Con una invitación a acoger nuevamente la luz, la paz y la esperanza que nacen de Dios, el Arzobispo de Concepción, Mons. Sergio Pérez de Arce, presidió la Misa de Nochebuena este 24 de diciembre, a las 20:00 horas, en el Templo Catedral, dando inicio a la celebración de la Navidad del Señor junto a la comunidad arquidiocesana.
En su homilía, el Arzobispo recordó la noche en que los pastores recibieron el anuncio del nacimiento del Salvador, destacando que “la Buena Nueva de Dios sigue teniendo la capacidad de sorprender y recrear nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor”.
En ese contexto, compartió tres actitudes para vivir la Navidad, invitando a renovar la fe, la esperanza y el amor en medio de la realidad actual.
En primer lugar, señaló que la Navidad es la noche para acoger la luz y la alegría que vienen de Dios, recordando que “Jesús es la luz del mundo, que brilla en las tinieblas”, que guía el camino de la vida y “es capaz de encender el corazón y ensancharlo, para hacerlo más compasivo y misionero”.
En este contexto, advirtió que muchas veces se busca la alegría en realidades pasajeras, que terminan por dejar vacío y desencanto, mientras que el encuentro con Cristo permite redescubrir una alegría profunda y duradera, nacida de saberse amado incondicionalmente por Dios.
En un segundo momento, Mons. Pérez de Arce llamó a vivir esta noche santa como un tiempo para orar por la paz y renovar el compromiso con ella, recordando el canto de los ángeles: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”. Con dolor, se refirió a los conflictos que afectan a distintos pueblos del mundo y a las violencias presentes en el país, afirmando que “la paz requiere un compromiso permanente para proteger a la comunidad de la violencia y buscar caminos de encuentro y diálogo”.
En este sentido, invitó a asumir una actitud personal y comunitaria, señalando que “también nosotros debemos desarmarnos de nuestros odios, prejuicios y de nuestro lenguaje descalificador e hiriente”, para vivir —como enseña la fe— con sobriedad, justicia y piedad.
Finalmente, el Arzobispo invitó a salir al encuentro de Dios en todo lo humano, especialmente en los pobres y pequeños, contemplando el signo del pesebre. Recordó que el Salvador se manifiesta en la fragilidad de un niño acostado en un pesebre, en la periferia y la sencillez, y que este misterio enseña que no es posible buscar a Dios despreciando a los más vulnerables.
“Mirando el pesebre, estamos llamados a aprender que no podemos buscar auténticamente a Dios y despreciar, a la vez, a sus hijos más pequeños”, afirmó, subrayando que Dios ha querido habitar la realidad humana en todas sus dimensiones: la familia, el trabajo, la amistad, el dolor y la esperanza.
La celebración concluyó con la invitación a acoger a Cristo en la Eucaristía y a caminar, junto a María y José, por los caminos de la paz y la fraternidad.