Es cada vez más frecuente en diversas liturgias católicas, encontrar presidiendo no a un sacerdote, sino a un diácono. Habitualmente, es un varón adulto que ha recibido la imposición de manos “no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio”, lo que les permite celebrar bautismos, matrimonios, funerales y otros oficios, pero no presidir la eucaristía o el sacramento de la reconciliación. En una Iglesia como la chilena en que hay pocos sacerdotes, en muchas diócesis ya hay más diáconos que sacerdotes.
Pero el diaconado no está en la Iglesia solo para reemplazar a los sacerdotes que escasean. Es un ministerio que tiene una identidad propia y que ha existido, como parte del clero, desde los primeros tiempos de la Iglesia. En el segundo milenio, sin embargo, fue desapareciendo paulatinamente y solo quedó como un rito de paso para aquellos que luego se ordenaban sacerdote. Ha sido el Concilio Vaticano II el que lo ha rescatado como un ministerio permanente, iniciándose especialmente en América Latina la práctica de ordenar diáconos a hombres casados. Hoy, a 60 años del Concilio, podemos decir que el diaconado es un ministerio asentado y un gran aporte en la vida de la Iglesia, que debe seguir renovándose y actualizándose para estar más plenamente al servicio de la misión, en una Iglesia sinodal.
Hay que insistir en que el diaconado no se ha de reducir a lo litúrgico, pues tiene tres ámbitos a los que debe servir: el anuncio de la palabra, la celebración litúrgica y el ministerio de la caridad, con especial relevancia de esta última dimensión. De hecho, “diácono” significa “servidor”, y como tal debe ayudar a toda la Iglesia a dar testimonio de la caridad de Cristo, a través de su acción social, la visita a los enfermos, la pastoral en las cárceles y en tantas otras expresiones al servicio de la solidaridad y la justicia. Esto no se opone a otras tareas como presidir liturgias, acompañar comunidades o guiar acciones formativas, pero el servicio de la caridad debe ser su distintivo. Así lo vivió el diácono san Lorenzo, mártir y patrono de los diáconos al que celebramos cada 10 de agosto, quien administraba los bienes de la Iglesia de Roma y cuidaba de los pobres en tiempos del emperador Valeriano.
Especial significado tiene en la vida de los diáconos la familia. Aunque puede haber diáconos célibes, es relevante que los diáconos permanentes sean habitualmente hombres casados. Tienen, por tanto, responsabilidades como esposos, padres y abuelos. Muchos de ellos tienen, además, una vida laboral activa, para ganar el pan que sustenta a los suyos. Hermoso y complejo reto: vivir la fe y el ministerio en medio de sus desafíos familiares.
¿Se abrirá en el futuro el ministerio diaconal a mujeres? No lo sabemos. Actualmente hay un grupo de estudio creado por la Santa Sede que examina el tema. Algunos plantean que en la Iglesia antigua ya hubo diaconisas, otros dicen que esas mujeres no ejercían un ministerio como el diaconado actual. Habrá que esperar y discernir. Mientras, son innumerables las mujeres que viven múltiples servicios en la misión de la Iglesia, sobre todo en el ámbito social. Son “diaconisas” sin ordenación, pero que dan gran testimonio de la caridad de Cristo. Gracias sean dadas a Dios.
Monseñor Sergio Pérez de Arce A. SSCC
Arzobispo de Concepción