Esta última semana ha vuelto el horror a Gaza, después de una frágil tregua de dos meses. La madrugada del martes hubo ataques de Israel que dejaron más de 400 muertos y unos 600 heridos. Nuevos ataques se sucedieron la noche del miércoles y el jueves, con más de 90 muertos. Como siempre, la mayoría de los fallecidos son civiles inocentes, sobre todo mujeres y niños. Y, como tantas veces, la zona se llena de destrucción y desesperanza, alejándose cada vez más una solución que permita a los palestinos recuperar algo de normalidad y comenzar a reconstruir sus vidas y su entorno.
Esta ola de bombardeos comenzó en octubre de 2023, luego de otro acontecimiento sin duda horrible: el ataque de Hamás en el sur de Israel, que causó la muerte de 1.200 judíos y el secuestro de 251 personas, de las cuales solo una parte ha sido liberada. La ofensiva israelí en Gaza ha provocado hasta ahora unos 48.000 muertos, la destrucción o daño del 70 % de los edificios, estragos en los sistemas sanitario y eléctrico, escasez de alimentos y constantes desplazamientos de la población de la Franja. Todo esto en un territorio de apenas 365 km² —es decir, más pequeño que la comuna de Tomé—, donde viven 2,1 millones de personas, no solo mayoritariamente pobres, sino también con escasa ayuda humanitaria internacional, debido a las restricciones impuestas por el mismo Israel.
No podemos sino condenar y rechazar el terrorismo de Hamás, que tantas vidas inocentes ha cobrado. Pero las acciones de Israel han sido absolutamente desproporcionadas, convirtiéndose en una verdadera masacre de la población y del territorio gazatí. La situación generada por los ataques de Hamás era extremadamente grave, pero el camino para abordarla no era emprender una destrucción indiscriminada de Gaza. Alguien podrá decir, como se ha dicho, que con los terroristas no se negocia. Sin embargo, la alternativa no era arrasar con la vida de miles de inocentes, vulnerando todo derecho humanitario internacional. Como ha dicho reiteradamente el Papa Francisco, la guerra es siempre una derrota, y no hay guerras justas, sino solo una paz justa y duradera. ¡Felices los que trabajan por la paz!
¿Qué podemos hacer nosotros? Pareciera que poco. Muy poco, de hecho, han podido hacer los organismos internacionales, debido a la crisis del orden mundial, dominado por autoritarismos y populismos que tanto daño hacen. Pero no podemos perder la capacidad de asombro e indignación, forjando la paz donde sea que estemos. Lo peor es acostumbrarnos a la muerte de los inocentes y a la prepotencia de los poderosos, sumiéndonos en la indiferencia.
Las personas de fe también podemos orar. Orar pidiendo la conversión de los líderes de este mundo, de aquellos que toman decisiones como si fueran “dueños del mundo”, para que opten por caminos de paz y justicia, con pleno respeto a la dignidad de la persona humana. Y también podemos orar desde la impotencia y el dolor, pidiendo que se acaben los asesinos: “Líbranos de los malhechores, de los hombres sanguinarios sálvanos” (cf. Salmo 59, 3); “Al hombre sanguinario y fraudulento lo aborrece el Señor” (Salmo 5, 7). Nunca oramos pidiendo la violencia, pero sí que se acabe el mal. Así expresamos delante del Señor nuestra indignación ética.
Sergio Pérez de Arce A.
Arzobispo de Concepción