El Buen Pastor da la vida, no la quita a los demás.

Este domingo celebramos el cuarto Domingo de Pascua, que la Iglesia vincula intensamente a la figura de Jesucristo, Buen Pastor. El texto bíblico que revela esta identidad de Cristo es el del capítulo 10 del Evangelio según san Juan. Quizás el núcleo temático más recordado es aquel donde Jesús mismo expresa: “Yo soy el buen Pastor, el buen Pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10, 11). El texto es abundante en comparaciones entre la actitud del buen Pastor y las actitudes del asalariado, del ladrón y del lobo. Mientras el buen Pastor da la vida y la entrega libremente como signo de su amor al Padre y amor a las ovejas que el Padre le entregó, los demás solo piensan en sí mismos y en su propia ganancia. Por cierto, la ganancia de asalariados, ladrones y lobos puede ser en apariencia diferente, pero en el fondo es el afán de poseer: dinero, tranquilidad, fama, aplausos, regalías, etc. Solo la entrega generosa, gratuita del buen Pastor nos puede librar del afán de poseer, de ganar a toda costa o apenas se presente la oportunidad.

Esto afecta la pastoral de la Iglesia, ya que –por definición– la “Pastoral” es la acción de Cristo buen Pastor. Cuando la pastoral refleja a Cristo buen Pastor, su acción es capaz de dar vida y esperanza, y se notará, no pasará desapercibida: alienta a los enfermos, consuela a los tristes, protege a los débiles, alimenta a los hambrientos, cobija a los desvalidos, perdona las ofensas, protege hasta la vida del culpable, más aún del indefenso (sea embrión o enfermo terminal) incluso poniendo en riesgo la propia vida; en resumen, se hace cargo del Cristo que sufre hoy. A esto fuimos llamados los miembros de la Iglesia: laicos, sacerdotes, diáconos, religiosas, jóvenes, niños y adultos, cada uno según los carismas recibidos en el particular llamado que el buen Pastor nos hace para hacerse presente en el mundo por medio nuestro.

Cuando la pastoral se aleja de Cristo buen Pastor, deja de ser genuina pastoral y comienza a notarse (¡y vaya que se nota a veces!) el afán de poseer y de ganar. Es una tentación que todos tenemos que enfrentar permanentemente, aunque no siempre nos demos cuenta de ello. La teología paulina, en la 1ª carta a Timoteo capítulo 6, expresa de modo más explícito (y con claro tono de advertencia) la comprensión de la genuina pastoral de la Iglesia y de la lucha constante por no caer en la lógica del asalariado, ladrón y/o lobo: “Si alguno enseña otra cosa y no se atiene a las sanas doctrinas de nuestro Señor Jesucristo y a la enseñanza conforme a la religión, es porque lo ciega la arrogancia y no entiende nada, antes bien, vive obsesionado por controversias y discusiones. De aquí surgen las envidias, pleitos, injurias, sospechas maliciosas, disputas interminables, propias de hombres de mente corrompida y privados de la verdad, que piensan que la religión es fuente de ganancia.” (1 Tm 6, 3- 5). Si recorremos a la inversa este argumento, el afán de ganancia muestra que se tiene una mente corrompida, lo que provoca las envidias, pleitos, injurias, sospechas y disputas. ¿Hay algo de esto en nuestras comunidades? En mi opinión, es un tema que nos obliga a tres cosas simultáneas: pedir perdón por los males que hemos provocado, enmendar el rumbo con sincera voluntad de cambio (sabiendo que todo cambio real cuesta lágrimas) y estar alertas para no caer en el afán de ganancia, de ningún tipo de ganancia.

San Pablo no se queda aquí, sino que profundiza en el tema de la ganancia, especialmente ahora enfocada a la ganancia en sentido material: “quienes se afanan por enriquecerse caen en la trampa de la tentación y en un sinfín de deseos desordenados, insensatos y funestos que hunden al ser humano en la ruina y en la perdición. En efecto, la raíz de todos los males es el amor al dinero, y algunos, arrastrados por él, se desviaron de la fe y se ocasionaron a sí mismos muchos sufrimientos” (1 Tm, 9-10).  Este ‘amor al dinero’ que menciona la carta como raíz de todos los males es lo que también socaba hoy la vida de tantas familias, tantos colectivos sociales, tantos dirigentes y empresarios, tantos miembros de las élites del país (en el más amplio rango de la expresión, incluyendo a la propia Iglesia) como personas comunes y corrientes. Cuando la lógica está en ganar y no en dar como el buen Pastor, las expresiones que aparecerán frecuentemente en nuestras palabras serán aquellas que justifican quitar a los demás porque nos puede faltar (como Judas cuando expresó que el frasco de perfume pudo haberse vendido en 300 denarios) y/o exigir a los otros que den lo que tienen sin que nosotros movamos un solo dedo (como los fariseos cuando Jesús les reprochó que predican, pero no practican).

 

P. Mauricio Aguayo Quezada
Párroco Nuestra Señora de la Candelaria, SP de la Paz
Vicario para la Pastoral

Publicado el: 26 abril, 2021