Escribir un testimonio vocacional no es fácil: requiere valentía, para explicar cómo en medio de la fragilidad personal Dios ha actuado; y requiere también audacia, para presentar el mensaje de una manera que atraiga al lector. Sin duda, si estás leyendo este párrafo, es porque ya cumplí con ambas condiciones.
Los caminos de Dios son misteriosos, dicen algunos. Y en muchos casos, aparte de misteriosos, son creativos.
Después de una vida relativamente normal, ni tan lejos ni tan cerca de la fe, surge en mi interior una inquietud, una invitación. No a la vocación sacerdotal, sino a vivir una vida de fe como corresponde, sin tibiezas, sin mediocridades. Por supuesto, la teoría siempre suena más bonita y no siempre se logra llevar a la práctica. Pero fue el puntapié inicial, el empujón necesario para acercarme poco a poco a tener Vida, y Vida en abundancia (Jn 10,10).
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