La importancia de una educación centrada en la persona

Sin duda, el tiempo vivido en este contexto de pandemia ha desafiado al ámbito educativo, no sólo en el uso de tecnologías y la búsqueda de nuevas maneras de continuar el proceso de aprendizaje de los estudiantes, sino también para mantener el vínculo con ellos a través de las clases a distancia.

¿Cómo hacer de esta experiencia vivida una oportunidad para centrar la educación en la persona? ¿Qué es la educación basada en la persona?

Dicho en palabras simples, la educación basada en la persona sitúa en el centro del proceso de aprendizaje al estudiante, donde los factores afectivos y sociales tienen tanta importancia como los cognitivos.

En un mundo en el que la educación corre el riesgo de diluirse en un conjunto de competencias, de inteligencias y destrezas, apelar a la educación de la persona en este contexto de pandemia es un hermoso desafío.  Hemos sido testigos de cómo la exigencia pedagógica se ha centrado mayoritariamente en la entrega de contenidos y en donde el sentido antropológico se ha visto reducido. Nos referimos a la formación integral, el diálogo crítico con la cultura y la dimensión espiritual, es decir, el tratamiento de aquellas inquietudes, necesidades, búsquedas e intereses humanos que no encuentran su respuesta en las ciencias y que comprenden la ética, la belleza, la religión y las preguntas de sentido.

Cada comunidad educativa se ha esforzado por buscar la forma de mantener los vínculos con sus estudiantes y facilitar caminos pedagógicos que construyan el significado y sentido de sus vidas. Así, el aprendizaje de las habilidades socioemocionales interpersonales tales como la relación con uno mismo, el autoconocimiento, la capacidad de resiliencia y la autorregulación, deben cobrar relevancia y centralidad en el proceso educativo.

 

Esta contingencia nos ha enseñado que el daño a un ser humano es el daño a todos. Por ello, cobran especial relevancia las palabras del Papa Francisco, que nos interpela e invita: “estamos todos en la misma barca y somos llamados a remar juntos”.

En este convulsionado momento, tenemos la posibilidad de trascender a través del trabajo mancomunado, fraterno, incluyente y colectivo. Hoy más que nunca, la escuela debe ser un lugar para formar niños, niñas, adolescentes y jóvenes en donde la solidaridad, la comprensión y relación con el otro, la empatía y la conciencia social sean primordiales.

 

Adriana Fernández Álvarez
Delegada Episcopal para la Educación
Iglesia de Concepción – Chile

Publicado el: 17 agosto, 2020