Iglesia, Pueblo de Dios y el deber de comunión

Más Iglesia Arquidiocesana

Publicado el: 19 julio, 2021

Dice el Concilio Vaticano II: “En todo tiempo y en toda nación es acepto a Dios aquel que le teme y practica la justicia (cf. Hch 10, 35). Quiso, sin embargo, el Señor santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino organizándolos en un pueblo que le reconociera en la verdad y le sirviera santamente” (LG 9). En la historia de la salvación Israel es el pueblo escogido y la Iglesia es la continuadora de este designo salvífico de Dios, por eso se puede decir que es el nuevo pueblo de Dios que continúa peregrinando hacia la Jerusalén celestial.

Son muchas las expresiones que encontramos para referirnos a la Iglesia que también es un misterio. La imagen del Cuerpo Místico la encontramos en la Sagrada Escritura junto a otras (redil, rebaño, templo, familia de Dios, edificación de Dios, Esposa inmaculada del Cordero, etc.). Son especialmente significativas las imágenes de Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo. La comunidad originada por Jesús es este nuevo Pueblo que se constituye en continuidad y en ruptura con el Israel veterotestamentario. La continuidad se aprecia en ciertos atributos que encontramos en la Iglesia (elección, vocación, alianza, sacerdocio, promesas). Y la ruptura la encontramos en que ya no es nacional o racial, sino universal.    

Uno de los anhelos expresados por el mismo Jesús es que permanezcamos unidos a Él y que conservemos la unidad. En su oración Jesús ruega al Padre “para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también sean uno en nosotros” (Jn 17, 21) e insiste en que seamos “perfectamente uno” (Jn 17, 23). Estando en el mundo, pero sin ser del mundo, debemos dar testimonio de esta unidad tan anhelada y tan difícil a la vez. 

Es por el bautismo que nos incorporamos a la Iglesia y pasamos a ser fieles cristianos, pasamos a pertenecer a la comunidad de los creyentes. La condición de fiel en plenitud exige que el bautizado se encuentre en plena comunión con la Iglesia católica, es decir, estar unidos por los vínculos de la fe, de los sacramentos, del régimen eclesiásticos y de la comunión. La pérdida de la comunión plena puede tener graves consecuencias. La apostasía, la herejía y el cisma son delitos y conllevan la excomunión, máxima sanción dentro de la Iglesia. 

Es interesante que esta voluntad de nuestro Señor también es recogida en el ordenamiento jurídico de la Iglesia. No estamos solo ante un deber moral de conservar la unidad, sino que la comunión visible es exigible jurídicamente. Esto es así ya que la Iglesia tiene una doble dimensión. Por una parte, es una realidad espiritual (mistérica e invisible) y por otra parte es visible (histórica e institucional).  La incorporación a la Iglesia por el bautismo tiene efectos jurídicos y para el bautizado católico nacen derechos y obligaciones. Una obligación de los fieles es a “observar siempre la comunión con la Iglesia, incluso en su modo de obrar” (c. 209). Para ser coherentes con la pertenencia a la Iglesia, a su dimensión comunitaria, se exige esta obligación. Es en todas las conductas del fiel en que se puede apreciar si contribuye o no a esta comunión, desde las actuaciones públicas como las privadas. La comunión viene a ser un bien común eclesial y es bueno que esté tutelado desde el punto de vista jurídico. Guardar la comunión nos hace estar en la Iglesia con ese sentido de pertenencia que significa una verdadera madurez. Para el bautizado vivir en comunión no sólo es un deber, sino también es un derecho. Observar la comunión eclesial no es algo meramente pasivo, sino que exige del fiel que cumpla todos sus deberes para con la Iglesia.

La perfecta realización de la comunión solo acontecerá en la gloria celeste. En la tierra esta comunión comporta imperfecciones ya que depende de la fidelidad del hombre a Dios. La comunión en la vida intratrinitaria existe en la tierra como fruto de la comunión visible en los bienes salvíficos. Estos bienes salvíficos son la Palabra de Dios, los sacramentos de Cristo con su centro en la Eucaristía. Es la Eucaristía el sacramento que significa y realiza la unidad del Pueblo de Dios. “… al alimentarse con el cuerpo de Cristo en la sagrada comunión, manifiestan concretamente la unidad del pueblo de Dios aptamente significada y maravillosamente realizada por este augustísimo sacramento” (LG 11). La Eucaristía es el centro hacia el cual convergen todos los elementos de la comunión eclesial. Poder compartir la misma mesa es una manera gráfica y elocuente de vivir la unidad. Un quiebre en la comunión eclesial nos aparta de la participación en la Eucaristía. Por último, señalar que la Eucaristía, culminación de todos los sacramentos, debe ser celebrada de acuerdo a la fe de los Apóstoles y en comunión con el Sucesor de Pedro, con el orden episcopal y con toda la Iglesia.

Pbro. Claudio Soto H.
Facultad de Estudios Teológicos y Filosofía
UCSC

Más Iglesia Arquidiocesana