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El Rosario, camino de oración para el Pueblo de Dios

El Rosario es una de las devociones marianas más populares y extendidas a lo largo del mundo. Sin embargo, hay que considerar que la práctica y la forma en que se reza en la actualidad, es debido al resultado de varios sucesos que intervinieron a lo largo de la historia.

La costumbre de recitar el saludo del ángel a la Virgen María se popularizó en los siglos XI y XII, inicialmente como una forma para que los laicos que no sabían leer pudieran participar en la oración del Oficio Divino que los monjes cantaban en los monasterios. Considerando dicho contexto celebrativo, no es extraño que este rezo, posteriormente, se conformara por 150 avemarías, equivalentes al número de salmos en el salterio

Dentro de las Órdenes Monásticas, que ejercieron una gran influencia en la conformación del Rosario, se encuentran la Cisterciense y la Cartuja. La primera Orden aportó la división del salterio mariano en tres grupos de cincuenta avemarías, donde el monje César de Heisterbach ya la practicaba a mediados del siglo XIII. La segunda Orden, por su parte, aportó ciertos elementos distintivos al Rosario:

a) Recomendación del rezo de 40 o 50 avemarías diarias: Esta práctica, propuesta por Hugo de Balma a mediados del siglo XIII, se ofrecía a la Virgen como un tributo de amor y homenaje espiritual.

b) Introducción de un Padrenuestro al inicio de cada decena de avemarías: Esta práctica, difundida por Enrique Egher de Kalkar desde la Cartuja de Colonia hacia 1366, permitía ajustar el rezo a las circunstancias, pudiendo reducirse a sólo cincuenta avemarías.

 c) Incorporación de una cláusula tras el nombre de Jesús: Esta innovación, enriquecía la salutación angélica, con palabras como: “Bendito el fruto de tu vientre, Jesús, que en ti se encarnó, que murió en la cruz, que resucitó con gloria, etc”.

 d) División de las 150 avemarías en tres secciones: Esta estructura, fue concebida por Domingo de Prusia en el siglo XV. Refleja la infancia, vida pública y pasión de Cristo.

La Orden de Predicadores desempeñó un papel crucial en su difusión y consolidación. El beato Alano de Rupe, en el siglo XV, popularizó la creencia de que Santo Domingo había recibido el Rosario de manos de la Virgen. Esta creencia se extendió rápidamente, convirtiéndose en un elemento central de la iconografía dominicana; hasta el punto de constituir el Rosario como uno de los atributos característicos de santo Domingo de Guzmán.

Acercándonos al siglo XIX, el papa León XIII, es reconocido como “el Papa del Rosario”. El pontífice emitió 16 documentos, entre ellos 12 encíclicas, entre estas se encontraba Supremi Apostolatus, que exhortaba al rezo del Rosario como un medio para fortalecer la fe y combatir los males de la sociedad.

En el año 2002, el Papa Juan Pablo II abordó en la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae la importancia del Rosario y motivó a su rezo. Afirmó que este ayuda en el crecimiento de la vida espiritual y en la contemplación. En esta misma carta el pontífice incorpora 5 misterios luminosos, al rezo del Rosario, los cuales son: bautismo de Jesús en el Jordán, la autorrevelación en las bodas de Caná, el anuncio del Reino invitando a la conversión, la Transfiguración y la institución de la Eucaristía.

El Papa Francisco, el 06 octubre del 2024, desde la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, se unió a los miembros del Sínodo de Obispos y a los fieles en el rezo del Rosario, solicitando a María que “escuche los dolores de la humanidad”, sobre todo de aquellos y aquellas que son víctimas de las guerras. A su vez pide: “Madre, dirige tu mirada maternal a la familia humana, que ha perdido el gozo de la paz y ha extraviado el sentido de la fraternidad… para que cuide a los que sufren, a los pobres, a los indefensos, a los enfermos y a los afligidos, y proteja nuestra casa común”.

El Rosario, con su rica historia y profundo significado, continúa siendo un pilar de piedad mariana, ofreciendo a los fieles un camino de oración y meditación para acercarse a Jesús, a través de María. Es una invitación a caminar junto a ellos en momentos claves, donde se aprecia en su profundidad, la divinidad y humanidad de Cristo; permitiéndonos recordarnos la misión que tenemos como cristianos y cristianas, de anunciarlo no sólo con palabras, sino siendo testimonio, que refleje el amor a Dios y al prójimo. Es una ruta que permite el encuentro como verdadero Pueblo de Dios, que acoge y acompaña, haciéndose una sola voz, que eleva los agradecimientos y da a conocer sus necesidades al Padre.

Francisca Orellana Romero
Académica Facultad de Estudios Teológicos y Filosofía
UCSC

Publicado el: 28 Octubre, 2024
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