El Papa León ha impulsado una profunda reflexión sobre lo que el Papa Francisco llamó un “cambio de época”. No se trata solo de la irrupción de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías, sino también de la necesidad de custodiar la dignidad de la persona humana y los principios que deben orientar la vida social en este nuevo contexto.
Entre los diversos llamamientos presentes en la encíclica Magnifica Humanitas, uno de los más relevantes es la invitación a “iniciar un discernimiento compartido capaz de profundizar en las raíces espirituales y culturales de las transformaciones que se están produciendo” (MH 6). Se trata de una propuesta desafiante, porque cuestiona paradigmas ya instalados en nuestra cultura. Discernir implica desarrollar un pensamiento crítico capaz de salir de aquellas lógicas que adormecen nuestras conciencias y nos mantienen consumiendo, día y noche, los contenidos que los algoritmos preparan para nosotros. Además, este discernimiento debe ser compartido, en contraste con un poder tecnológico cada vez más concentrado y predominantemente privado, que resulta más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común.
Para iluminar este camino, el Santo Padre propone dos imágenes bíblicas contrapuestas: la construcción de la Torre de Babel y la reconstrucción de los muros de Jerusalén. El criterio de Babel es la autosuficiencia y el orgullo. La torre representa un proyecto que busca alcanzar el nivel de Dios y que privilegia la uniformidad por sobre la comunión. En este modelo, el éxito se mide por la eficiencia, incluso cuando se sacrifica la dignidad de las personas. El resultado es la deshumanización, donde el otro se reduce a un dato o a un medio para alcanzar determinados fines. Finalmente, sobrevienen la confusión y la dispersión, porque se ha excluido la trascendencia y el cuidado del prójimo.
Frente a ello surge la figura de Nehemías. Antes de reconstruir, ayuna, reza e intercede. Luego contempla en silencio las ruinas de Jerusalén. No impone soluciones desde arriba, sino que convoca a las familias y confía a cada una una parte de la muralla. La ciudad renace gracias al esfuerzo coordinado de todos: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes. Aquí no se busca la uniformidad, sino la comunión; cada uno asume su responsabilidad y el pueblo reconoce la fuerza que viene del Señor para llevar adelante el proyecto.
El llamado hoy es a evitar el “síndrome de Babel” —esa idolatría del lucro que descarta a los más débiles— y optar por el camino de Nehemías, que reconstruye desde la responsabilidad compartida y las pequeñas comunidades. Cada uno tiene hoy un “tramo de muralla” bajo su cuidado: la familia, la parroquia, el barrio, la comunidad educativa o el trabajo. La tarea es grande, pero el futuro se construye desde ahora, ladrillo por ladrillo.
Mons. Bernardo Álvarez T.
Obispo Auxiliar de Concepción