El pasado 21 de febrero, a la edad de 92 años, partió a la casa del Padre la hermana Helena María Antúnez, religiosa de las Hermanas Salesas Misioneras de María Inmaculada, quien dedicó muchos años de su vida a las comunidades de la Arquidiócesis de la Santísima Concepción. Oramos por su descanso eterno y por sus hermanas de congregación y familiares.
Sus orígenes
La hermana Helena María nació en Francia, de la zona donde es originaria Teresita de Lisieux, patrona de las misiones. Fue la segunda de 9 hermanos y hermanas en su familia. Con apoyo espiritual de un sacerdote de San Francisco de Sales, conoció varias congregaciones religiosas, entre las cuales le atrajo Catequistas Misioneras de María Inmaculada (como se llamó inicialmente la congregación Salesa), llamándole la atención por su sencillez de vida y apertura al mundo. Siendo muy joven inició estudios de enfermería en París especializándose como laboratorista con el fin de atender a leprosos y a quienes padecían de enfermedades tropicales.
Luego de hacer sus votos, en 1959, con 25 años de edad, se embarcó hacia la India para colaborar en una leprosería, misión en la que estuvo durante 10 años. Regresó a Francia por un año y retomó su misión en la casa de formación en la India, permaneciendo otros 9 años. Durante ese tiempo trabajó en un orfanato, estuvo a cargo de la casa de formación de las novicias y auxilió a personas enfermas de lepra. En 1978 es destinada a Chile junto a otras tres religiosas, realizando una misión en la localidad de Cumpeo, por un año; estuvo 7 años en Carampangue, 5 años en Ñipas, donde inició la construcción del hogar de ancianos San José; 6 años en Concepción, 22 años en San Bernardo, desde donde retornó a Concepción en el 2022.
Su trabajo pastoral fue muy fructífero evangelizando familias, visitando enfermos, encarcelados y desarrollando un vasto apostolado con niños, jóvenes y adultos. Al interior de la Sociedad de San Francisco de Sales colaboró en la formación de la fraternidad de sacerdotes de Concepción y de grupos de Hijas de San Francisco de Sales en Concepción y Ñipas. Además, fue superiora local y regional.
En octubre de 2024, el equipo de Comunicaciones de la Iglesia de Concepción tuvo el agrado de entrevistar y conocer de cerca el testimonio de fe de la hermana Helena, el cual compartimos a continuación.
“Años maravillosos”
“En ese tiempo no había tratamiento para la lepra, pero yo tuve la dicha de estudiar laboratorio en París, donde se estaba haciendo un tratamiento con leprosos. Así que me entregué de lleno al servicio de los leprosos, porque ellos directamente se cortaban el pedazo, se cortaban las manos o los pies, pero la solución no era esa. Había que hacer algo, uno no se podía quedar indiferente. Tuve la dicha de ayudar a muchos”, recuerda con claridad la hermana Helena.
En el hospital en que trabajaba, atendían a cientos de personas con lepra diariamente. Algunos estaban internados, otros venían desde lejos para que les hicieran curaciones y a otros había que visitarlos en sus casas, porque no se podían mover.
“Había harto trabajo que hacer. No había tiempo para preocuparse de uno, pero era bonito. Yo los acompañaba, les hacía las curaciones. Había que ayudarlos, porque estaban abandonados. Sufrían mucho, pero eran muy agradecidos por lo que hacía por ellos. Había uno que me consideraba como una hija. Tengo muy buenos recuerdos. Las hermanas me ayudaron harto, había hermanas muy buenas que me ayudaron en esta misión”, relata.
La religiosa afirma que “fueron años muy bonitos, porque tú levantas casi muertos. Tengo muy buenos recuerdos porque ayudé a mucha gente. Es una alegría muy grande cuando levantas a alguien del polvo, de la miseria máxima, y le devuelves la dignidad. Valía la pena realmente. Estoy muy agradecida de Dios y de mis hermanas que me ayudaron mucho, porque realmente fueron años maravillosos”.
De todas las Hermanas Salesas que trabajaban auxiliando a los leprosos, sólo una se contagió y falleció. Actualmente la enfermedad está controlada, sin embargo, la congregación sigue teniendo un leprosario.
Cuarenta y siete años en Chile
Tras su paso por India, la hermana Helena estuvo durante un año en Francia y luego fue enviada a Chile, donde estuvo en la localidad de Cumpeo en Talca, después en la provincia de Arauco, posteriormente en San Bernardo, luego en Ñipas, nuevamente San Bernardo y finalmente en Concepción, donde permaneció sus últimos años entre la comunidad religiosa de Concepción y el Centro de Espiritualidad San Luis Gonzaga, junto a la hermana Marisol Seguel, quien la cuidó con gran ternura y dedicación.
El servicio que prestó en Chile fue muy distinto del que realizó en India, y comentaba que en cierto sentido “era más fácil, porque aquí las personas no morían de hambre, había lo necesario para vivir”.
En la provincia de Arauco, ella nos relata “acompañaba a los enfermos en sus casas y también hacía visitas en el Hospital de Arauco y Carampangue. Le tengo mucho cariño a los enfermos. También visitaba la cárcel. Era una misión interesante. Había mucha gente sola y abandonada. Tengo muy buenos recuerdos de mis años en esa zona, fueron años muy bonitos”. Además, acompañó a la comunidad de Punta Lavapié, donde incluso actualmente tienen una fotografía suya en el salón de la capilla, que se llama Santa Helena.
Durante el tiempo que estuvo en Ñipas, comuna de Ránquil, la hermana Helena visitó a los enfermos y necesitados y colaboró en la puesta en marcha de un Hogar de Ancianos. Mientras que, en San Bernardo, Región Metropolitana, fue parte de la iniciativa de crear un centro abierto donde las mamás que trabajaban pudiesen dejar a sus niños, pues en ese tiempo no había tantas guarderías y jardines infantiles como ahora. Ante esa necesidad, la congregación de las Hermanas Salesas Misioneras de María Inmaculada quiso responder al desafío de atender a los niños y también brindar algún curso o acompañamiento a las mamás, porque la mayoría eran de escasos recursos.
La alegría de aliviar el sufrimiento
Para la hermana Helena lo más lindo de su vida consagrada ha sido disfrutar de la vocación que el Señor le regala y enfatiza que “hay mucho que decir, son muchas cosas bonitas, muchas, muchas, gracias a Dios. Ha sido harto trabajo, he recibido mucha ayuda de todas partes. Tengo muy buenos recuerdos”.
A quienes sienten el llamado a consagrar su vida como religiosas o como sacerdotes, los anima diciendo que “cuando uno se entrega hay que entregarse de lleno, sin cálculo. La alegría uno la encuentra en el trabajo que hace, en aliviar el sufrimiento humano, en dar una gran ayuda. Cuando tú ves que alguien se levanta, uno dice “gracias Señor”, porque es el trabajo de Dios”.
“Es bonito, es una linda misión, por la cual yo estoy muy agradecida de Dios y de mis hermanas. Y también de mis superioras, que me dieron confianza y me pusieron en situaciones difíciles, pero ha sido bonito, muy bonito”, destaca.
Hermana Helena María Antúnez, muchas gracias por su testimonio de fe y amor a Dios. Que el Padre le reciba en sus brazos, descanse en paz.