La Estrella – 31 de mayo 2025
La masividad del uso fraudulento de licencias médicas que hemos conocido en las últimas semanas es una nueva muestra del engaño y la corrupción que abunda en nuestra sociedad. Es especialmente grave porque ha sido cometido por funcionarios públicos, muchos de ellos jefes y profesionales, por tanto, con buena situación económica, que se han aprovechado de un derecho social provisto por el Estado, en base a una mentira, para obtener un beneficio personal no esencial, como viajar o ejercer un trabajo paralelo.
Pero sería sumar otro engaño si solo rasgáramos vestiduras frente al fraude de los demás y no reconociéramos que la mentira y la trampa están muy enquistadas en la ciudadanía, lo que lleva a buscar el beneficio propio a toda costa, pasando a llevar, a menudo, la ley, el bien y la verdad. Se dirá que el ser humano es pecador por naturaleza y que no estamos ante nada nuevo, pero es evidente que en nuestra cultura vivimos un individualismo y un subjetivismo radical, que centra a las personas excesivamente en sus propios intereses, muchas veces con prescindencia del bien común y de las normas de convivencia social. Esto lleva no solo a la transgresión de los preceptos morales, sino también a la anomia, es decir, la carencia de normas, primando como criterio de acción el mero sentir subjetivo. Esto es lo que vemos en múltiples conductas sociales, como la evasión tributaria, la evasión en el transporte público, los robos, el cohecho, etc., llegándose tantas veces, incluso, a violentar la vida de los demás con tal de obtener un beneficio.
Algunos justifican la transgresión de normas para obtener un beneficio en el hecho de que los poderosos o las autoridades también las transgreden con el mismo fin; por tanto, los abusos de unos justificarían las faltas de otros. Pero eso solo degrada a la sociedad y a quienes así actúan, porque el apego al bien tiene un valor en sí mismo y es lo que permite la buena convivencia social. Al mal hay que combatirlo con bien.
¿Qué hacer? ¿Cómo reaccionar como sociedad? ¿Cómo crecer en la moralidad de nuestros actos? Es evidente que la sociedad, en todos sus niveles, debe mejorar los controles y las medidas punitivas, pero eso no basta. Es necesario cultivar en los diferentes ámbitos de la vida la virtud, que es la disposición habitual y firme a hacer el bien, y lo tenemos que hacer con perseverancia, esfuerzo, en la educación, en la familia. Tenemos que aprender a pensar y actuar en términos de comunidad, buscando el bien común, lo que no impide, por supuesto, buscar el bien propio, pero esta búsqueda nunca es a costa de los demás, sino en armonía con el bien de los demás. Y es necesario formar la conciencia moral a la luz de la reflexión ética y de la Palabra de Dios, relevando siempre la primacía de la dignidad humana, que ha de ser respetada y cuidada en todas nuestras acciones.
Se acerca Pentecostés, que nos regala los dones del Espíritu Santo: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Son dones, precisamente, para fortalecer y llevar a plenitud las virtudes humanas, necesarias para convivir con los demás. Si nos dejamos guiar por el Espíritu, brotarán en nosotros los frutos del Espíritu: “amor, gracia, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, humildad, dominio de sí” (Gal 5, 22).
Sergio Pérez de Arce A.
Arzobispo de Concepción