La noche del 17 de enero, las llamas en el sector Ríos de Chile de Lirquén tiñeron el cielo de naranja. Al día siguiente, el barrio era un desierto. Más del 80 % de sus viviendas quedaron destruidas y, en toda la región, los incendios dejaron 21 fallecidos, más de 20.000 damnificados y cerca de 2.400 viviendas reducidas a escombros. Una de las peores catástrofes de la historia reciente del Biobío.
Y apareció la solidaridad. Voluntarios, campañas de ayuda y gestos de apoyo reflejaron lo mejor de nuestra sociedad. Pero, superada la urgencia, queda una pregunta incómoda: ¿qué hacemos antes de la próxima emergencia?
El fuego no creó la tragedia; solo hizo visible una fragilidad que llevaba años instalada en Lirquén y en otros sectores de la región. Viviendas en zonas de riesgo, ausencia de cortafuegos, familias sin seguros, sin ahorros y con escasas redes de protección. Los más vulnerables, una vez más, fueron quienes tardarán más en recuperarse. El padre Hurtado habría reconocido ese silencio. Y lo habría roto.
San Alberto Hurtado nunca aceptó postergar la respuesta frente al sufrimiento. Para él, la demora no era un problema administrativo, sino una falta moral. Su convicción era clara: en cada persona que sufre reconocemos a Cristo. «El pobre es Cristo sufriente entre nosotros», decía. Por eso, ninguna burocracia podía justificar la inacción.
Meses después, en Lirquén y en otros sectores afectados, aún había familias viviendo en carpas o levantando sus propias viviendas para no perder el único terreno que poseen. La reconstrucción avanza, pero muchas veces no al ritmo de quienes siguen enfrentando la lluvia y la incertidumbre.
El legado de Hurtado deja dos lecciones. La primera es que reconstruir no puede significar volver a levantar la misma precariedad. Si las condiciones que existían eran injustas, repetirlas es perpetuar el problema. Cada proceso de reconstrucción debiera ser también una oportunidad para construir con mayor dignidad, justicia y seguridad. La segunda es comprender que la solidaridad no puede reducirse a una reacción frente al desastre. La fe nos llama a hacernos responsables de nuestros hermanos y a construir condiciones para que menos personas sufran las consecuencias de nuevas emergencias. La verdadera solidaridad permanece cuando las cámaras ya se han ido y las familias siguen esperando reconstruir sus vidas.
En el Mes de la Solidaridad, en medio de nuevos temporales que han afectado a muchas familias, el legado de san Alberto Hurtado se mide en nuestra capacidad de actuar antes de que llegue la próxima emergencia y de permanecer junto a quienes hoy siguen necesitando apoyo. Las llamas de Lirquén ya se apagaron. El desafío de una solidaridad permanente sigue ardiendo.
Mons. Oscar García B.
Obispo Auxiliar y Vicario de Pastoral Social de Concepción