Es posible que la mayoría de los católicos en Chile no conozcan ni les afecte mucho lo sucedido con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), más conocidos como lefebvrianos, pero es bueno comprender los hechos y los desafíos que se plantean a la comunión.
El 2 de julio pasado, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe decretó que varios miembros de la FSSPX habían cometido un acto cismático e incurrido, por lo mismo, en excomunión. Esto, por proceder a la ordenación de 4 nuevos obispos, sin el mandato y contra la voluntad del Santo Padre. Quedaron excomulgados los obispos consagrante y co-consagrante y los 4 obispos ordenados. La excomunión alcanza también a todos los ministros y laicos que adhieran formalmente a la Fraternidad. El excomulgado no está completamente fuera de la Iglesia, pero, al no estar en comunión plena, queda excluido de los sacramentos, de oficios y ministerios y pierde ciertos derechos bautismales. Es la más severa medida y tiene un carácter medicinal, pues siempre queda abierta al arrepentimiento y la reconciliación.
Pero esta historia no es nueva. Fundada por el obispo francés Marcel Lefebvre en 1970, la FSSPX ha manifestado desde sus inicios una dificultad para aceptar la renovación eclesial introducida por el Concilio Vaticano II y el magisterio posterior. No han aceptado especialmente la renovación litúrgica, guiándose solo por el Misal Romano de 1962, previo al Concilio. Este «antiguo Ordo» regula la llamada misa tridentina, que se celebra en latín y según el calendario litúrgico anterior al Concilio.
Los diversos Papas, desde Pablo VI en adelante, han buscado dialogar con la Fraternidad para mantener la concordia y la unidad. De hecho, han permitido el uso del Misal de 1962 bajo ciertas normas y criterios, siempre y cuando los fieles no excluyan la legitimidad de la reforma litúrgica, de la enseñanza del Concilio y del magisterio pontificio. Pero han aplicado también medidas disciplinarias, como la excomunión que en 1988 decretó Juan Pablo II por la ordenación de 4 obispos. La piedra de tope ha sido siempre la no aceptación del Concilio por parte de la FSSPX y su explícita creencia de que la Iglesia universal está errada debido a los cambios introducidos. Un botón de muestra es la carta del superior general al Papa León, el día siguiente al decreto de excomunión, donde habla del «contexto extremadamente trágico en que se encuentra la Iglesia universal» y justifica la ordenación de los 4 obispos como «una iniciativa extrema de socorro de las almas, en medio de la confusión doctrinal y moral en la que se halla inmersa la Iglesia».
La unidad de la Iglesia no es uniformidad, pues ella acepta en su seno una gran diversidad de expresiones, fruto de la acción del Espíritu. Pero esa unidad en la caridad supone siempre la profesión de una misma fe; la celebración común del culto divino, sobre todo de los sacramentos; y la obediencia al sucesor de Pedro y a los obispos en comunión con él. Esta obediencia no es solo en cuestiones de fe y moral, sino también en la disciplina y el gobierno. La postura de la FSSPX, que no ha variado sustancialmente desde su fundación, hace difícil su permanencia en la unidad y quizás sea más sincero —de no haber un cambio— que emprenda un camino separado de la Iglesia católica.
Sergio Pérez de Arce A.
Arzobispo de Concepción