En el corazón de la Semana Santa, la Iglesia de Concepción vivió la Misa Crismal en la Catedral, en una celebración marcada por la comunión del presbiterio y la participación de numerosos fieles que acompañaron este momento significativo para la vida diocesana.
La Eucaristía fue presidida por el Arzobispo Mons. Sergio Pérez de Arce SS.CC., junto a los obispos auxiliares Mons. Oscar García y Mons. Bernardo Álvarez, además del presbiterio arquidiocesano.
En esta celebración, los sacerdotes renovaron sus promesas y se realizó la bendición de los óleos de los catecúmenos y de los enfermos, junto con la consagración del Santo Crisma, que serán utilizados en los sacramentos durante todo el año.
Durante su homilía, el Arzobispo agradeció el servicio generoso de los sacerdotes de la Arquidiócesis y de los obispos auxiliares, destacando su entrega cotidiana en la misión evangelizadora y encomendándolos a Jesús Buen Pastor.
Inspirado en un reciente mensaje del Papa León XIV, el Arzobispo invitó a la comunidad a orar especialmente por los sacerdotes, en particular por aquellos que atraviesan momentos de dificultad. “Estamos en manos del Señor, porque Él nos llamó y Él es fiel”, expresó, reconociendo que las crisis forman parte de la vida, pero también pueden ser ocasión de crecimiento y renovación.
En esa línea, abordó con realismo los desafíos que enfrentan los presbíteros hoy, como la soledad, el cansancio interior y las dificultades propias del ministerio, advirtiendo que el riesgo está en encerrarse o no buscar ayuda. Por ello, llamó a vivir estas situaciones desde la fe, fortaleciendo la confianza en Dios y la comunión entre hermanos.
A partir de estas reflexiones, propuso cuatro claves para vivir con fecundidad el ministerio sacerdotal. En primer lugar, invitó a “redescubrir cada día la belleza de la vocación”, renovando el encuentro personal con Cristo que da sentido a la entrega. En segundo lugar, subrayó la importancia de la fraternidad presbiteral, promoviendo vínculos de apoyo y cercanía entre los sacerdotes, evitando el aislamiento.
Asimismo, enfatizó el desafío de la sinodalidad, llamando a avanzar en una Iglesia más participativa y corresponsable, donde el ministerio sacerdotal esté verdaderamente al servicio del Pueblo de Dios. Finalmente, destacó la centralidad de la misión, animando a vivirla con alegría y entrega generosa, incluso en medio de las dificultades actuales.
“El Espíritu Santo avive en nosotros la alegría del Evangelio y el gozo de servir”, señaló, recordando que la misión no es solo una tarea, sino un testimonio de vida que nace del encuentro con Cristo. En ese sentido, subrayó que “la misión sigue siendo fascinante, porque se trata de anunciar a Cristo como camino de vida”.
Al concluir, el Arzobispo invitó a renovar la confianza en el Señor y a caminar unidos como Iglesia: “Dios es fiel y no defrauda”.
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