We Tripantu, las maravillas de la creación de Dios.

Cercano al día 21 de junio y durante algunos días sucesivos a esta fecha, se percibe cada año en el hemisferio sur del planeta la noche más larga y el día más corto, dando comienzo a la estación del invierno; lo que marca en el mundo biológico una serie de cambios, como, por ejemplo, el inicio de los brotes en los árboles después del letargo en que entraron al entrar en el otoño. Poco a poco se reactiva la vida, después que parecía apagarse con el caer de las hojas de la estación anterior. La tierra se renueva y comienza un nuevo despertar, que después del momento más crítico marcado con la noche más larga del inicio del invierno, poco a poco irá dando paso a noches más cortas y días más largos, anunciando momentos más prósperos y animando con esto la esperanza. Quizás por este motivo los pueblos originarios son tan sensibles a estos rasgos que muestra la naturaleza y que nos muestran una sabiduría ancestral que es un verdadero tesoro para nuestro tiempo. El nombre que le da el pueblo mapuche a esta fiesta es la de Wetripantu, que a partir de este año ha recibido un reconocimiento oficial por parte del Estado con la declaración de un feriado nacional. Esto es un gran reconocimiento, porque abre un espacio de encuentro con nuestros pueblos originarios que, por una parte, nos permite valorar su visión cosmológica, y, además, nos ofrece momentos para fraternizar con ellos.

Con ojos iluminados con la luz de la fe, podemos también descubrir una riqueza cultural que nos permite reencontrarnos con nuestras raíces y poder contemplar las maravillas de la creación de Dios, tal como son presentadas por las celebraciones de nuestros hermanos mapuches. Contemplando el orden plasmado en la creación por el Creador, se le descubre como Providente, que provee de todo a las aves de cielo y a las flores del campo (cf. Mt 6,26-28) y que nos invita a solo preocuparnos de buscar el Reino de Dios y lo dispuesto en su plan (cf. Mt 6, 33). Uno de los testimonios más grandes que existe sobre esto en el pueblo mapuche es la figura del beato Ceferino Namuncurá, un joven enamorado de Dios y de las tradiciones propias de su pueblo. El testimonio del beato Ceferino nos ayuda, a mapuches y no mapuches, a amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo (cf. Mt 22, 37-39).

Contando con tan gran sabiduría ancestral y el testimonio de muchas familias mapuches que nos dan un ejemplo de su cariño por sus tradiciones y del valor de la tierra, como en otras épocas también lo manifestaran algunos miembros del pueblo de Israel como un valor que es signo de la bendición de Dios (cf. Gen 12, 1-3; 1 Reyes 21, 1-3), desgraciadamente, pocas veces se destaca esto, y no es extraño encontrar personas mapuches que, debido a que han tenido que migrar a la ciudad, comienzan a perder sus tradiciones ancestrales y, poco a poco, se desvinculan incluso de las celebraciones propias de su pueblo. Por eso, la acción de la Iglesia respecto a nuestros pueblos originarios muchas veces consiste en animarlos para que cultiven sus costumbres propias, ya que perder una cultura ancestral significaría, como lo declara el Papa Francisco en la Encíclica Laudato Si’, una pérdida más grande que la extinción de una especie animal o vegetal (Cf. LS 145).

Para la Iglesia significa un gran desafío, especialmente para continuar un proceso de inculturación que ha venido haciéndose desde los inicios de la evangelización en estas tierras. Además, hay que destacar el proceso constituyente que se está dando en el país, y que contempla, entre otros elementos, la participación de los pueblos originarios del país y que debiera traducirse en la declaración solemne del valor cultural que ellos tienen y del reconocimiento de su condición de pueblo.

Pbro. Pedro Gómez D.
Vicario general
Párroco de Nuestra Señora de Lourdes en Concepción

Publicado el: 22 junio, 2021