Mayo nos recuerda el Mes del Mar. Al pensar en los símbolos que evocan la actividad marinera, viene a la mente uno muy significativo: el ancla (o áncora), utilizada especialmente cuando las naves enfrentan oleajes fuertes o mal tiempo. Esta simbología, entre otras, fue adoptada por los primeros cristianos para representar la esperanza cristiana. Actualmente, estos símbolos de la iconografía cristiana pueden apreciarse en la necrópolis vaticana o en las catacumbas romanas.
Como comunidad humana y cristiana, navegamos en el mar de la historia con las características propias del tiempo que nos toca vivir; estamos insertos en un contexto histórico y cultural. Muchas de estas características reflejan inestabilidad, inseguridad, desconfianza e incluso temor; otras, en cambio, nos animan a confiar, comprometernos, trabajar, esperar y soñar. En este vaivén existencial surge, en lo profundo del espíritu humano y creyente, la necesidad de reconocer un rumbo por el cual navegar la vida y la posibilidad de estar fuertemente anclados ante las diversas circunstancias.
San Alberto Hurtado escribió una hermosa meditación en 1946, durante su travesía de Nueva York a Valparaíso. La tituló El rumbo de la vida. Mientras trabajaba en el puente de mando durante la navegación, descubrió la enorme responsabilidad y el arte que implica llevar el timón del barco y mantener el rumbo hasta llegar a puerto. En este espacio de creación y reflexión —pensado luego para jóvenes— recordó el zarpe de la multitud de buques desde Nueva York y se preguntó: ¿Qué es lo que los diferencia más fundamentalmente? La respuesta fue clara: el rumbo que van a tomar. Tomar en serio el rumbo llevó a otra gran pregunta: ¿Cuál es tu rumbo? Las claves que entrega para fijar el rumbo son tres: el puerto de partida, el puerto de término y la ruta o camino por el cual llevar el barco.
Así como en la navegación de la vida se requiere un rumbo claro, también es fundamental, en tiempos turbulentos, tener un ancla. La Iglesia nos invita, en este Año Jubilar 2025, a vivir el encuentro y la comunión con el Señor Jesús como peregrinos de esperanza. Cada vez que nos encomendamos a Él, podemos experimentar estabilidad y seguridad, incluso en medio de las aguas agitadas de la vida (SNC 25).
+Bernardo Álvarez T.
Obispo Auxiliar de Concepción