Es evidente que en Semana Santa recordamos los hechos salvadores de la vida y muerte de Jesús: su entrada a Jerusalén, la Última Cena, su camino de cruz y muerte en el Gólgota, etc. Algunos de estos acontecimientos incluso se representan “teatralmente”, como sucede en tantos vía crucis. Sin embargo, es un error pensar que la Semana Santa se agota en el pasado, como si Jesús fuera solo un hombre bueno de la historia que nos ha dejado un ejemplo a seguir.
La Semana Santa cobra todo su valor actual porque Jesús vive, porque venció la muerte por su resurrección y porque nos acompaña en el camino de nuestra vida, lleno de luz sobrenatural. Él está con nosotros hasta el fin del mundo, y su resurrección es una fuerza de amor que permanece con nosotros para darnos aliento en el camino de nuestra propia entrega.
Para vivir esto, hay que comprender el lenguaje sacramental, el sentido profundo de la liturgia cristiana, que no se reduce a un puro recuerdo del pasado, sino que es memoria y actualización para nosotros hoy de la salvación en Cristo. Como en el caso de los discípulos de Emaús, cuando escuchamos su Palabra “nos arde el corazón”, y cuando celebramos la fracción del pan lo reconocemos vivo y presente en medio nuestro. Por eso, en la liturgia de estos días experimentamos su gracia y su ternura, y nos llenamos de la fuerza de su Espíritu para ser sus testigos en medio del mundo.
Así, el Cristo que nos salvó en la cruz hace dos mil años y dio su vida por todos, sigue salvándonos y rescatándonos hoy: de la vida egoísta, de la falta de esperanza, del desaliento y la comodidad. Su amor es más grande que nuestras contradicciones y pequeñeces, y por eso nos invita a renacer una y otra vez. Sus brazos abiertos en la cruz nos acogen y nos ofrecen perdón y ternura.
El Cristo Resucitado, por su parte, nos enseña que la muerte no es la última palabra, ni en la historia ni en nuestras vidas, porque la fuerza de su resurrección va provocando gérmenes de vida en medio de nuestra realidad. Por eso, a pesar de tantos males, guerras e injusticias, el cristiano busca y lucha por un mundo mejor, se preocupa de no dar la espalda a los pobres y se empeña en edificar una auténtica fraternidad humana. Ni la entrega de Jesús ha sido en vano, ni ninguna entrega nuestra hecha con amor se pierde: “Todo esto da vueltas por el mundo como una fuerza de vida” (Papa Francisco).
Vivamos todo esto en la liturgia, en sus diversos signos. Acogiendo a Cristo salvador con nuestros ramos, pidiéndole que nos haga discípulos fieles. Dejándonos lavar los pies por el Señor, para hacernos servidores como Él. Besando y adorando su cruz, para comprometernos en el camino del amor. Reconociéndolo como la Luz del mundo, que brilla en medio de nuestras oscuridades y alienta nuestra esperanza. Renovando nuestro bautismo el día de la Pascua, agradecidos del don de la fe y de llevar en el corazón inscrito su nombre. Y que todo esto lo traduzcamos en una vida más generosa y misionera: “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (Aparecida, 29).
Sergio Pérez de Arce A.
Arzobispo de Concepción