Pareciera que sobre el amor ya está todo dicho, que no hay nada más que agregar, pero una y otra vez tenemos que volver a él. Es la clave para los discípulos: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros como yo los he amado” (Jn 13, 34).
La Iglesia ha de ser, ante todo, un espacio de amor. Hacemos muchas cosas en la comunidad, tenemos diversas tareas y desafíos, pero lo primero es el amor: “En esto conocerán que son mis discípulos: si se aman unos a otros” (Jn 13, 35). Por eso, en una comunidad cristiana, sea pequeña o grande, tenemos que conocernos, acogernos unos a otros, encontrarnos, acompañarnos en las alegrías y en las dificultades. Gracias a Dios, lo veo en muchas comunidades, donde se percibe alegría y amistad en torno a la liturgia, la oración, la formación y el servicio. Especialmente las personas mayores se acompañan mutuamente y sirven a los demás, pero también otros más jóvenes encuentran un lugar para crecer y amar. Es verdad que no faltan los conflictos, egoísmos y vanidades, porque el pecado actúa en nosotros, pero lo importante es abordar esas realidades con espíritu de conversión y de perdón.
El espacio de amor que ha de caracterizar a una comunidad nunca debe ser un refugio cómodo que nos encierre en nosotros mismos, porque lo propio del amor es abrirnos a los demás y no aislarnos. Por eso, la comunidad abre su amor a los más frágiles y a quienes están más allá de su contorno, y se organiza para visitar a los enfermos, apoyar con alimentos a quien lo necesita, acoger al inmigrante, orar con los deudos que lloran a su difunto y auxiliar al hermano que sufre en cualquier situación de dolor. Así el amor se hace social y la solidaridad se vuelve parte integrante de la evangelización, porque no podemos separar lo que Jesús ha unido.
Pero el amor siempre reclama una creciente apertura, hasta hacerse universal, preocupado en verdad por todos, todos, todos, especialmente por los que sufren horrores e injusticias. El modo de abrir nuestro amor a todos y darle una dimensión universal es luchar con perseverancia por un mundo mejor, buscando el bien común. La atención sincera a la realidad social y sus desafíos, junto a diversas maneras de compromiso ciudadano, político, caritativo, gremial, vecinal, etc., son los modos concretos en que nuestro amor se hace amplio, con tal que esa lucha no se agote solo en defender mis intereses o conveniencias de grupo, sino en el auténtico bien de todos y de la casa común.
El lugar del amor en la Iglesia estaría incompleto, sin embargo, si no lo ponemos en el centro de nuestro anuncio. No solo en el centro de nuestra acción, sino en el centro de nuestra predicación. Porque los discípulos nunca podemos dejar de anunciar el amor primero de Dios, el amor de Jesús por la humanidad y la centralidad del mandamiento del amor como clave para la convivencia social. Lo más hermoso y profundo para una persona es descubrir que Dios nos ama y que somos sus hijos queridos. De la mano de esta buena nueva va una segunda: somos hermanos todos, ¡Fratelli Tutti! Para este anuncio vive la Iglesia.
+ Sergio Pérez de Arce A.
Arzobispo de Concepción
