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¿Se nos nota que somos bautizados?


Son muchos los católicos para quienes el bautismo no tiene un especial significado. Claramente no lo viven como el “fundamento de toda la vida cristiana” (Catecismo). Por eso, en este domingo en que celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, hace bien volver la mirada al lugar de este sacramento en nuestra vida.

No basta, claramente, quedarse en que el bautismo nos libera del pecado original o en cualquier otra afirmación general que no toque la vida. El bautismo, ante todo, nos hace participar de la vida divina y caminar unidos a Dios, y eso es un impresionante regalo.

Cuando Jesús fue bautizado en el Jordán, dice el texto bíblico, se abrieron los cielos y se escuchó una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo amado”. Y eso mismo podemos decir para cada bautizado: los cielos siempre están abiertos para nosotros, porque nunca seremos abandonados por el amor del Señor; siempre somos sus hijos e hijas queridos. Aunque vivamos males y dificultades, en esta confianza podemos vivir.

Pero la riqueza del bautismo es todavía más grande. Por él participamos de la Pascua de Cristo, es decir, del misterio de su muerte y resurrección. Al ser sumergidos en el agua, nos unimos a su muerte para resucitar con Él a una vida nueva. Nos levantamos con Él, somos injertados en la vida abundante del Resucitado. Un germen de vida nueva habita en nosotros, porque somos revestidos de Cristo, recreados en Jesús. Por eso ha de primar en nosotros la alegría y la gratitud por tan gran don.

Ahora bien, el bautismo también es tarea, porque nos da un lugar en el Cuerpo de Cristo y en la misión de la Iglesia: “Yo los elegí a ustedes y los destiné para que vayan y den fruto, un fruto que permanezca” (Jn 15, 16).

Esa misión es, ante todo, vivir como discípulos del Señor en medio del mundo, en los múltiples quehaceres de nuestra vida, para que la música del Evangelio siga resonando en la historia humana. Es la secularidad propia del laico, cuya misión es ordenar las cosas del mundo siguiendo la voluntad de Dios: la familia, la política, la economía, la convivencia, etc. ¡Qué importante es que los cristianos se animen a ser sal y luz de la tierra, siempre desde la humildad y el servicio!

El compromiso bautismal también supone asumir un lugar en el apostolado de la Iglesia, en la misión evangelizadora, participando de comunidades y servicios que permitan dar testimonio y anunciar el Evangelio. Hay gran necesidad de apóstoles, y “la mies es mucha y los obreros son pocos”. Por eso es bueno recordar lo que nos dijo Francisco en Chile en el año 2018: “En el pueblo de Dios no existen cristianos de primera, segunda o tercera categoría. Su participación activa… es constitutiva de la naturaleza eclesial”.

Todo esto se alimenta en la oración, en la Eucaristía y en la lectura de la Palabra de Dios, porque el sarmiento no da fruto sino permanece unido a la Vid. Porque el bautizado no es un simple trabajador de una empresa u organización, sino un testigo, que se deja guiar por el Espíritu Santo, que hace nuevas todas las cosas.

¿Estamos viviendo agradecidos nuestro bautismo? ¿Estamos asumiendo nuestro lugar en la misión de Cristo? Ojalá el bautismo se nos note sobre todo por nuestra alegría y nuestro compromiso.

Sergio Pérez de Arce A.

Arzobispo de Concepción

Publicado el: 10 Enero, 2026
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