteados desde dentro de la Iglesia, de la fuerte relación del viernes santo con los dolores e injusticias de los hombres y mujeres de hoy, porque si hay una cosa que este día nos recuerda, es que Cristo sigue sufriendo hoy en nuestros hermanos, y su entrega de amor nos debe impulsar a comprometernos en la lucha por un mundo mejor.

Justo esta semana han sido abundantes en nuestro país las noticias sobre el involucramiento de adolescentes en hechos delictivos, unos como víctimas y otros como victimarios. Un joven baleado en la cabeza, en La Calera; otro asesinado en Nacimiento; la madrugada de ayer uno muerto en el Parque Ecuador de Concepción; varios casos donde los delincuentes son adolescentes. La violencia, la droga y la delincuencia son un cáncer que va minando tantas vidas y envuelve la historia de muchos jóvenes desde su niñez. También esta semana se dio a conocer la cifra de homicidios en Chile durante el 2024, con una leve baja en las cifras globales, pero con un preocupante aumento de menores de edad entre las víctimas. Es triste darnos cuenta de que en nuestra patria hay una niñez y una juventud crucificada, que vive y crece en contextos de marginación, pobreza y desorientación. Debiera ser una urgencia nacional elcómo luchar contra esta realidad, cómo levantar a esos niños y jóvenes de los escenarios de muerte.

Hay otros muchos rostros sufrientes entre nosotros, en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, que nos cuestiona e interpela: ancianos solos, sin apoyo, a menudo descartados; familias sin vivienda digna, en campamentos y hacinamientos urbanos; migrantes rechazados y sometidos a crecientes prejuicios sociales, etc. No olvidamos a los millones de familias que en el mundo viven hoy la guerra y la violencia, obligadas a desplazarse, a vivir entre bombas y miserias. Nuestro país y nuestro continente siguen arrastrando numerosas situaciones de pobreza e injusticia, con una abismante brecha entre ricos y pobres, realidades que son un gran escándalo y contradicción con el ser cristiano y con la dignidad que se debe a todo ser humano.

Por eso, más allá si los mall están abiertos o cerrados en Viernes Santo, si se respetan o no ciertas tradiciones culturales o religiosas, lo que nos debe preocupar desde una mirada evangélica, es el sufrimiento de tantos hermanos y si la fe nos impulsa o no a ser sembradores de vida y de fraternidad en medio de nuestro mundo. Si no es así, puede llegar a nosotros el reproche de Jesús a los fariseos y escribas: “Hipócritas… Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me dan culto, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos, y dejan de lado el mandamiento de Dios” (Mc 7, 6-8).

Sergio Pérez de Arce A.

Arzobispo de Concepción

Publicado el: 5 Abril, 2025
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