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Educar para la fraternidad y la paz


Hemos vivido semanas particularmente complejas en la convivencia de nuestras comunidades educativas. Colegios, liceos y universidades se han visto afectados por amenazas de violencia, ya sea a través de rayados en sus propios espacios o mediante redes sociales. Frente a ello, los equipos directivos han debido tomar decisiones difíciles para resguardar la seguridad de sus comunidades, con todo lo que esto implica: preocupación, incertidumbre e incluso temor. Son días en que, por momentos, parece asfixiarse la esperanza de construir una sociedad mejor.

Sin embargo, estas situaciones no pueden ser comprendidas como hechos aislados ni simplemente como reacciones impulsivas o circunstanciales, aun cuando se vean influidas por acontecimientos dolorosos recientes. Hay algo más profundo que nos interpela. Las medidas adoptadas apuntan legítimamente a la urgencia y a la protección inmediata, pero dejan abierto el fondo del problema, que requiere una reflexión más honda. Surgen entonces preguntas ineludibles: ¿qué lleva a un niño, adolescente o joven a agredir, maltratar o incluso desear la muerte? ¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando en el corazón de las nuevas generaciones anidan estos pensamientos?

Chile no enfrenta solo una crisis de seguridad, económica, sanitaria o educativa. Los signos de los últimos años nos hablan también de una profunda fragilidad en el seno de la familia. Existen dimensiones esenciales del desarrollo humano que nacen en ella y que son insustituibles: el aprendizaje del amor, del respeto, del cuidado, de la responsabilidad, de la fe. Allí se forma el corazón de la persona. Por eso, custodiar e impulsar el proyecto de la familia —según el plan de Dios— no es una tarea secundaria, sino una urgencia para el bien de toda la sociedad.

En este contexto, la voz del Papa resuena con fuerza como una luz en medio de la oscuridad. Cuando el lenguaje predominante en el mundo es el de la violencia y las armas, su eco inevitable en niños y jóvenes es la desesperanza. Vivimos, como él ha señalado, una especie de mundo al revés, una distorsión de lo humano que exige una respuesta clara: una verdadera conversión, una “vuelta en U” hacia la fraternidad.

Por eso, frente al miedo y la incertidumbre, la respuesta no puede ser más violencia ni únicamente más control. La respuesta más profunda es educativa y espiritual. Es la “revolución silenciosa” de quienes, en lo cotidiano, se deciden a formar personas desde el amor: docentes que enseñan con el alma, familias que acompañan con paciencia, comunidades que acogen y sostienen.

Hoy más que nunca estamos llamados a ser —cada uno desde su lugar— verdaderos educadores de la fraternidad. Porque solo una generación formada en el respeto, la empatía y el encuentro será capaz de construir una sociedad reconciliada y en paz. Y esa tarea comienza ahora, en lo pequeño, en lo cercano, en el corazón de cada hogar y de cada comunidad educativa.

Mons. Bernardo Álvarez

Obispo Auxiliar de Concepción

Publicado el: 18 Abril, 2026
© Arzobispado de Concepción