Es innegable que en la sociedad hay un espíritu navideño que ya comienza a expresarse en estos días. Es una mezcla de sentimientos de alegría, paz y solidaridad, que se manifiesta en actos de bondad, en el encuentro y la unidad familiar, en regalos para los seres queridos, en conciertos musicales, en luces en la calle, etc. Es un ambiente colectivo que tiene componentes sociales, emocionales, culturales y religiosos, y que involucra a la mayoría de la población. Es verdad que hay, también, una inflación del consumo, calles abarrotadas, aumento de la ingesta de alcohol, etc., todo lo cual tiene poco de paz y mucho de exceso, pero son aspectos que no borran las cosas positivas de este tiempo.
Sin embargo, el espíritu navideño puede tornarse superficial si no suscita actitudes permanentes y opciones más de fondo. Por eso, hay que recordar su fundamento en la Navidad cristiana, en el misterio de fe que celebramos: la encarnación del Hijo de Dios, que se ha hecho hombre para salvarnos. Dios ha asumido todo lo humano y el ser humano ha sido divinizado, participando por gracia de la vida divina. Esto nos permite contemplar su inigualable valor, porque no solo ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, sino también redimido. Por eso tiene sentido valorar las cosas humanas cotidianas, por pequeñas que sean: la familia, la amistad, el trabajo, etc., y apreciar la dignidad de cada persona, pues todo esto lo asumió Dios en Jesucristo. Como dice el Concilio, nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en el corazón de los discípulos (cf. GS 1).
Pero Dios no solo asumió la condición humana, sino que se hizo pobre y pequeño, naciendo en el seno de una familia humilde. Por eso lo reconocemos presente en los más pobres, siendo una auténtica expresión del espíritu navideño visitar a los presos, compartir un momento con personas en situación de calle, visitar a niños y ancianos vulnerables, solidarizar con familias necesitadas, etc. En los más pobres, Dios sale a nuestro encuentro.
Una dimensión quizás más olvidada, pero también parte del espíritu navideño, es mirar la propia vida con gratitud. Dios asumió una vida como la nuestra: fue niño, joven, adulto, tuvo una familia, compartió la amistad, asumió un trabajo, vivió la fe, etc. Todo lo que somos, incluso las pruebas y dificultades, lo vivió el Hijo de Dios, haciendo de la vida un camino de amor y de búsqueda de la voluntad de Dios. Por eso, la Navidad es una ocasión para ser agradecidos por el don de la vida y el camino recorrido.
“Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”, cantaron los ángeles al nacer Jesús. Expresaron así un deseo de paz en un mundo cruzado por guerras, injusticias y violencias. El espíritu navideño auténtico renueva en nosotros los anhelos de paz y nos compromete en su edificación: “Felices los que trabajan por la paz”.
El espíritu navideño, por último, está hecho de apertura a Dios, de acogida de su amor incondicional. Lo contrario es la cerrazón: “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Pero a los que lo recibieron (…) les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1, 11-12). Que el espíritu de Navidad nos lleve a vivir como hijos e hijas de Dios y hermanos.
Sergio Pérez de Arce A.
Arzobispo de Concepción