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Bienaventurados los pobres


En un mundo dominado por el consumismo y la autosuficiencia, donde la pobreza espiritual parece un lujo olvidado, la figura de la Virgen María nos invita a redescubrir el valor de la primera Bienaventuranza: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5,3). Esta espiritualidad no es mera resignación ante la escasez material, sino una actitud de humildad radical, de apertura total a Dios, que María encarna de manera perfecta. Como señalaba el Papa Francisco, contemplar a María nos hace “volver a creer en lo revolucionario de la ternura y el cariño” (Evangelii Gaudium 288).

La espiritualidad de los pobres en espíritu se arraiga en la dependencia confiada y amorosa de Dios, una espiritualidad que provoca un despojo interior que libera de las pesadas cadenas que provocan las ataduras del pecado, del individualismo, de la superficialidad y de las lógicas del mundo. María, en su fiat confiado de la Anunciación (“Hágase en mí según tu palabra” Lc 1,38), es testigo de esta pobreza: no posee riquezas ni poder, pero su corazón humilde la hace disponible para el mayor don: ser madre y discípula del Verbo de Dios. El Papa Francisco ejemplifica en María el movimiento transformador de los pobres de espíritu; ella expresa “que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes” (EG 288).

Esta visión de la verdadera bienaventuranza, o felicidad, contrasta con la cultura actual que valora el éxito y el acceso al monopolio del poder a cualquier precio, dejando de lado toda referencia ética o moral, desestimando principios o valores fundamentales y afectando y corrompiendo no solo las conciencias personales, sino también las instituciones. Ante este movimiento que seduce y adormece las conciencias, como bien lo ilustra el Papa León XIV en su reciente primera exhortación, Dilexi Te, María manifiesta el movimiento de la lógica divina: “Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías” (Lc 1,52-53). Aquí, la pobreza no es maldición, sino puerta al Reino, un eco del amor de Cristo que se identifica con los más pequeños y principio transformador.

En Dilexi Te, el Papa León XIV, continuando el legado de Francisco, enfatiza cómo María une la ternura materna con la opción por los pobres. La exhortación cita el contexto de las comunidades cristianas marginadas en el Apocalipsis, donde Dios dice: “A pesar de tu debilidad […] obligaré […] a que se postren delante de ti” (Ap 3,8-9).

Esta espiritualidad no es abstracta: invita a la Iglesia a ser “madre de los pobres, lugar de acogida y justicia” (DT 39). En un tiempo de desigualdades crecientes, donde millones sufren hambre y exclusión, contemplar a María significa rechazar la “cultura del descarte” y, como ella, ser partícipe de una revolución silenciosa de los pobres de espíritu.

 

Bernardo Álvarez T.

Obispo Auxiliar de Concepción

Publicado el: 22 Noviembre, 2025
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