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Estén siempre alegres en el Señor (Flp 4,4-5)

Dios nos ha creado para vivir unidos a Él y así gozar de una alegría permanente. Nos rodeó de todo lo mejor que sólo Él podría darnos (Gn 1, 1-25 ), todo para vernos sonreír alegremente.

En su primer sermón en la montaña, cuando comenzaba su misión, Jesús nos enseñó el camino que lleva a la verdadera felicidad: las bienaventuranzas. De muchas formas nos mostró su gran amor hasta quedar sin una gota de sangre en sus venas para que quedara de manifiesto que sólo Él nos quiere plenamente felices. Jesús quiso sufrir en su carne lo que debíamos sufrir nosotros, porque quienes debíamos estar clavados en cruz por nuestros pecados somos cada uno de nosotros, sin embargo, Él quiso cargar con nuestras culpas y clavarlas en la cruz (Is 53, 5).

“Estén siempre alegres en el Señor; les repito estén alegres, que todo el mundo los conozca por su bondad. El Señor está cerca”. (Flp 4, 4-5)

La alegría es un sentimiento que no puede surgir porque alguien se lo pida o mande, es más fácil poner nuestra atención en las cosas difíciles que en las cosas que nos producen alegría, porque fácilmente tendemos al pesimismo y nosotros mismos oscurecemos nuestra vida.

El fundamento de la verdadera y perpetua alegría es Cristo, Él es la causa de toda alegría permanente. Los discípulos del Señor han de ser alegres. Ya un santo lo decía: “Un santo triste es un triste santo”. No hay santidad sin alegría, las dificultades no deben quitarnos la alegría. El apóstol de Cristo, San Pablo, a pesar de que está encarcelado sabe que seguir al Señor no es fácil, ya que por naturaleza cada uno tiene que luchar contra sentimientos como la tristeza, el miedo, la desconfianza y la desesperación, sin embargo nuestra alegría más profunda es saber que pertenecemos a Cristo. Él cura nuestras heridas, nos libera de nuestros temores y miedos, nos llena de esperanza y nos ayuda a vencer todo tipo de dificultades, lo que permite irradiar la alegría de ser cristianos, la alegría es el fruto maduro de quien ha conocido a Dios y lo lleva en su interior.

Podríamos decir que el termómetro para medir cuánto Espíritu Santo tienes en tu vida es la alegría con la que vives. (Gal 5, 22-25) No por nada San Pablo, en la escala de los frutos del Espíritu Santo, ubica la alegría inmediatamente después de la caridad. El rostro del que es verdaderamente cristiano es la alegría. Alguien preguntará cómo llevar una vida llena de alegría. La respuesta la encontramos en el Salmo 37,3-8, que nos dice: “Confía en el Señor y haz lo bueno; vive en la tierra y mantente fiel. Ama al Señor con ternura, y Él cumplirá tus deseos más profundos. Pon tu vida en las manos del Señor; confía en Él y Él vendrá en tu ayuda; guarda silencio ante el Señor, espera con paciencia a que Él te ayude; no te irrites por el que triunfa en la vida, por el que hace planes malvados, deja el enojo, abandona el furor, no te enojes porque eso empeora las cosas”.

“Pon tu vida en las manos del Señor”. Haz la prueba y verás ¡qué bueno es el Señor! (Sal 34, 9).

Hna. Clara Rivera 
Misionera Servidora de la Palabra 

Publicado el: 23 Septiembre, 2024
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