El tiempo cuaresmal que la Iglesia vive en estos días contiene un profundo llamado a la conversión, es decir, una invitación a mirar nuestra vida según la mirada y el proyecto de Jesús. Recordemos que, en su primera predicación, Jesús presentó su Evangelio: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios se ha acercado; conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1, 14-15).
Con esto, Jesús nos indica que ha llegado el momento decisivo en la historia de la salvación. Con su Evangelio, irrumpe la nueva humanidad, capaz de vencer el mal, el pecado y las grandes injusticias que afectan no solo a las personas, sino también a toda la humanidad y a la creación.
El camino cuaresmal nos ilumina para observar nuestra vida con mayor detenimiento y transparencia. Si hacemos un examen profundo, debemos confesar, junto a San Pablo: “No hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero” (Rom 7, 19).
¿Cuántas veces, a lo largo de nuestra existencia, teniendo claro el camino que debemos seguir, tomamos otro, aun sabiendo que no es el correcto, y provocamos el mal? ¿Cuántas veces escuchamos expresiones como: “nunca lo pensé”, “no quise hacerlo”, “no sabía”, “no medí las consecuencias”, “no tenía conciencia”, “nunca quise hacer daño”? Si recapacitamos con sinceridad, desde lo profundo del corazón brota la exclamación de San Pablo: “¿Quién me rescatará?”
La respuesta a esta gran cuestión de vida, que tiene consecuencias profundas, la ofrece el Catecismo de la Iglesia Católica, que nos enseña: “El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores (cf. Lc 15). El ángel anuncia a José: ‘Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados’ (Mt 1, 21). Y en la institución de la Eucaristía, sacramento de la redención, Jesús dice: ‘Esta es mi sangre de la alianza, que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados’ (Mt 26, 28)” (CEC 1846).
El Papa Francisco nos conforta en este camino de conversión personal y comunitaria. En su primera exhortación, Evangelii Gaudium, nos anima a decir con confianza a Jesús: “Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores. ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia” (EG 3).
La conversión de la mente y el corazón es un hermoso camino que podemos recorrer durante este tiempo. Sin duda, es un proceso necesario para toda persona, creyente o no, ya que cambiar, enmendar el rumbo y corregirse de corazón nos permite alcanzar la verdadera libertad y ofrecer al mundo la mejor versión de nosotros mismos. Esto da verdadero sentido a la vida y nos conduce a la felicidad.
El Compendio del Catecismo nos ofrece tres normas generales que pueden ayudarnos a examinar nuestra conciencia:
1. Nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien.
2. La llamada Regla de oro: «Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes» (Mt 7, 12).
3. La caridad supone siempre el respeto del prójimo y de su conciencia, aunque esto no significa aceptar como bueno lo que objetivamente es malo.