En los próximos días se desarrollará el Cónclave y, posiblemente, el próximo sábado ya tendremos al nuevo Papa. ¿Será italiano, asiático, africano, americano? ¿Será liberal o conservador? ¿Continuará las ideas de Francisco o variará? Son algunas de las preguntas que circulan estos días.
Sea quien sea el Papa, los católicos lo acogeremos como nuestro pastor universal y signo visible de unidad de toda la Iglesia. Será para nosotros un padre, un hermano mayor, un guía que nos confirmará en la fe y nos animará en nuestra misión. En torno a él y su ministerio, nos uniremos los fieles de la tierra y todas las iglesias particulares (diócesis) y sus obispos, para vivir la comunión querida por el Señor y que va obrando el Espíritu Santo.
¿Será verdad que el Cónclave se parece a un enfrentamiento entre distintos partidos, que luchan por el poder y tienen posturas muy divergentes, como proyectan algunos medios? ¿Será verdad que hay conspiraciones e intrigas, como se visualiza en algunas películas? Hay, sin duda, diversidad de miradas y sensibilidades respecto al modo como la Iglesia debe vivir hoy su misión y los acentos que debe poner el nuevo Papa, y esto es normal en una comunidad tan amplia y con tanta variedad geográfica, cultural, teológica y pastoral como la Iglesia católica. Pero eso no significa que sean posturas siempre en pugna, que impidan la unidad. “Unidad en lo esencial, libertad en lo accidental y en todo caridad”, decía san Agustín, y de seguro que entre los Cardenales hay más unidad de la que se cree. El Cónclave es un gran espacio de diálogo y discernimiento, con una raíz espiritual, y buscará sin duda a la persona que se estime más adecuada para liderar la Iglesia en este momento histórico. Que el elegido deba alcanzar dos tercios del total de votantes es una garantía de una elección que supone un gran consenso.
¿Habrá continuidad con Francisco? Es casi imposible que no la haya, porque los procesos que inició Francisco son dinamismos que ha estado viviendo toda la Iglesia y que, en definitiva, tienen su fuente en el Concilio Vaticano II, plenamente vigente. Podrán cambiar ciertos estilos, podrá haber uno que otro acento distinto, según las características y la visión particular de la persona elegida, pero es difícil imaginar que la preocupación por los últimos y descartados, la propuesta de un sueño de fraternidad universal como alternativa a un individualismo feroz, el cuidado por la casa común, la búsqueda de una Iglesia más sinodal y misericordiosa, la lucha contra los abusos y una cultura del cuidado, por nombrar algunos aspectos, sean temáticas que dejen de estar presentes, pues son dinamismos evangélicos que, en definitiva, trascienden a un Papa y están llamados a seguir permeando el caminar de toda la comunidad eclesial.
Lo que nos corresponde a los católicos en estos días es orar al Señor, porque el Cónclave no es solo un acontecimiento organizativo o político, sino un acto de la comunidad cristiana que discierne la voluntad de Dios. Y orar desde ya por el nuevo Papa, para que en el día de su elección pueda decirle a Jesús, como Pedro: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”. Y pueda escuchar al Señor: “Apacienta a mis ovejas” (Jn 21, 17).
Sergio Pérez de Arce A.
Arzobispo de Concepción
Diario La Estrella, sábado 3 de mayo