Todas las encuestas muestran que ha crecido en los últimos años el pesimismo o la preocupación frente al futuro. Las razones sobran: estancamiento económico, inseguridad creciente, guerras, desequilibrios medioambientales, crisis migratoria, polarización de la política, etc. Muy pocos se atreverían a decir hoy que el mundo progresará para bien en los próximos cinco años. En Chile, prima la percepción de que estamos estancados o en franca decadencia. Hay una incertidumbre colectiva y duradera, que se traduce en no vislumbrar con claridad hacia dónde o qué pasará con la sociedad.
Es evidente que no todos viven la incertidumbre de la misma manera. Es muy distinto el futuro para una familia en Gaza o una en Londres, o para una persona sana y para otra enferma. También es verdad que la gente tiende a tener más incertidumbre frente al futuro colectivo y menos frente al futuro personal, pues respecto de la propia vida las personas tienden a ser más positivas. Sin embargo, la última encuesta CEP muestra que un 32% de los chilenos ve su futuro personal con preocupación. La incertidumbre es un rasgo de nuestra época.
También en la Iglesia vivimos desasosiegos. ¿Qué pasará en el futuro con nuestras parroquias y comunidades, si hoy somos mayoritariamente adultos y adultos mayores, con poca presencia de jóvenes? ¿Qué pasará con los sacerdotes, si ya somos pocos y hay escasas vocaciones? ¿Cómo se transmitirá la fe, si disminuyen las personas y las familias cristianas?
El Señor nos dice en la lectura de este domingo: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mc 13, 31). Lo dice mientras anuncia su segunda venida y el fin de este mundo: “el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, los astros se conmoverán… sepan que el fin está cerca”. Anuncia, por tanto, un tiempo de transformación, de conmoción, que con razón puede causar temor e incertidumbre en sus discípulos. Pero luego agrega: “Mis palabras no pasarán”. Hay algo que permanece en medio de la inestabilidad: es su promesa de amor, su compromiso de estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, la seguridad de que el pastor no abandona a su rebaño. Esa es la palabra que no pasa y que nos permite vivir confiados en medio de la incertidumbre. San Pablo lo dice hermosamente: “Ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8, 38-39).
La confianza en Dios no nos hace ingenuos ni nos lleva a desconocer nuestros problemas y los que afectan a tantos otros hermanos. Tampoco nos lleva a hacer de la fe un falso refugio que nos haga pasivos ante la realidad y sus desafíos. Lo que nos da nuestra unión al Señor es una certeza interior de que Él no nos abandona y que actúa misteriosamente en cada circunstancia. Así, mientras nos confiamos en sus brazos, nos entregamos con amor generoso en el servicio a los demás. Confianza y amor en medio de la incertidumbre: es el camino de la fe.
Mons. Sergio Pérez de Arce A.
Arzobispo de Concepción