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Eucaristía y dignidad humana: un llamado desde lo más sagrado


En estos días marcados por manifestaciones que atentan contra la dignidad de la persona humana y de los pueblos —ya sea por guerras, indiferencia ante las desigualdades estructurales o la promoción de políticas públicas contrarias a la defensa de la vida—, la Iglesia nos invita a contemplar con especial atención la Solemnidad del Corpus Christi: la fiesta de la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

La Eucaristía es el sacramento de los sacramentos, el testamento del amor divino. Cristo mismo se entrega como alimento, y nos conduce una y otra vez a la intimidad del Cenáculo, lugar donde instituyó este memorial salvífico compartiendo su Cuerpo y Sangre con sus discípulos. La celebración de los misterios sagrados también es testamento que compromete vitalmente con la transformación de la mente y el corazón: pasar de la lógica humana hacia la lógica de Jesús. Recordemos que, en el marco de la Última Cena, el Maestro se hace servidor, lava los pies de sus discípulos y nos deja un mandamiento nuevo que es fuente y escuela de nueva humanidad.

San Juan Pablo II escribió una hermosa encíclica que habla de la relación intrínseca entre Iglesia y Eucaristía, Ecclesia de Eucharistia: “la Iglesia vive de la Eucaristía”. Reflexionando sobre la Eucaristía y la esperanza cristiana, el Papa Juan Pablo señala que la Eucaristía debe estimular el sentido de responsabilidad y compromiso con la ciudadanía terrenal (n. 20). Lanza un potente llamado al iniciar el segundo milenio para hacer brillar la esperanza cristiana ante los problemas que oscurecían el horizonte del nuevo milenio. Tristemente, vemos que se mantienen y, en algunos casos, se intensifican. Afirma el Papa que el Señor ha querido quedarse con nosotros en la Eucaristía, grabando en esta presencia sacrificial y convivial la promesa de una humanidad renovada por su amor.

Comulgar a Cristo Eucarístico no puede ser un acto desligado de la vida. Al contrario, exige una existencia transfigurada por el Evangelio y una voluntad decidida de colaborar en la edificación de un mundo más justo, más humano, más conforme al designio de Dios. Unirse a Cristo en la comunión es también unirse a su deseo de sanar con amor las heridas humanas y de proclamar, con la vida, que la dignidad de cada persona es sagrada e inviolable.

+Bernardo Álvarez T.

Obispo Auxiliar de Concepción

 

Diario La Estrella, 21 de junio.

Publicado el: 21 Junio, 2025
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