Debido al cierre de la comunidad de la congregación de las Hijas de San Pablo en la Arquidiócesis de Concepción, la hermana María Teresa Gajardo deja la zona para iniciar una nueva misión en Santiago.
“La Iglesia de Concepción está en mi corazón. Para mí esta situación es muy fuerte, porque yo entré en esta casa, di mis primeros pasos en esta comunidad. Entonces es muy difícil el cierre de la comunidad y sobre todo por falta de vocaciones. Pero en mi corazón hay un infinito agradecimiento, porque si no hubiesen estado las Hijas de San Pablo, no sé cuál sería, en este minuto, mi camino”, afirmó.
La hermana María Teresa creció en una familia católica de Coronel y su vocación nació a temprana edad, cuando hizo su Primera Comunión, pues fue ahí que “me planteé eso de sentir y querer estar con Jesús. Era pequeña todavía, pero eso quedó en mí y se fue alimentando con la pertenencia a la comunidad eclesial”.
Algo que la marcó, en ese tiempo, fue el testimonio de vida de unos sacerdotes franceses que trabajaban en la mina. Eran “sacerdotes obreros” que vivían cerca de su casa en Lo Rojas y eran muy cercanos a su familia. “Esas cosas te van marcando un caminar, te van llevando. Independientemente de que cuando era adolescente tuve una fuerte crisis de fe, que me alejó bastante. Pero después retomé el camino, porque el Señor me tomó nuevamente de la mano”, relató.
Tiempo después llegó a Coronel un joven diácono, que luego fue ordenado sacerdote: el padre Pedro Romero, “a quien siempre tendré una gratitud y cariño sin límites”. Fue en su primera Misa que “experimenté profundamente lo que Dios quería de mí. Y desde ese minuto empecé a pedirle apoyo para que me ayudara a discernir mi vocación”.
Un día llegaron las Hijas de San Pablo a Coronel para proyectar una película sobre la Virgen de Fátima y la parroquia se llenó de muchísima más personas de lo habitual. “Ahí descubrí que mi vocación era anunciar a Jesucristo, llegando a mucha gente. Y sentí que esa congregación era mi lugar. Conversé con el padre Pedro y me orientó y encaminó hacia las Hijas de San Pablo. Fui desarrollando una cercanía con las hermanas y tuve la certeza de que el Señor me quería ahí. Luego, fui a la casa de formación en Santiago y me sentí la mujer más feliz del mundo. Ese era mi camino”, aseveró.
Actualmente, la hermana María Teresa Gajardo tiene 43 años de vida consagrada, durante los cuales ha estado en Concepción, Santiago, Valparaíso, Antofagasta y Roma, entre otros lugares.
En ese tiempo, “he tenido grandes tareas que llevar adelante, en las que he visto mi pequeñez, mi vulnerabilidad y mi fragilidad. Pero nunca me ha faltado el Señor y esa alegría que siento que marca mi vida, que caracteriza mi vida paulina de sentirme profundamente amada por el Señor”, enfatizó.
Asimismo, destacó que además de los diversos servicios que las religiosas paulinas prestan a la Iglesia, tienen una profunda vida de oración, meditan y estudian la Palabra de Dios, participan en la Eucaristía y realizan al menos una hora diaria de adoración al Santísimo Sacramento. “Tenemos mucho trabajo, pero no podemos descuidar en ningún momento la vida de oración, eso es un don, una gracia”, recalcó.
La hermana María Teresa ha realizado diversas misiones de apostolado, muchas de ellas relacionadas con las comunicaciones, con los jóvenes y con la Pastoral Vocacional.
Una de las cosas que la hermana María Teresa valora de Concepción es que “siempre ha sido una arquidiócesis con mucho movimiento pastoral, con mucha cercanía entre sus sacerdotes. Eso es algo que yo conservaré en mi corazón: la cercanía, la amistad, los lindos vínculos relacionales con la arquidiócesis, con sus sacerdotes y religiosos. Hemos creado un ambiente muy lindo, dentro de lo que yo percibo como vida consagrada, y eso no se olvida. Eso se lleva en el corazón”.
Además, agradeció el tiempo compartido con la Pastoral de Juventud y especialmente con la Pastoral Vocacional, destacando “la fraternidad, el trabajo en equipo e intergeneracional”.
En ese contexto, sostuvo que “el trabajo vocacional es algo que está en mi corazón. Porque cuando a ti te ayudaron a discernir tu vocación y a encontrar el lugar donde Dios te quería y donde serás feliz, es una responsabilidad ayudar a otros jóvenes a vivir esta experiencia”.
Es así que a quienes sienten el llamado a la vida sacerdotal o a la vida religiosa, la hermana María Teresa les dice que no tengan miedo, que no piensen que no se merecen ser llamados por Dios, que hagan oración y busquen un sacerdote, religioso o laico con buena formación y comprometido pastoralmente que los acompañe espiritualmente en este discernimiento.
“Dios te ama y tú te mereces ser feliz (…). La vocación no se mide por un hábito, ni por un color de cuello o por una cruz. La vocación la vamos a vivir en la medida en que sintamos que somos felices y sintamos que Dios nos ama profundamente. Y donde Dios nos quiere, vamos a ser felices”, enfatizó.
Fuente: Revista Nuestra Iglesia