Discernir de verdad: hay que partir desde la oscuridad, como Bartimeo

El Evangelio de este domingo XXX recientemente celebrado presentó a Jesús sanando a un ciego llamado Bartimeo. Más allá de las consideraciones espirituales propias de una homilía para la celebración de la Eucaristía, este episodio encierra algunas pistas importantes para el tiempo de discernimiento que, desde distintos frentes, la Iglesia nos propone realizar.

Por un lado, estamos en la etapa final del Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe iniciada a comienzos de abril; por otro lado, hemos comenzado la fase diocesana del Sínodo de Obispos sobre la sinodalidad que concluirá en Roma el 2023; además, hemos retomado el proceso de discernimiento nacional, cuyo camino apunta a una tercera asamblea eclesial nacional el próximo año; y, finalmente, mantenemos el camino iniciado al finalizar nuestro propio sínodo arquidiocesano. Como ven, por distintos lados la Iglesia nos impulsa a dialogar sobre el modo de responder a Jesucristo en esta etapa de la historia. Sin embargo, son tantos los problemas que enfrentamos, son tantas las interrogantes sin respuesta, tantos los caminos que parecen no conducir a parte alguna que, al igual que un ciego sentado en el camino, constatamos como Iglesia que las cosas pasan, la gente pasa y no atinamos más que a mendigar un poco de atención.

¿Dónde está Cristo en todo esto? Sabemos por la fe recibida que está presente, ¿pero dónde? Si lo viéramos, la respuesta que podríamos dar en estos tiempos sería clara, un testimonio cristiano nítido, una luz en las sombras para atraer sin amenazar, para redimir sin condenar. Lamentablemente, esto no es evidente entre nosotros. Por eso Bartimeo viene a ser un signo de nuestra propia condición de discípulos no suficientemente iluminados o, derechamente, no iluminados (‘no-discípulos’ aún), porque al parecer estamos más bien sentados al borde del camino que siguiéndolo, estamos esperando que las cosas cambien más que imitando al Maestro que hace nuevas todas las cosas.

El primer paso de un verdadero discernimiento comienza por reconocer que estamos en la oscuridad, sin saber qué hacer; esto equivale a reconocer que no tenemos las respuestas ante las interrogantes actuales o, las respuestas que tenemos, solo mantienen las cosas tal como están. El segundo paso parecer ser (siguiendo el relato del Evangelio) la necesidad de rogar y gritar al Señor: “Jesús, hijo de David, ten piedad de mí” (ten piedad de nosotros); es decir, más que pedir soluciones o luces a Jesús, debemos reconocer delante de él que hemos sido solidariamente culpables de lo malo que pasa tanto dentro como fuera de la Iglesia. No estamos en el mundo para juzgar ni condenar al mundo (cosa que solo le corresponde al Dios justo), porque, si somos honestos, nosotros mismos saldríamos condenados al menos por la pasividad ante tantos y graves dolores que afectan a los más humildes y frágiles de nuestra sociedad; estamos acá para implorar que Dios nos rescate del mal que hemos permitido y hemos cometido. Solo así podremos escuchar que Cristo nos llama. Y cuando nos llame y nos pongamos de pie delante de él, el mismo Jesús nos dará lo que necesitamos.

Solo en este punto culmen Jesús pregunta a Bartimeo: ¿Qué quieres que haga por ti? Bartimeo quiere ver y Cristo se lo concede por la fe. Tantas veces nosotros queremos saber las respuestas (queremos ver), pero sin reconocer que estamos a oscuras; tantas veces queremos que Dios responda nuestra oraciones, pero sin reconocernos culpables ante él ni delante de la sociedad que escucha. En su tiempo Bartimeo gritó y todos se dieron cuenta de su súplica pidiendo piedad. Quizás, cuando nos atrevamos a dar estos 2 pasos previos, incluyendo nuestra pública necesidad de ser purificados, recién podremos ver cuál es el camino.

P. Mauricio Aguayo Quezada
Vicario Pastoral
Párroco Nuestra Señora de la Candelaria

 

Publicado el: 25 octubre, 2021