En estos días cumplo nueve años como Arzobispo de Concepción

Recuerdo con gratitud la bienvenida que me dio la comunidad católica, el presbiterio, los consagrados, hombres y mujeres, las autoridades civiles y militares, el mundo obrero y sindical y el mundo político.

Me sorprendió gratamente ver tanta alegría. Me hicieron llorar los carteles “bienvenido”, “que Dios lo bendiga”. Vinieron a dejarme varios hermanos obispos y dos cardenales. Mi familia estaba también. Han pasado nueve años. Lo primero que hice fue recorrer los templos destruidos por el terremoto del fatídico 27 de febrero del 2010. Si no me equivoco, sólo falta por reconstruir uno. La comunidad se organizó de manera ejemplar. Ellos los levantaron y me hicieron comprender que el Templo está en el centro de sus vidas. El entusiasmo era desbordante. Gracias a Dios. Y lo sigue siendo ahora que hay que dar de comer a los más desfavorecidos a causa de la pandemia.

Jamás me iba a imaginar que celebraría estos nueve años intensamente vividos, rezados, cantados, celebrados, llorados, sufridos y gozados – siempre en el Señor-  celebrando solo, con las bancas vacías y frente a una cámara al frente.

Este ha sido un tiempo de aprendizaje. He aprendido que un sano realismo para vivir es fundamental y siempre poner la confianza en Dios porque junto a Él el yugo es suave y la carga es ligera. No soy un optimista ingenuo, pero tampoco un pesimista desesperanzado.

He aprendido estos nueve años que cada día tiene su propio afán y que la vida jamás nos dejará de sorprender. La pandemia del coronavirus nos lo repite cada día al hacernos ver que de un día para otro juntarse a rezar, tomar un té o sencillamente celebrar, hoy es un lujo que no nos los podemos dar. Aprender a vivir en las circunstancias que la vida –para mí, la Divina Providencia- nos va mostrando, con sana alegría, entusiasmo y fe es un regalo de Dios que tenemos que cultivar. Este es un don que lo pido todos los días.

En nueve años pasan muchas cosas, demasiadas y muy rápido, y por supuesto, la propia humanidad pecadora, también va dejando sus huellas. Lastimosamente. He aprendido, y no sin dificultad, que reconocerme débil, necesitado de los demás e incapaz de hacer todo lo que uno quisiera es una ayuda a la hora de asumir una misión como ésta.

Me queda grande ser Arzobispo de Concepción, pero estoy convencido que es la voluntad de Dios y de la Iglesia al no aceptar el Papa Francisco la renuncia que le he presentado en varias oportunidades. ¡Quédate, sigue adelante! Fueron sus palabras y las siguen siendo.

Lo que sí tengo meridianamente claro  es que, en la vida evangélica, el amor a Dios va de la mano con el amor al prójimo. Si en estos nueve años he aliviado la carga pesada de los más necesitados, puedo repetir como el Padre Hurtado, “Contento, Señor Contento”. Soy un convencido que las obras es nuestra carta de presentación ante el mundo y una carta preciosa a los ojos de Dios. Si la fe en Dios y las obras en favor del prójimo no van de la mano, es fácil convertir la fe en una ideología que suele terminar muy mal.

Al cumplir nueve años sólo quiero agradecer a Dios por todo lo que me ha dado, todo se lo ofrezco a Él y le doy gracias. Espero ser fuente de fe, de esperanza y de caridad. Espero ser portador de la palabra de Dios que salva, da vida y auténtica esperanza. Espero estar atento al querer de Dios. Hoy lo veo muy claro en aquellos que tanto sufren por la pandemia. Hacia ellos espero volver lo mejor de mí mismo. Es la hora de la solidaridad. Por último, un saludo agradecido a los sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosos, seminaristas y laicos que me han acompañado y me han dado ejemplo de vida cristiana. Gracias y hasta que Dios quiera seguiré ofreciendo los pocos panes y peces que tengo para que el Señor los multiplique y los distribuya como Él quiera. Por último quisiera decir que estos nueve años han sido un tiempo de oración y de reflexión. En esas instancias de cara a Dios le sigo preguntando del porqué de tanto sufrimiento, tanto dolor, tantas injusticias e inequidades que estremecen hasta los huesos. Su respuesta sigue siendo la misma, ¡para eso te he consagrado sacerdote!, para que trabajes por la justicia y la paz y anuncies que el Reino de Dios en esos actos se acerca y se hace presente con más fuerza que nunca.

 

+Fernando Chomali
Arzobispo de Concepción –  Chile

Publicado el: 27 Mayo, 2020
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